
En el Perú, el cáncer de cuello uterino continúa siendo un problema de salud pública y una de las principales causas de muerte oncológica en mujeres, pese a ser una enfermedad prevenible. Cada año se registran cerca de 4.800 a 5.000 nuevos casos y alrededor de 2.500 fallecimientos, cifras que reflejan las brechas en el acceso al diagnóstico oportuno.
A pesar de ello, cerca del 80% de las pacientes que llegan a establecimientos especializados lo hacen en estadios avanzados, lo que reduce significativamente sus probabilidades de curación.
Este tipo de cáncer sigue cobrando numerosas vidas debido a que en sus etapas iniciales suele ser asintomático. En muchos casos, la enfermedad avanza durante años sin generar señales evidentes, por lo que el diagnóstico se realiza cuando ya se encuentra en fases más avanzadas.
Uno de los signos más frecuentes en estos estadios es el sangrado vaginal anormal, que puede presentarse después de las relaciones sexuales, explicó el ginecólogo oncólogo Gerardo Campos Siccha.
A estos síntomas se suman otras señales de alerta, como flujo vaginal persistente —que en muchos casos es tratado con automedicación—, dolor pélvico continuo y molestias durante las relaciones sexuales. En fases más avanzadas, también pueden aparecer complicaciones urinarias o intestinales, lo que refleja el alcance de la enfermedad hacia órganos cercanos.
“Muchas mujeres optan por automedicarse ante un flujo persistente en lugar de acudir a un establecimiento de salud. Ese es un error grave que retrasa el diagnóstico”, advirtió el especialista.
En esa línea, el doctor Mauricio León Rivera, director de la Liga Contra el Cáncer, señaló que factores culturales influyen en la detección tardía: “Vivimos en una sociedad machista, donde los hombres no quieren que sus esposas y sus hijas vayan al ginecólogo. Por ende, ellas no se revisan”.
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El diagnóstico tardío también responde a problemas estructurales del sistema de salud. Campos Siccha identifica como principal barrera el centralismo, que concentra la atención especializada en Lima. “El tratamiento está centralizado y, aunque existen institutos regionales, no se dan abasto. Esto limita el acceso oportuno en provincias”, precisó.
A ello se suma la baja cobertura de tamizaje: apenas el 48% de mujeres se realiza el Papanicolaou y, de ellas, solo cerca del 19% recoge sus resultados, lo que impide un seguimiento adecuado. “No existe un sistema que busque a la paciente para darle su resultado. Sin ese seguimiento, se pierde la oportunidad de intervenir a tiempo”, explicó.
La falta de educación sanitaria, la limitada disponibilidad de laboratorios de citología y las deficiencias en las guías de detección agravan este panorama. A ello se suman barreras como la escasa cultura preventiva, la dificultad para obtener citas, la distancia a los centros de salud y los costos indirectos, que restringen el acceso a controles periódicos.
“El problema no es la falta de herramientas médicas, sino el momento en el que llegan las personas”, señaló el doctor León, quien además advirtió sobre el crecimiento de posturas contrarias a los avances científicos, como las creencias antivacunas, que han tenido consecuencias en la salud pública.
Las pruebas de tamizaje, como el Papanicolaou y el test molecular de VPH (con una sensibilidad cercana al 95%), permiten identificar lesiones antes de que progresen. Sin embargo, gran parte de la población no accede a esta información ni a estos controles de manera oportuna.
Campos Siccha subrayó la importancia de realizar estos controles de forma periódica: “Una sola prueba tiene una sensibilidad de alrededor del 50 %, pero al repetirse de manera anual aumenta significativamente su capacidad de detección”.
También advirtió sobre el uso extendido de métodos menos precisos en el país, lo que puede generar errores en el pronóstico y el tratamiento. Si algún examen arroja un resultado positivo, se recomienda realizar una colposcopía y, de ser necesario, una biopsia para la confirmación.
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El cáncer de cuello uterino está asociado en el 99% de los casos al virus del papiloma humano (VPH). Aunque existen más de 200 tipos —entre ellos, los más frecuentes son el 16 y el 18— y la mayoría de infecciones desaparece de forma natural, en algunos casos el virus persiste y puede generar lesiones precancerosas que evolucionan hacia la enfermedad.
Se trata de un proceso lento, que puede tomar entre 10 y 15 años, y que en sus etapas iniciales no presenta síntomas. “Eso significa que tenemos una gran oportunidad para detectarlo a tiempo, pero no se está aprovechando”, señaló Campos Siccha.
En ese contexto, la vacunación contra el VPH se considera la principal estrategia de prevención. El doctor Mauricio León recordó que en el Perú se aplica de forma gratuita en establecimientos del Minsa a niños, niñas y adolescentes entre 11 y 18 años; sin embargo, su cobertura aún es limitada, sobre todo en zonas con menor acceso a servicios de salud.
“Si se alcanza una vacunación masiva, como ocurre en países desarrollados, el cáncer de cuello uterino podría reducirse de manera drástica en las próximas décadas”, indicó Campos Siccha. Añadió que la evidencia científica muestra que este tipo de cáncer puede llegar a eliminarse en un país con una adecuada cultura preventiva.
Finalmente, el especialista subrayó la necesidad de ampliar el acceso a pruebas moleculares y fortalecer los centros de tamizaje en todo el territorio nacional.
En el marco del Día Mundial de la Prevención del Cáncer de Cuello Uterino, que se conmemora cada 26 de marzo, especialistas hacen un llamado a reforzar la educación sanitaria, ampliar la cobertura de vacunación contra el VPH, descentralizar los servicios oncológicos y garantizar el acceso oportuno a pruebas de tamizaje como el Papanicolaou y el test molecular.
En el Perú, entre cinco y siete mujeres mueren cada día por este cuadro. Sin embargo, la detección temprana y el acceso a servicios siguen siendo claves para reducir su impacto. En ese sentido, es importante impulsar políticas públicas que prioricen la prevención y reduzcan las brechas de salud.
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