Parkinson en Perú: el tiempo perdido antes del diagnóstico que empeora la enfermedad
Mientras especialistas aseguran que el tratamiento existe y funciona, miles de pacientes llegan tarde al sistema de salud y enfrentan formas avanzadas del mal.
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A María le toma varios minutos abotonarse la blusa. Sus manos tiemblan incluso cuando intenta sostener una cuchara. A veces, dice su hijo, habla sola por las noches. Otras, asegura ver cosas que no están. Tiene 62 años, vive en Lima y depende de una bolsa con pastillas que ordena cuidadosamente cada mañana.
Su hijo la cuida desde hace cinco años. El diagnóstico llegó tarde: Enfermedad de Parkinson. “Al inicio pensamos que era estrés”, cuenta. Pero no lo era.
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Una cifra en debate
En el Perú, el Parkinson suele aparecer en las estadísticas con un dato alarmante: cerca de 8 de cada 10 pacientes presenta discapacidad severa. El neurólogo Carlos Cosentino, expresidente de la Sociedad Peruana de Neurología, pone matices.
Para él, el problema no es solo cuánto se reporta, sino dónde están los afectados. “En Lima hay más acceso, más neurólogos. Pero en zonas remotas no hay quién haga el diagnóstico. La enfermedad avanza y los empieza a discapacitar”, advierte.
Un país con brechas
Las cifras ayudan a dimensionar el problema. Si bien no existen números oficiales, el especialista estima que existen 30.000 personas con Parkinson en el país, aproximadamente 1 por cada 1.000 habitantes. Sin embargo, en mayores de 60 años, la incidencia se dispara: 1 de cada 100 adultos puede tener el padecimiento. Y ahí aparece la fractura.
Aunque el sistema —según Cosentino— cuenta con especialistas capacitados y tratamientos cubiertos por seguros como el SIS o EsSalud, el acceso no es equitativo. El diagnóstico depende, en gran medida, de encontrar a tiempo a un neurólogo. En la práctica, eso no siempre ocurre.
Signos de alerta
Un problema significativo es que no empieza de golpe. No aparece “de un día para otro”. Comienza con señales pequeñas: un temblor ocasional en la mano, lentitud progresiva para caminar o vestirse, cambios casi imperceptibles que la familia detecta con el paso de los meses.
“La tembladera es lo más visible, pero no siempre es Parkinson”, explica Cosentino. Aun así, junto con la lentitud, es una de las alertas clave que deberían motivar una consulta médica.
La Organización Mundial de la Salud advierte que el mal no solo afecta el movimiento: también puede generar depresión, ansiedad, trastornos del sueño y deterioro cognitivo. María lo vive a diario. No solo tiembla. También olvida, se desorienta y, algunas noches, alucina.
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Tratamiento existe, pero no siempre llega a tiempo
El Parkinson es crónico y progresivo. Acompaña a la persona toda la vida. Pero su evolución puede cambiar si se detecta temprano. “Si hay buen diagnóstico desde el inicio y tratamiento adecuado, es muy difícil que el paciente llegue a una discapacidad severa”, sostiene Cosentino.
Medicamentos como la Levodopa siguen siendo la base del tratamiento. A nivel global, además, se desarrollan nuevas alternativas terapéuticas, aunque no todas llegan al Perú.
Pero el tratamiento no es solo farmacológico. El especialista insiste en que el manejo debe ser integral: fisioterapia, actividad física, apoyo psicológico, terapia de lenguaje y acompañamiento nutricional. Un enfoque que, en la práctica, aún no está plenamente implementado en todos los servicios de salud.
Un llamado al Estado
Cada 11 de abril se conmemora el Día Mundial del Parkinson. No es una celebración, recuerda Cosentino, sino una oportunidad para visibilizar la enfermedad. El reto no es solo tratarlo. Es llegar antes.
Sobre el papel, el Perú tiene cobertura. En la realidad, hay brechas. Mientras el sistema asegura diagnóstico y tratamiento, miles de pacientes enfrentan demoras, falta de especialistas y un acceso desigual según la región. Ahí es donde historias como la de María se repiten. Su hijo lo resume sin cifras: “Si la hubieran visto antes, tal vez estaría mejor”.
Porque entre estadísticas inexistentes y sistemas que funcionan a medias, el tiempo sigue siendo el factor más determinante. Y también el más perdido.
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