Max Hernández: “El Acuerdo Nacional ha oscilado entre una cierta indiferencia y una suerte de recurso de último minuto”
El psicoanalista y secretario técnico del Acuerdo Nacional habló sobre lo anunciado por Dina Boluarte respecto al foro de diálogo durante su mensaje a la nación el 28 de julio. “La confianza se encuentra brutalmente erosionada por la profunda radicalización (...) El radicalismo lo que produce es una suerte de repulsa mutua”.
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La presidenta Dina Boluarte anunció en su discurso por Fiestas Patrias que se convocaría al Acuerdo Nacional, aunque no hay fecha para su reunión. Su secretario técnico, el psicoanalista Max Hernández, responde sobre el papel que puede jugar esta institución en la crisis.
—En las actuales circunstancias, ¿cree que hay espacio para el diálogo?
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—Diría que hay una fuerte esperanza de diálogo bloqueada por la fragmentación, la polarización y la desconfianza. Para dialogar uno necesita tener…
—¿… una agenda en común?
—Una agenda en común, pero sobre todo confianza entre las partes para aceptarnos como interlocutores, es decir, para cesar de vernos como enemigos o como adversarios. La confianza se encuentra brutalmente erosionada por la profunda radicalización de los puntos de vista. El radicalismo lo que produce es una suerte de repulsa mutua que aleja cada vez más a las posiciones en conflicto. Lo que pasó en el Perú, desde Sendero Luminoso y luego a un nivel menos sangriento, pero igual de conflictivo en los últimos cinco o seis años, ha hecho que las posiciones se hayan exacerbado de una manera feroz. Y decimos que este no me escucha porque es facho, o que este no me entiende porque es un rojo. Es interesante. Es como si estas dos armas de destrucción -la vacancia y la confianza- se hayan llevado al diálogo común y corriente. No me fastidies porque te vaco, no me fastidies porque te disuelvo.
—¿Cómo definiría lo que ocurrió entre diciembre y enero en el Perú?
—Fue un punto máximo de violencia. También creo que ese punto máximo ha entrado en declive. No es, como dice alguna gente, que eso ha implicado la resolución de aquellas fuerzas, particularmente emocionales, que llevaron al enfrentamiento. Quizás el estado de ánimo se ha tranquilizado, pero bajo esa superficie los reclamos no resueltos siguen un proceso interno.
—¿Todo podría despertar de nuevo?
—Esperaría que no. Esa palabra “esperaría” supone esperanza y un uso del incondicional.
—Es la esperanza y la duda.
—Usted lo ha dicho. Por haber estado tanto tiempo en el Acuerdo Nacional (AN), en diversas funciones, me he acostumbrado a vivir esas contradicciones emocionales que son tan poderosas que si vamos a aplicar una ley binaria -lo bueno versus lo malo- no vamos a terminar de entenderlas. Hay que saber aceptar las paradojas.
—Ahora bien, no es posible la reconciliación sin justicia, ¿cierto?
—Cierto. Tiene usted la razón. Está tocando un tema en el que los peruanos, todos, debemos pensar: esos 60 muertos pesan sobre la conciencia de todos nosotros. No solo de los gobernantes. Pesan porque, lamentablemente, hemos asistido a una sucesión de muertes terribles desde la pandemia. Y mire…

Protesta. Deben establecerse a los responsables de las muertes, sostiene Hernández. “Es fundamental y urgente”, dice. Foto: Marco Cotrina/La República
—Es verdad que, durante la pandemia, el Estado peruano y sus autoridades no fueron eficientes en la respuesta inmediata frente a un virus mortal. Hay razones estructurales que todos conocemos, también de gestión. Sin embargo, lo de diciembre y enero es diferente.
—Estoy totalmente de acuerdo con lo que me dice. Por favor, no crea que al tratar de establecer una lectura un tanto más…
—¿… global?
—Global, estoy pretendiendo que estas muertes no tienen responsables ni que estos no deben ser juzgados. Eso es fundamental y urgente. Lo que quiero decir es que todos esos muertos de la pandemia quedaron sin el amparo, siquiera, de un rezo fúnebre, de un rito funerario. Una cosa es una muerte llorada, un cuerpo enterrado, otra cosa es una persona en una bolsa de plástico y en una fosa común. La fosa común ha hecho de la fosa algo común.
—La presidenta Dina Boluarte anunció la convocatoria al AN en su mensaje por el 28 de julio. Tengo tres puntos que me gustaría abordar al respecto. El primero, ¿no suena a que los gobiernos, cuando están, por ejemplo, en aprietos de legitimidad, sacan la recurrida carta del AN? ¿No suena a veces que el AN ya está desgastado?
—Es una pregunta muy pertinente. A pesar de que el AN ha hecho mucho trabajo en políticas públicas, es cierto que, en términos que atañen a la dimensión más radicalmente política de nuestra realidad, el AN ha oscilado entre una cierta indiferencia y una suerte de recurso de último minuto. Ese recurso de último minuto no solo es una cosa que puede ser planteada por el Gobierno. Uno comienza a ver que las gentes, los medios, los dirigentes dicen “es el momento del AN”.
—Ya, pero generalmente lo utilizan los Gobiernos en problemas.
—Eso es cierto.
—¿Le molesta eso?
—No, porque ya me he vuelto muy realista. Alguien dirá que complacientemente realista y puede tener razón. Pero no, no creo que sea eso. Le quiero recordar que la estructura del AN es compleja y genera ambigüedades. Es presidido por la presidenta de la República, que encarga su representación al primer ministro cuando no participa de los foros. Una crisis como esta afecta al Gobierno y, sí, el AN tiene la obligación de apostar por la gobernabilidad democrática. Y eso requiere muchas cosas, y una de ellas, fundamental, es el diálogo.
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—Lo que hemos vivido entre diciembre y enero, admitiendo que hubo hechos de violencia de parte de los manifestantes, es una represión muy fuerte, hasta sanguinaria por parte de las fuerzas del Estado. Acá viene el segundo punto que quería consultarle. ¿Los sectores que han estado protestando se encuentran representados en el AN? ¿Cómo se puede buscar una reconciliación si una de las partes no está?
—Tendría que decirle que estoy totalmente de acuerdo con usted. Eso si ponemos el énfasis en la reconciliación. Yo estoy poniendo primero el énfasis en la gobernabilidad. Si bien es absolutamente cierto que los sectores más radicales de las protestas no están presentes en las instituciones que conforman el AN, sí están otras que han participado del Comité de Lucha. Que vayan a asistir o no, es una tarea de todos. Mi opinión es que deberían estar. También he pensado más de una vez que el AN es una institución de instituciones formales en un país altamente informal. No hay que perder de vista lo siguiente: las llamadas “tomas de Lima”, más allá de lo hiperbólico del nombre, significaban una presencia de la región olvidada, de las llamadas provincias, un nombre horrible, que viene de los griegos que hablaban de los vencidos. Esa presencia negada, invisibilizada, es absolutamente necesaria de ser entendida y reconocida. Usted ha puesto el énfasis en las marchas de diciembre y enero. Yo quiero ir a otro punto.

Recurso. Boluarte se refirió al Acuerdo Nacional en su discurso por Fiestas Patrias. Foto: Antonio Melgarejo/La República
—¿A la marcha de julio?
—Así es. Para mí, la marcha del 19 de julio fue un hito de la democracia. Con la dificultad que tuvieron los contingentes de regiones para llegar a Lima, fue Lima la que marchó por las regiones. Segundo, la marcha por parte de los manifestantes fue profundamente mesurada. Tercero, hubo una represión mesurada.
—¿Le sorprendió que Boluarte hiciera mención del AN? ¿Sabía que lo iba a hacer?
—Había hablado luego de la reunión del 9 de enero (del AN) con la presidenta y ella me había dicho en más de una ocasión que creía mucho en el AN. Mire, no fue una sorpresa, pero a la vez no dejó de sorprenderme que se le mencionara en el discurso presidencial. Se puede sentir como un reconocimiento…
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—También como un peso.
—También. Pero es que la política es eso, uno no sabe si una oportunidad es una trampa o la trampa puede ser una oportunidad.
—Esto se lo menciono porque acá viene el tercer punto que quería abordar. Entiendo que el AN lo que busca es la consolidación de la democracia. Y mi lectura es que no estamos, en estos momentos, en un sistema democrático. Otras personas lo han descrito como una especie de pacto autoritario entre el Ejecutivo y el Legislativo y no vaya a ser que esta alianza lo que finalmente busque es tomar la figura del AN para intentar lavarse un poco la cara. ¿Qué me respondería?
—Estamos en un diálogo y uno tiene que escuchar lo que dice el otro, no preparar la respuesta. Podría escucharlo en una actitud suspicaz para desbaratar su argumentación porque me lleva a una situación preocupante para mí. No. Usted lo que me dice es que hay elementos autoritarios y hay presencias políticas que parecen no concordar con un espíritu democrático, que tiene el AN como esencia.
—Es correcto.
—Suponiendo que fuera así, ¿no hay la posibilidad de que en el AN los grupos de la sociedad civil puedan decirle a quienes están en las posiciones de poder -autoritarias si usted quiere- cómo se puede corregir esto? ¿La oportunidad de reunirse no puede servir para decir que no queremos derivas autoritarias, precisamente? Para tratar de seguir respondiendo a la pregunta que me ha planteado y que tiene toda la validez del mundo: sí pues, hay la inmensa preocupación de que esto puede manipularse. Hay dos formas de hacerlo: o no se hace el AN y se tira por la borda una oportunidad, o se hace, aunque no vengan quienes deben estar presentes del lado más crítico, con lo cual el AN se va al diablo. No hay que caer en esa manipulación: o boicoteo la reunión o la hago contra viento y marea con quienes vengan.
— ¿Qué hemos perdido como nación, como sociedad en estos meses?
—El sistema de afectos, de vínculos simbólicos, las narrativas, los mitos que permitían esa argamasa que permitía sentirnos peruanos, a despecho de las -lamentables- diferencias de clase o desprecios étnicos o resentimientos. El Perú, a pesar de eso, había ido procesando un cierto modus vivendi, lentamente. Un país con la pluralidad cultural que tiene, con la diversidad étnica, con un territorio tan complejo y fracturado, con cimas altísimas, valles profundísimos, con un mar extensísimo, con una selva amazónica, ¿cómo se puede amalgamar? ¿Cómo se puede entender una identidad que respete una pluralidad? Una pluralidad que debería ser aceptada pero que, por el momento, es cuestionada.


























