
Las relaciones entre Corea del Norte y este país de América Latina mantienen un fundamento histórico nacido de la revolución sandinista en los setenta. Este vínculo, fortalecido por el entrenamiento de combatientes en Pyongyang en 1971, asegura una alianza ideológica que persiste hasta la actualidad. Expertos analizan este nexo como un desafío geopolítico para la seguridad regional, pues cuestiona los esfuerzos de Washington por conservar su hegemonía en el hemisferio occidental bajo un contexto de competencia entre potencias como China y Rusia.
La cercanía entre el régimen nicaragüense y el norcoreano actúa como un factor de riesgo para la estabilidad hemisférica al ofrecer espacios que contrarrestan la política exterior de EE.UU. Informes oficiales de seguridad catalogan a los norcoreanos como una amenaza global cuyo impacto crece cuando encuentra resonancia en territorios fuera del continente asiático. De esta manera, la conexión entre ambas naciones debilita la influencia estadounidense y posiciona la alianza como un punto crítico en la agenda de seguridad internacional.
Nicaragua destaca en América Latina por poseer el vínculo diplomático y simbólico con Corea del Norte que mayor alerta provoca en los foros de seguridad de Occidente. Tras el restablecimiento de sus nexos en 2007, Managua y Pyongyang mantienen relaciones formales activas, un hecho poco común en la región que incluye la apertura mutua de sedes embajadoras.
Aunque el intercambio económico entre ambas naciones es mínimo, la relación posee un valor estratégico fundamental para el régimen norcoreano. Estos lazos permiten que los norcoreanos eviten el aislamiento internacional y busquen legitimidad en organismos multilaterales, como las Naciones Unidas, gracias al respaldo político de socios que ignoran las sanciones occidentales.
Finalmente, esta alianza se fundamenta en una política exterior que rechaza explícitamente la influencia de EE.UU. en el continente. Managua utiliza este vínculo para ratificar su narrativa antiimperialista, con lo cual se alinea con regímenes que comparten una postura de resistencia frente a lo que califican como intervencionismo estadounidense.
La estrategia de Pyongyang en América Latina prioriza las oportunidades diplomáticas sobre los vínculos económicos sólidos. El régimen busca apoyo político ante las sanciones de Estados Unidos y sus aliados, bajo el amparo de la tradición no intervencionista de la región. De este modo, Corea del Norte intenta asegurar votos favorables en organismos multilaterales estratégicos como la Asamblea General de la ONU.
Nicaragua constituye el nexo principal con ellos, aunque otros países despiertan el interés del hermético Estado. México destaca como un actor relevante debido a su política exterior, la cual permite relaciones simultáneas con la República de Corea y el Norte. Esta dualidad ofrece a Pyongyang una plataforma de interlocución valiosa en diversos foros globales de alto nivel.
Pese a estos acercamientos, la relación con naciones como Venezuela o México posee un carácter mayoritariamente simbólico. El aislamiento financiero de la capital norcoreana y el riesgo de represalias por parte de Washington limitan la profundidad de estos lazos. En consecuencia, la influencia real del régimen en el resto de la región permanece en un plano marginal y cauteloso.
Estados Unidos percibe la incursión de potencias como Corea del Norte, China y Rusia en América Latina como una amenaza directa a la estabilidad regional. Ante este panorama, Washington emplea su Estrategia de Seguridad Nacional para actualizar la Doctrina Monroe. El propósito fundamental de esta política es la consolidación del dominio estadounidense en el hemisferio occidental frente a la presencia de influencias extranjeras.
Esta postura genera un cambio en las directrices de la Casa Blanca, con un enfoque prioritario en la contención de actores hostiles. El gobierno estadounidense fortalece sus canales diplomáticos y analiza planes para incrementar su presencia militar y política en la región. Dentro de este contexto, la alianza entre Nicaragua y Corea del Norte destaca como una muestra de la actual división geopolítica, aun con la limitada capacidad bélica nicaragüense.
El vínculo entre Managua y Pyongyang supera el marco bilateral y forma parte de la disputa entre las grandes potencias mundiales. Estados Unidos busca la reducción del respaldo al régimen norcoreano con el fin de salvaguardar la seguridad del continente y la integridad de la diplomacia internacional. Esta relación impacta de forma directa en la estructura de las futuras coaliciones estratégicas en la zona.
Finalmente, la dinámica de poder en el hemisferio depende de la respuesta estadounidense ante estos nuevos ejes de cooperación. La seguridad hemisférica se mantiene como el eje central de la política exterior frente a la competencia global. Así, el equilibrio regional queda sujeto a la efectividad de las medidas de Washington para neutralizar la influencia de sus adversarios en territorio latinoamericano.





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