¿Por qué Juan Pablo II besaba la tierra al llegar a un país? Una tradición con un significado profundo y un santo modelo
El gesto de Juan Pablo II nació en su primera parroquia en Polonia y convirtió un gesto de su juventud en una tradición que marcó cada uno de sus viajes.
- China rompe el mito y convierte el desierto en tierra fértil para cultivo con organismos de hace 3.500 millones de años
- Este país vence a EE. UU. y Japón con la mayor cantidad de trenes bala en el mundo: conecta a más 500.000 habitantes

San Juan Pablo II, uno de los papas más carismáticos de la historia reciente, sorprendía con un gesto único en cada uno de sus viajes apostólicos: arrodillarse y besar la tierra del país que visitaba por primera vez. Este no era un acto improvisado, sino una tradición personal cargada de profundo significado.
En su autobiografía Don y Misterio, publicada en 1996, el propio Karol Wojtyła explicó el origen de este gesto. Relató que, siendo un joven sacerdote, lo realizó por primera vez al llegar a su primera parroquia en un pequeño pueblo rural de Polonia, inspirado por un santo al que admiraba profundamente.
TE RECOMENDAMOS
¿FUNCIONAN LOS AMARRES DE AMOR? | ASTROMOOD CON JHAN SANDOVAL
¿De qué santo aprendió Juan Pablo II el gesto de besar la tierra al llegar a un lugar por primera vez?
Este santo, cuyo ejemplo Wojtyła siguió, fue San Juan María Vianney, conocido como el Santo Cura de Ars y patrón de los párrocos. Vianney solía besar el suelo de los lugares donde comenzaba su labor pastoral como señal de respeto y entrega a la comunidad que lo acogía.
El primer beso a la tierra de Wojtyła ocurrió en 1948, cuando llegó a Niegowic, su primera parroquia. Tras un largo viaje desde Cracovia que incluyó autobús, carreta y una caminata entre campos de trigo, Karol se arrodilló y besó el suelo como signo de su dedicación a la comunidad.
¿Cuál fue el motivo por el que Juan Pablo II repetía este gesto en cada país que visitaba?
Para Wojtyła, aquel primer beso a la tierra en Niegowic marcó el inicio de su misión pastoral. Con los años, transformó el gesto en una tradición personal que vinculaba con gratitud, respeto y amor hacia la tierra y la gente que lo acogía.
Durante su pontificado, lo repitió cada vez que llegaba a un país por primera vez. Para él, no solo evocaba el recuerdo de su primera parroquia, sino que también simbolizaba su compromiso de servir y anunciar el Evangelio allí donde Dios lo enviara.



























