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Mauro Prosperi, el hombre que sobrevivió 9 días en el desierto bebiendo sangre de murciélago

Aunque llegó a un punto de querer acabar con su vida, este atleta italiano logró evitar la muerte comiendo ratones, serpientes, e incluso bebiendo su propia orina.

Mauro Prosperi sobrevivió nueve días en el desierto gracias a la sangre de murciélagos. Foto: composición LR/The Guardian/Facebook/Marathon des Sables/ABC
Mauro Prosperi sobrevivió nueve días en el desierto gracias a la sangre de murciélagos. Foto: composición LR/The Guardian/Facebook/Marathon des Sables/ABC

Era 1994 cuando el expolicía italiano Mauro Prosperi decidió, sin imaginarlo, realizar una travesía que por poco le cuesta la vida. El padre de tres niños se había inscrito en la Maratón de Sables, carrera que consistía en un recorrido de 250 km, en la que los concursantes debían correr bajo el inclemente sol del desierto de Marruecos.

Sin embargo, la competencia se volvió toda una pesadilla para él cuando una tormenta de arena lo desorientó completamente y ocasionó que terminara perdido por nueve días entre las dunas. Aunque vivió desesperantes momentos, logró sobrevivir bebiendo sangre de murciélago y comiendo ratones y serpientes.

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Antes de comenzar la también denominada Maratón de las Arenas, Prosperi se enfocó en tener una estricta preparación para soportar las adversidades del recorrido. De esta manera, comenzó a correr 40 kilómetros al día y redujo la cantidad de agua que bebía para así acostumbrarse a la deshidratación.

De esta manera, pudo recorrer sin ningún inconveniente las tres primeras fases de la competencia, hasta que una terrible tormenta de ocho horas de duración cambió sus planes.

Mauro Prosperi participando en la Maratón de las Arenas, en 1994. Foto: BBC

Mauro Prosperi participando en la Maratón de las Arenas, en 1994. Foto: BBC

Por un momento, intentó avanzar pensando que encontraría a alguien, pero, cuando entendió que estaba perdido, no tuvo más opción que entrar en modo supervivencia. Para ello, decidió guardar su orina en una botella y refugiarse en un morabito, santuario musulmán donde los beduinos paran cuando están cruzando el desierto.

Allí, cansado por estar días sin agua, decidió cazar los murciélagos que se encontraban en el techo del recinto. Con un cuchillo que tenía les cortó las cabezas para poder beber su sangre y comer lo que quedaba. Según él, fueron al menos 20 de ellos.

Agobiado por el cansancio y el calor del lugar, decidió acabar con su vida. Pero, como si fuera cosa del destino, en los cortes que se realizó no brotó nada, ya que su sangre se había coagulado.

Prosperi se refugió en un morabito, santuario musulmán donde los beduinos paran cuando cruzan el desierto. Foto: Medio Tiempo

Prosperi se refugió en un morabito, santuario musulmán donde los beduinos paran cuando cruzan el desierto. Foto: Medio Tiempo

El atleta tomó esto como una señal, por lo que decidió salir de su pequeño refugio guiándose, como le habían recomendado antes de comenzar la carrera, por la ubicación de las nubes.

“Caminé por el desierto durante días. Maté serpientes y lagartos y me los comí crudos. De esa manera, conseguía beber también. Algunos instintos surgen en situaciones de emergencia. En ese momento, mi cavernícola interior emergió”, recordó años después Mauro.

Al noveno día logró dar con un pequeño campamento de mujeres, quienes dieron aviso a las autoridades del hallazgo del hombre. Descubrió que había cruzado la frontera con Argelia, a 291 kilómetros fuera de curso.

Mauro Prosperi regresando a Italia tras ser rescatado del desierto. Foto: BBC

Mauro Prosperi regresando a Italia tras ser rescatado del desierto. Foto: BBC

Durante los nueve días que permaneció a la deriva perdió unos 16 kilos y sufrió daños en sus ojos e hígado. No pudo comer nada más que sopa o líquidos por meses y le tomó cerca de dos años recuperarse en su totalidad.

A pesar del complicado momento que le hizo pasar su participación en la Maratón de Sables, decidió volver a concursar en ella cuatro años después. “La gente me pregunta por qué volví. Yo digo que cuando empiezo algo quiero terminarlo. La otra razón es que ya no pude vivir sin el desierto. La fiebre del desierto sí existe, y es una enfermedad que definitivamente contraje”, asegura.

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