Más del 35% de adolescentes en Lima tienen riesgo de trastornos alimentarios por uso de redes sociales, advierte nutricionista
Una reciente investigación revela que el 3% del aumento en el riesgo de TCA está vinculado al aumento en el uso de plataformas digitales, lo que afecta especialmente a chicas de 14 a 17 años.
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El uso intensivo de redes sociales no reguladas estaría teniendo un impacto directo en la salud mental y alimentaria de adolescentes peruanas. De acuerdo con una reciente investigación publicada en la revista científica Nutrición Clínica y Dietética Hospitalaria, que analizó a 269 alumnas de secundaria, el 35,7% de escolares evaluadas en Lima presenta riesgo de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria (TCA), una cifra que equivale a que una de cada tres menores enfrente esta vulnerabilidad.
La investigación encontró, además, una relación directa entre el tiempo y la frecuencia de exposición a plataformas digitales y el aumento del riesgo: por cada punto adicional en la escala de uso de redes sociales, la probabilidad de desarrollar conductas alimentarias de riesgo se incrementa en 3%. Bajo este panorama, el nutricionista José Jairo Narrea Vargas indicó que las adolescentes pueden replicar la información que visualizan en redes sociales, ya sean dietas o estilos de vida de influencers, que no tienen ningún tipo de sustento profesional.
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“No todo lo que se maneja en las redes es adecuado ni saludable. Tiene mucho que ver con la parte estética y la presión social de verse bien”, advirtió el coautor del estudio, docente e investigador asociado en la Universidad Científica del Sur, sobre esta problemática que no debería ser ignorada por los padres de familia.
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Exposición a contenidos y falta de supervisión
Los trastornos de la conducta alimentaria, entre ellos la anorexia y la bulimia, son considerados una amenaza creciente para la salud mental juvenil. En Perú, el Ministerio de Salud ha advertido que la presión por alcanzar un supuesto "físico ideal" afecta especialmente a mujeres adolescentes y jóvenes entre los 15 y 20 años.
El estudio, que analizó a estudiantes mujeres de secundaria de entre 14 y 17 años, concluyó que la constante exposición a contenidos vinculados con estética corporal, entrenamiento y alimentación está alterando la percepción de la imagen corporal. De acuerdo con Narrea, al no existir una ley o una norma que regule estos contenidos, los adolescentes los toman como entretenimiento, lo cual puede representar un riesgo. Por ello, el especialista explicó que los menores aún se encuentran en una etapa en la que es difícil distinguir entre hábitos saludables y prácticas potencialmente dañinas.
“Aún no comprenden bien los límites entre lo que es saludable y lo que no, lo que los hace propensos a simplemente copiar conductas porque las observan en alguien que consideran estéticamente atractiva o atractivo”, señaló.
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Estándares de belleza e impacto de influencers
El estudio pone atención en plataformas como TikTok e Instagram, donde proliferan contenidos relacionados con dietas, cuerpos idealizados, estándares de belleza y rutinas de ejercicio que muchas veces carecen de respaldo profesional y son imitados por escolares.
Según Narrea, incluso contenidos que aparentan promover hábitos saludables pueden convertirse en factores de riesgo. “Aunque uno no lo crea, el abordaje de temas hacia la estética, entrenamiento físico o el deporte, de alguna forma te induce a que limites o restrinjas tu alimentación, especialmente cuando sus creadores carecen de formación profesional”, advirtió.
La investigación sostiene que la comparación constante con modelos corporales idealizados y el consumo de consejos nutricionales sin supervisión especializada están favoreciendo conductas de restricción alimentaria y ansiedad por la apariencia física. “Escuchan estas prácticas y las quieren imitar porque quien lo dice es alguien que ellas perciben como el estándar de belleza. Si no llegan de forma profesional, el ayuno o el entrenamiento mal guiado es totalmente perjudicial”, remarcó Narrea.
Por ello, el nutricionista hizo énfasis en el contenido de influencers, que no tiene ningún control y es asumido como real por los adolescentes, quienes no diferencian el entretenimiento de la realidad. “El área de nutrición tiene que ser controlada por un profesional para el diseño de planes dietéticos. El manejo de la información es parte de la educación nutricional”, sostuvo en referencia a evitar la desinformación sobre las rutinas alimentarias en redes sociales.
Señales de alerta
A partir de los hallazgos y de la experiencia clínica, los especialistas identificaron algunas conductas que padres y docentes deberían observar:
- Saltarse comidas principales, especialmente desayuno o almuerzo, bajo el argumento de no tener hambre o por miedo a subir de peso.
- Imitar prácticas de influencers, como ayunos intermitentes o dietas restrictivas sin orientación profesional.
- Ejercicio físico inadecuado, como entrenar sin alimentarse o hidratarse correctamente con el objetivo exclusivo de adelgazar.
- Preocupación excesiva por la apariencia física y dependencia emocional de la validación en redes sociales.
“Los cambios bruscos en la alimentación, cuando ya no quieren consumir alimentos, la inconformidad con su peso y que se sientan gordos cuando no es así, son los primeros signos que deberían alertarnos”, precisó sobre el comportamiento de los adolescentes, que suele cambiar porque lo “escuchó o vio” de algún influencer que sigue.
Problemática que debe ser prevenida
Uno de los datos que más preocupa es que la población en riesgo (35,7%) encontrada en escolares supera ampliamente registros previos en otros grupos poblacionales. Estudios realizados anteriormente en universitarios de Lima situaban el riesgo cerca del 10%. “Los adolescentes que pasen por estos problemas (y no sean atendidos) tendrán mayor riesgo de sufrir otras enfermedades cuando sean adultos. La idea es generar prevención. Identificar los casos y, a partir de ahí, tomar acciones”, acotó.
Para los autores, este incremento evidencia una problemática silenciosa instalada en las aulas y que requiere intervención temprana.
Entre las medidas propuestas destaca impulsar programas de alfabetización mediática en colegios para fomentar un consumo crítico de redes sociales, promover que la información sobre alimentación y salud provenga de profesionales acreditados y fortalecer la detección temprana con participación activa de familias y docentes.
“Es fundamental que el abordaje de los trastornos de la conducta alimentaria sea integral. Si ya hay un riesgo identificado, la labor del nutricionista es trabajar en sintonía con el psicólogo y el psiquiatra para tratar la raíz del problema y no solo la dieta”, concluyó el especialista.
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