
Kodi Abbas, un maestro de 55 años, perdió a sus hijos Hassan (6), Ibrahim (8) y a su sobrino Koko (7) mientras intentaban huir de un ataque de un comando armado en Sudán. “No sé quién les disparó. La guerra los mató”, narró para Amnistía Internacional. Su testimonio resume la herida abierta de todo un continente sumido en uno de sus periodos más turbulentos de las últimas décadas. En varias regiones de África, la vida se ha detenido y prevalece la incertidumbre, el temor constante y la lucha por sobrevivir.
Las guerras civiles y los conflictos armados en Sudán, la República Democrática del Congo, Somalia y Etiopía han configurado un mapa de dolor, pero también de resistencia humana. Estos conflictos no solo se libran en los frentes de batalla; también se evidencian en hospitales destruidos, escuelas vacías y carreteras convertidas en rutas de escape. Organismos internacionales como las Naciones Unidas, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) indican que estas crisis no son eventos aislados y han redefinido el destino de millones de personas.
Soldados de Somalia toman Awdheegle luego de liberar la ciudad del grupo insurgente Al-Shabaab. Foto: Tony Karumba | AFP
En abril de 2023, la vida cambió abruptamente en Sudán. La disputa por el poder entre el Ejército sudanés y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) desencadenó una contienda interna que dejó en ruinas ciudades como Jartum y Darfur. Naciones Unidas y la OMS documentaron ataques contra hospitales, escuelas, mercados y viviendas, y calificaron la situación como una de las peores crisis humanitarias contemporáneas. Según la ONU, más de 10 millones de personas fueron desplazadas desde el inicio del conflicto, y más de 50 mil perdieron la vida.
ACNUR y OCHA informan sobre niveles alarmantes de inseguridad alimentaria y un acceso casi nulo a servicios sanitarios en el país. “Esa mañana despertamos en el infierno”, relató a Amnistía Internacional Fawzi al Mardi, padre de una joven médica que murió por una bala que atravesó su vivienda. Esta escena suele repetirse a diario en Darfur. Organizaciones humanitarias han denunciado el uso de violencia extrema contra comunidades civiles y ataques sistemáticos a infraestructuras de asistencia. La ONU subraya que el conflicto no solo generó crisis en Sudán, sino en toda la región. Los países vecinos —Chad, Sudán del Sur, Egipto, Etiopía, Eritrea y la República Centroafricana— reciben masivas oleadas de refugiados. ACNUR advierte que estas naciones ya enfrentan sus propios problemas, lo que incrementa el riesgo de inestabilidad.
Una mujer camina entre escombros en un café de Mogadiscio tras un coche bomba que mató a cinco personas durante la final de la Eurocopa 2024. Foto: Hassan Ali ELMI | AFP
En la República Democrática del Congo, la guerra no tiene un solo frente ni un único enemigo. El este del territorio enfrenta una disputa prolongada en el que grupos de combate como el M23 protagonizan ofensivas que Naciones Unidas vincula con graves violaciones de derechos humanos. El órgano correspondiente de la ONU documenta ataques contra civiles, ejecuciones, violencia sexual y restricciones al acceso a la atención de emergencia.
Las cifras indican que hay más de 7 millones de desplazados internos, lo que sitúa al país entre las naciones con las mayores crisis humanitarias del mundo. En medio de esta realidad, surgen testimonios como el de Zawadi, una mujer herida durante un enfrentamiento insurgente: “Salí de casa sin saber lo que ocurriría ese día. Soldados me dispararon, caí al suelo. Me rescataron jóvenes que me llevaron al hospital”, relató a la ONG ALIMA.
Informes del Consejo de Seguridad señalan que la situación podría desbordar fronteras. Investigaciones internacionales vincularon el control de minerales estratégicos —como coltán y oro— con la persistencia del conflicto, mientras pueblos enteros continúan huyendo de la violencia. Expertos advierten que el Congo enfrenta una crisis prolongada que el mundo reconoce, pero no ha logrado resolver.
Una directora muestra impactos de bala en hospital de Jartum, donde la mayoría de hospitales y escuelas dejaron de funcionar por la guerra. Foto: Ebrahim Hamid / AFP
Desde hace años, esta república enfrenta al grupo insurgente Al-Shabaab, responsable de atentados, asesinatos selectivos y ataques a infraestructuras públicas. La Misión de Naciones Unidas en Somalia (UNSOM) documentó violencia constante contra civiles, funcionarios públicos y objetivos estratégicos, y describe un entorno donde el miedo forma parte del día a día.
Organizaciones como Amnistía Internacional revelan relatos de familias que huyeron “dejando todo atrás, caminando durante días con hambre, miedo y sin saber si habría un lugar seguro al final del camino”. Somalia enfrenta la violencia armada y también crisis alimentarias agravadas por sequías. Según OCHA, más de 5 millones de personas necesitan ayuda humanitaria y miles de familias se ven obligadas a abandonar sus hogares cada año por ataques o escasez de alimentos. UNICEF alertó sobre el riesgo de desnutrición infantil y el impacto devastador en niñas y mujeres.
Entre 2020 y 2022, esta nación vivió una de las guerras más sangrientas del continente. Aunque un acuerdo formal puso fin al conflicto principal, organismos internacionales advierten que la paz sigue siendo frágil. Reportes humanitarios y medios internacionales registran episodios de violencia en regiones como Amhara y Oromía, donde persisten tensiones políticas y militares. Las cifras reflejan la magnitud del daño. La ONU indica que millones de personas huyeron durante la guerra de Tigray, y muchas aún no lograron regresar. Comunidades enteras quedaron devastadas, con instalaciones destruidas y servicios esenciales paralizados. OCHA informa que la recuperación avanza con lentitud y requiere estabilidad política.
ACNUR documentó relatos de personas que huyeron “sin pertenencias, cargando niños, escapando mientras las aldeas eran destruidas”. ONGs como Médicos Sin Fronteras recopilaron testimonios de trauma y violencia, mientras que informes de derechos humanos denunciaron atrocidades, violaciones y asesinatos contra civiles. A pesar del cese formal de hostilidades, la nación enfrenta riesgos de nuevas escaladas si no se fortalecen los procesos de reconciliación. Los etíopes viven entre una paz formal y una tensión latente.
Entidades multilaterales coinciden en algo: la respuesta no puede ser solo militar. Debe ser humanitaria, política y estructural. Se necesitan Estados capaces de garantizar derechos. Mientras tanto, organismos advierten que millones de africanos resisten entre el dolor y la incertidumbre, con una esperanza que se niega a desaparecer pese a la violencia y a guerras invisibles que persisten

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