Uno no ve a su hijo desde hace meses y otro sobrevivió a una bala: dos padres que lucharon contra toda adversidad
Martín Vargas y Víctor Armando Rojas son ejemplos de amor paternal; uno lucha por reconectar con su hijo tras una separación y el otro superó una discapacidad para criar a sus hijos en otro país.
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El amor de un padre no siempre se mide en regalos, celebraciones o fotografías familiares. A veces, se refleja en noches sin dormir, jornadas interminables de trabajo, sacrificios silenciosos y batallas que parecen no tener fin. En el marco del Día del Padre, dos historias peruanas revelan el rostro menos visible de la paternidad: hombres que, pese a las dificultades, decidieron superarlas. El cuidado y desarrollo de sus hijos fue su principal motivación para seguir adelante cuando todo parecía estar en contra.
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La batalla de un padre que busca volver a abrazar a su hijo
Durante cuatro años, la rutina de Martín Vargas, padre chalaco, giró alrededor de una sola persona: su hijo Jaden. De acuerdo con su testimonio, tras separarse de la madre del menor por temas personales cuando este tenía apenas dos años, él asumió por completo su crianza. Desde entonces, aprendió a preparar biberones, organizar horarios, asistir a actuaciones escolares, buscar quién lo cuidara mientras trabajaba y, sobre todo, convertirse en el principal referente emocional del pequeño.
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"Disfruté todo su crecimiento. Enseñarle cosas nuevas, verlo aprender, acompañarlo en cada etapa. Todo era nuevo para mí, pero fue algo bonito", recuerda, y narra que su principal impulso era que a su hijo no le faltara nada.
No fue una tarea sencilla. Mientras trabajaba para cubrir los gastos del hogar, debía encontrar la manera de garantizar que su hijo estuviera en un entorno seguro y estable. Hubo días en los que el cansancio parecía superarlo, pero la sonrisa del niño era suficiente para continuar.
Uno de los momentos más difíciles, cuenta, fue afrontar fechas especiales y actividades escolares en las que la figura materna estaba ausente. Aun así, procuró que Jaden creciera con una imagen positiva de su madre y nunca intentó reemplazarla.
Sin embargo, en junio del 2025, su vida cambió abruptamente. Según relata, su hijo fue separado de sus brazos por diferencias con su expareja. Lo más doloroso para Martín no fueron los problemas que aún no se han resuelto, sino la distancia que lo alejó de Jaden.
La situación empeoró cuando, según cuenta Martín, perdió toda vía de comunicación con Jaden durante alrededor de cuatro meses. "No tenía contacto con mi hijo desde diciembre. Lo extraño mucho", dice con la voz entrecortada.
A pesar de ese tiempo sin verlo, guarda con especial emoción su último reencuentro con él durante unas olimpiadas escolares, donde Jaden corrió a abrazarlo apenas lo vio, pese a que el pequeño desconocía la situación que atravesaban sus padres. Ese momento reflejó que la conexión entre ambos no se había perdido.
"Ese día entendí que había hecho un buen trabajo. Él seguía siendo cariñoso, me extrañaba, quería saber qué estaba pasando. Me hizo sentir que sabía quién era su papá", sostuvo antes de despedirse de su pequeño.
Actualmente, mientras espera que la situación entre él y su expareja se resuelva, conserva intacta la esperanza de volver a compartir su vida con el niño al que considera su mayor felicidad y quien hizo que volviera a sentirse un niño. “Felicidad, ser padre para mí es amor en realidad. Es valorar mucho a esa personita que estás criando mientras la ves crecer. Siempre dándole lo que uno nunca tuvo, sacándole una sonrisa. Es responsabilidad y amor”, precisó.
Pese a la situación, Martín anhela que su hijo pueda salir adelante. "Es un gran niño, quiero que sea un gran profesional, una gran persona. Y me gustaría que me recuerde como su superhéroe, como su Spider-Man, sin tener superpoderes, ¿no?, pero como el mejor papá que pudo tener", narró.
El padre que crio solo a sus hijos en otro país
La historia de Víctor Armando Rojas, vecino de Villa El Salvador y padre de Magna (17), Dayiro (14) y Rafaela (7), se asemeja a una novela de supervivencia. Su vida cambió drásticamente cuando recibió un disparo mientras intentaba defender a su hermano durante un ataque armado. La bala impactó en su columna y le dejó una severa discapacidad por un tiempo prolongado. “Mi hermano cometió el error de meterse en una fiesta con la mujer de un delincuente y luego este vino a matarlo”, narró.
Mientras luchaba por recuperarse, observó con preocupación que sus dos hijos mayores, Magna y Dayiro, no recibían la atención que necesitaban por parte de su entonces pareja, madre de los menores. Las faltas al colegio eran frecuentes y, según cuenta, pasaban gran parte del tiempo al cuidado de terceros.
Entonces, tomó una decisión que cambiaría el rumbo de toda la familia. Con la tenencia legal de Magna y Dayiro, viajó a Bolivia junto a ellos para comenzar desde cero. Víctor llegó a un país donde apenas conocía a unas pocas personas. Tuvo que buscar trabajo, matricular a sus hijos en el colegio, cocinar, limpiar, ayudarlos con las tareas y asumir simultáneamente los roles de padre, madre y proveedor.
"Me ponía a llorar a veces porque no podía dividirme en tres o cuatro partes. Tenía que ser papá, mamá, cocinero, profesor y además trabajar", recuerda. Las dificultades físicas producto del disparo no desaparecieron. Aun así, nunca consideró abandonar la responsabilidad que había asumido.
Durante casi dos años crio solo a sus hijos en Santa Cruz. Allí trabajó primero en un restaurante y luego desarrolló un negocio de comercio entre Perú y Bolivia. Poco a poco, logró estabilidad económica y garantizó algo que consideraba fundamental: educación y bienestar para los menores.
Uno de los mayores desafíos fue ayudar a su hijo, quien llegó sin saber leer debido a las constantes ausencias escolares que había tenido en Perú. "Tuve que aprender incluso cómo enseñarle. Era algo totalmente nuevo para mí", sostuvo sobre su rol de educador.
Con el tiempo, la familia encontró estabilidad. Los niños avanzaron en sus estudios, construyeron nuevas amistades y disfrutaron de una vida más tranquila.
Actualmente, de regreso en Perú, Víctor observa con orgullo los frutos de aquel esfuerzo. Su hija mayor está próxima a terminar el colegio y sueña con estudiar marketing, mientras que Dayiro aspira a desarrollarse en el fútbol. Además, la pequeña Rafaela, fruto del amor de una segunda relación, mantiene vivas en Víctor las ganas de ver a sus hijos salir adelante.
Para él, la paternidad tiene una definición sencilla: "Ser padre es ser responsable". Pero detrás de esas palabras hay años de sacrificio, resiliencia, trabajo y decisiones difíciles que tomó pensando únicamente en el bienestar de sus hijos.
El amor que permanece
Aunque sus historias son distintas, ambos padres comparten algo esencial: eligieron luchar por sus hijos.
Uno enfrenta una larga batalla para recuperar el contacto con el hijo a quien crio durante gran parte de su infancia. El otro desafió una discapacidad y comenzó una nueva vida en otro país para garantizar el futuro de sus hijos.
En una fecha que suele estar llena de celebraciones, sus testimonios recuerdan que la paternidad también se construye desde la resistencia, la perseverancia y el sacrificio cotidiano.
Porque ser padre no siempre significa tener todas las respuestas. A veces, significa simplemente seguir adelante cuando todo parece derrumbarse.
Y en esa lucha silenciosa, muchos padres encuentran la forma más profunda de amor: aquella que pone a los hijos por encima de cualquier adversidad.
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