Javier Herrera: "El crecimiento del PBI no implica necesariamente mayores ingresos para los hogares"
Aunque el Perú registró dos años consecutivos de crecimiento económico y una ligera reducción de la pobreza monetaria, el economista Javier Herrera advierte que el país enfrenta un nuevo escenario social: más pobreza urbana, millones de hogares vulnerables y un crecimiento que ya no logra reducir las brechas como antes.
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— Regiones como Cajamarca, Loreto o Puno siguen encabezando los índices de pobreza del país. ¿Qué revela este último informe del INEI sobre esa brecha?
La pregunta es compleja porque tiene que ver, a la vez, con factores estructurales y con las dinámicas de crecimiento. Lo primero que hay que señalar es que la mayor parte de esos departamentos ya estaba, antes de la pandemia, dentro de la categoría de máxima pobreza. Cajamarca, Huancavelica, Huánuco, Loreto y Puno no solamente estuvieron en esa situación en los últimos años, sino también antes del choque de la pandemia. Es decir, se trata de departamentos con una persistencia muy fuerte de pobreza respecto al resto del país.
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— ¿Cuáles son esos factores que explican esta situación?
Uno de los principales tiene que ver con el porcentaje de población rural. En departamentos donde predomina la actividad agrícola existe una menor productividad y menores ingresos. Además, regiones con mayor población rural significan poblaciones más dispersas, menor concentración y mercados más pequeños.
En Cajamarca, por ejemplo, en 2004 el 75% de la población era rural. En 2025 todavía es 57%, cuando el promedio nacional es apenas 18,7%. Lo mismo ocurre con Ayacucho, Huancavelica, Huánuco o Puno.
Entonces, estamos hablando de regiones donde el proceso de urbanización ha sido mucho más lento y donde todavía predominan economías de baja productividad.
— Usted señala que hoy la pobreza urbana se ha convertido en un problema central. ¿Qué está ocurriendo?
La pobreza rural sí ha disminuido muchísimo. En el año 2003 o 2004 la pobreza rural era casi 80%; era elevadísima. Actualmente está alrededor de 35,5% y prácticamente no ha parado de disminuir en más de 20 años, salvo el episodio del COVID.
En cambio, la pobreza urbana sigue subiendo sin cesar. Incluso ahora tenemos más pobres en el área urbana que en el área rural.
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— ¿Y las políticas públicas no han reaccionado frente a ese cambio?
Ese es uno de los grandes pendientes. Las políticas públicas y los programas sociales han estado concentrados casi exclusivamente en el ámbito rural. Y eso se nota claramente cuando uno mira el impacto redistributivo de las transferencias.
Por ejemplo, si uno quitara todas las transferencias monetarias como Juntos, Pensión 65, Contigo, alimentación escolar, la pobreza rural sería 10,1 puntos porcentuales más alta. En el caso urbano, sería 6,6 puntos más alta.
Hay una diferencia muy grande entre la contribución de los programas sociales a la reducción de la pobreza rural respecto de la urbana.
— ¿Por qué considera que la pobreza urbana requiere otra estrategia?
Porque la pobreza urbana es distinta en cuanto a sus determinantes y sus características. Está mucho más vinculada al empleo informal, la precariedad laboral, el costo de vida y la vulnerabilidad frente a choques económicos.
Eso implica diseñar nuevas estrategias de lucha contra la pobreza urbana y también nuevos instrumentos de focalización.
— Usted menciona constantemente la educación. ¿Qué tan importante es en esta brecha?
Cuando observamos cuántas personas no lograron ir más allá de la educación primaria, encontramos una relación muy fuerte con los ingresos.
A nivel nacional ese indicador bajó de 30,5% en 2004 a 24,3% en 2025. Pero en regiones pobres la situación sigue siendo dramática. En Cajamarca, por ejemplo, más de la mitad de la población no había superado la primaria y en 2025 todavía estamos hablando de 45,6%. En Huánuco prácticamente no hubo avances en 20 años. Es decir, no ha habido un verdadero progreso educativo en esas regiones.
— ¿El problema es únicamente acceso a educación?
No. Ese es justamente uno de los errores más comunes. No todo se resuelve construyendo colegios. También se necesitan profesores de calidad y niños que puedan aprender en condiciones adecuadas.
En varias de estas regiones existen altos niveles de desnutrición y mala alimentación infantil. Eso afecta directamente la capacidad de aprendizaje. Un niño desnutrido o mal alimentado tendrá menor rendimiento escolar y eso luego repercute en sus ingresos futuros.
Y, además, sabemos, por los resultados de comprensión lectora y matemáticas, que justamente esas regiones están muy por debajo del promedio nacional.
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— ¿Por qué la vulnerabilidad es tan importante?
Porque no basta con decir “ya salieron de la pobreza”. La población vulnerable representa alrededor de un tercio del país y eso no ha sido abordado con políticas específicas. La vulnerabilidad significa alto riesgo de regresar a una situación de pobreza frente a choques adversos.
— ¿Qué muestran los datos sobre esa fragilidad?
Muestran una fuerte inercia. Por ejemplo, 36,4% de quienes estaban en pobreza extrema permanecieron en pobreza extrema al año siguiente. Y de quienes mejoraron, 42,5% pasaron solamente a pobreza no extrema. En el caso de los pobres no extremos, 44,4% siguieron siendo pobres no extremos.
Y cuando logran superar la pobreza, muchos pasan a condición vulnerable. Cerca de 36,4% de pobres no extremos pasaron a vulnerabilidad. Entre los vulnerables, 44,75% volvieron a caer en pobreza. Eso demuestra que la pobreza no debe verse como algo estático, sino dinámico.
— Entonces, ¿se puede decir que salir de la pobreza no necesariamente significa estabilidad?
Muchos hogares salen de la pobreza, pero quedan en situación vulnerable. Y frente a cualquier choque económico pueden volver a caer.
Por eso hay que diferenciar entre pobreza estructural y pobreza transitoria.
— ¿Qué factores sostienen esa vulnerabilidad?
La informalidad y la baja productividad son claves. A nivel nacional, la informalidad sigue alrededor de 73,2%. Pero en varios departamentos pobres supera el 80%. En Cajamarca, por ejemplo, llega a 87,7%. Eso significa trabajadores de baja productividad y bajos ingresos.
— ¿El crecimiento económico ya no reduce pobreza como antes?
Reduce mucho menos. Entre 2004 y 2013 el crecimiento promedio anual fue aproximadamente 6,1%. Entre 2013 y 2019 cayó a 3,1%. Y entre 2019 y 2025 bajó nuevamente a 1,7%. En cada periodo el crecimiento prácticamente se redujo a la mitad.
— Usted también menciona que el crecimiento actual es poco inclusivo. ¿Por qué?
Porque lo que más ha crecido son las exportaciones, especialmente minerales y agroexportación. Son sectores intensivos en capital y que absorben poco empleo. Entonces, ese crecimiento no necesariamente se traduce en mayores ingresos para la mayoría de hogares. Incluso el consumo privado perdió peso dentro de la demanda global: pasó de representar 64,6% en 2019 a 59,5% en 2025.
— ¿La educación sigue siendo uno de los principales problemas estructurales?
Sí. Hay regiones donde todavía una parte importante de la población no supera la educación primaria. En Cajamarca, por ejemplo, más de la mitad no había pasado de primaria en 2004 y en 2025 todavía 25,6% seguía en esa situación.
Además, las regiones más pobres presentan peores resultados en comprensión lectora y matemáticas.
A eso se suman problemas como desnutrición y anemia infantil, que afectan directamente la capacidad de aprendizaje.
— Otro tema que aparece constantemente es la informalidad laboral. ¿Qué impacto tiene?
Es enorme. La informalidad nacional sigue siendo muy elevada y prácticamente no se ha reducido en 20 años. Pero en regiones como Cajamarca bordea el 90% y en casi todos esos departamentos supera el 80%.
Eso significa trabajadores independientes, de baja productividad y bajos ingresos. No ha habido una mejora real en la calidad del empleo y eso está directamente vinculado con el nivel educativo y con el tipo de inserción laboral que tienen estas poblaciones.
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— Muchas de estas regiones también registran crecimiento económico, principalmente por minería. ¿Por qué eso no se traduce en menos pobreza?
Porque el crecimiento del PBI no implica necesariamente mayores ingresos para los hogares. Lo que más ha crecido en los últimos años son las exportaciones mineras y algunos sectores vinculados a la agroindustria.
Pero la minería absorbe muy poco empleo. Son sectores de alta intensidad de capital y, aunque generan ingresos elevados, benefician a relativamente pocos trabajadores. Entonces, el crecimiento termina siendo poco inclusivo.
— ¿Y qué ocurre con el canon minero?
Ahí aparecen problemas institucionales muy fuertes. El canon solo puede utilizarse en proyectos de inversión y muchas autoridades regionales no tienen las capacidades técnicas para formular proyectos que cumplan todos los requisitos.
Además, en departamentos con población dispersa el impacto del canon suele concentrarse en zonas urbanas antes que rurales. Hay estudios que muestran que en Cajamarca el impacto geográfico del canon ha sido bastante limitado.
— ¿Qué debería hacerse para revertir esta situación?
La primera base es la educación. Mientras sigamos teniendo resultados educativos tan precarios, será muy difícil incrementar ingresos y productividad. Pero también se necesita mejorar la conectividad, la calidad del empleo y las capacidades institucionales de las regiones. El crecimiento económico por sí solo no basta si no viene acompañado de mejoras estructurales.
— ¿Cómo ve el panorama económico y de pobreza hacia adelante?
Lo que hemos tenido es un crecimiento positivo, pero bastante débil. Entre 2004 y 2013 el Perú crecía alrededor de 6% anual. Luego bajó a 3% y ahora estamos alrededor de 1,7%.
Sí hay dos años consecutivos de reducción de pobreza, pero son reducciones muy pequeñas. Seguimos todavía por encima de los niveles previos a la pandemia. Además, el crecimiento reciente ha sido poco inclusivo. Las ramas donde trabajan los sectores más pobres no han crecido al mismo ritmo y las políticas sociales tampoco han logrado responder al aumento de la pobreza urbana.






























