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Opinión

¿Es curiosidad? No lo es, por Mirko Lauer

“La relación entre trabajadores y patronal en el Perú es, con honrosas excepciones, complicada. Si se elimina el derecho ciudadano a pensar distinto, la cosa se va a complicar todavía más”.

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La intensidad de la pugna política de estos tiempos viene difundiendo en algunos centros de trabajo una pregunta que, según cómo se use, puede ser particularmente infeliz. Me refiero a “¿de qué lado estás?”, que cobra un sentido ofensivo cuando se la hace un patrón a alguien que depende de él. Es una variante de “si no estás conmigo, estás contra mí”.

La cosa empeora cuando el interrogado hace tareas intelectuales en diversos grados, como es el caso de los periodistas, los profesionales liberales contratados o los académicos, para citar tres ejemplos. Allí, la pregunta va directo contra las libertades en el trabajo, que nunca son absolutas, pero sí existen.

En una situación polarizada, el punto de vista de un empleado no puede evitar ser más o menos evidente, de modo que la interrogación funciona como una amenaza. El propietario de la empresa traza una línea y desafía a sus empleados a cruzarla. No ayuda a promover el clima liberal del que muchos de estos interrogadores se reclaman.

Un país puede alojar discrepancias, pero no debe tener “lados”, en el sentido de bandos irreconciliables, incluso al grado de no permitir la convivencia en los centros de actividad. La pregunta, entonces, divide, quita ciudadanía, amenaza el libre albedrío, y a la postre vuelve precarias las relaciones humanas.

La práctica se vuelve mucho más preocupante cuando ocurre en un medio de prensa. Entonces se pasa del esfuerzo democrático de considerar todos los puntos de vista al vacilón de tratar de venderle al público un pensamiento único, generalmente mal disfrazado de pluralismo, con lo cual ya estamos en el boletín de propaganda.

“¿De qué lado estás?” empezó a difundirse como estribillo de una canción de mineros en huelga en Kentucky, en 1931. Que se haya convertido en argumento de altos funcionarios mediáticos para asegurarse de la lealtad de sus empleados, por ejemplo, para evitar que se toquen o desarrollen ciertos temas, no deja de ser irónico.

La relación entre trabajadores y patronal en el Perú es, con honrosas excepciones, complicada. Si se elimina el derecho ciudadano a pensar distinto, la cosa se va a complicar todavía más. Peor aún si los principales medios de prensa (en la red o en la realidad) se vuelven unidimensionales.

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