
Los agujeros negros constituyen los objetos más extremos del cosmos, aunque la astronomía moderna los examina de forma constante. Según el equipo científico de la NASA, su comportamiento descarta una ‘devoración indiscriminada’ del espacio, pues las interacciones gravitacionales ocurren únicamente en su entorno inmediato. A escala galáctica, esa influencia resulta significativa en regiones próximas, pero carece del poder necesario para alterar la estructura cósmica completa.
Dado que estos cuerpos celestes no emiten luz, su observación requiere analizar el efecto generado sobre la materia circundante. Instrumentos como el Chandra X-ray Observatory detectan radiación de alta energía procedente del gas atraído, mientras que redes como el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array estudian el polvo y las ondas de radio periféricas.
En un escenario hipotético planteado por la NASA, si el Sol se transformara mágicamente en un agujero negro con su misma masa actual, la Tierra no sería succionada ni alteraría su órbita. Esto ocurre porque la fuerza de atracción que sostiene a los planetas en movimiento depende exclusivamente de la cantidad de materia y no de la forma geométrica del objeto central.
El verdadero peligro de este fenómeno cósmico no sería orbital, sino estrictamente energético por la pérdida de la radiación solar. La superficie terrestre quedaría sumergida en una oscuridad permanente, desencadenando un colapso térmico progresivo que congelaría el planeta. Ante la falta absoluta de luz y calor, la vida tal como la conocemos desaparecería por completo, a pesar de que el mundo continuaría flotando en su ruta espacial de siempre.
El centro de la Vía Láctea reúne al agujero negro supermasivo "Sagitario A*", nubes gaseosas ardientes, estrellas muertas y bucles de radio. Foto: NASA
Según la teoría de Stephen Hawking, estos colosos cósmicos pueden perder masa mediante el proceso conocido como ‘radiación de Hawking’. La NASA señala que este fenómeno ocurre porque el espacio vacío genera fluctuaciones cuánticas, lo cual permite una disminución extremadamente lenta de energía que eventualmente podría hacerlos desaparecer. Por otro lado, los astrónomos detectaron cuásares situados a más de 13.000 millones de años luz, surgidos cuando el cosmos poseía menos del 10% de su edad actual.
La observación de dichos objetos lejanos resulta viable gracias a la enorme luminosidad del material que cae hacia ellos a velocidades extremas, ya que las estructuras en sí mismas no emiten luz. Para estudiar estos sistemas remotos, los científicos dependen de telescopios que captan distintas longitudes de onda. El Chandra X-ray Observatory identifica emisiones de rayos X, mientras que el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array permite reconstruir la disposición de gas frío en los confines del espacio.
Nuevas observaciones del agujero negro supermasivo Sagitario A*, publicadas en The Astrophysical Journal Letters, revelan un flujo de alta energía en su entorno, descubierto tras analizar datos de alta resolución obtenidos durante varios años para reconstruir el comportamiento del gas circundante.
Visual de ALMA y Chandra exhibe el hueco cónico formado por el viento cósmico emanado de Sagitario A.* Foto: NASA
Los investigadores utilizaron el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array con el fin de mapear el material molecular frío en el centro galáctico, un esfuerzo que mostró una cavidad cónica interpretada como evidencia de eyección cósmica, mientras el Observatorio de Rayos X Chandra confirmó emisiones energéticas en la misma región.
Los radiotelescopios ALMA mapearon el gas frío de monóxido de carbono en Sagitario A*, revelando secretos del agujero negro central de la Vía Láctea. Foto: NASA
La evidencia sugiere que estos fenómenos permanecen activos desde hace milenios, lo cual aporta claves inéditas sobre la capacidad de estos colosos espaciales para expulsar materia hacia el espacio interestelar y no solo absorberla. Ante la complejidad del hallazgo, el equipo científico citado en el estudio subrayó que “las afirmaciones excepcionales requieren pruebas excepcionales”, una postura que resalta la necesidad de corroborar múltiples señales antes de validar este histórico descubrimiento astronómico.





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