
Rusia emplea a su corporación estatal Rosatom para fortalecer su presencia energética y geopolítica en América Latina tras el inicio del conflicto en Ucrania. Esta estrategia de diplomacia nuclear consolida a Moscú como un socio clave en el Sur Global a través del suministro de uranio enriquecido y tecnología de vanguardia.
La empresa domina la cadena de valor completa, lo que genera alianzas de largo plazo y una potencial dependencia energética en las naciones receptoras. Su catálogo destaca los reactores modulares pequeños (SMR), los cuales permiten el acceso a electricidad en zonas aisladas con altos costos en combustibles fósiles.
El país latinoamericano donde hoy Rusia concentra sus planes nucleares es Brasil, cuya importancia estratégica obedece a su gran reserva de uranio —esta nación figura entre los que cuentan con mayores depósitos del mineral en el mundo— y al potencial que tiene para diversificar su matriz energética.
El ministro de Minas y Energía brasileño informó que las autoridades rusas, por orden del presidente Vladímir Putin, acordaron iniciar lo antes posible una asociación con Brasil para explorar conjuntamente el desarrollo de pequeños reactores nucleares modulares (SMR), considerados esenciales para la futura seguridad energética del país.
La cooperación con Rusia no es nueva: Rosatom ha suministrado combustible y uranio enriquecido para las centrales nucleares brasileñas y participa en licitaciones vinculadas al ciclo del combustible nuclear brasileño, lo que ha fortalecido ya relaciones técnicas y comerciales en el sector. La discusión actual apunta, además, a aprovechar el potencial uranífero brasileño para producir combustibles localmente y reducir la dependencia de importaciones.
El proyecto conjunto que proponen Brasil y Rusia gira en torno al desarrollo de pequeños reactores modulares (SMR), una tecnología que permite construir unidades más pequeñas, modulares y con tiempos de instalación reducidos en comparación con las grandes plantas nucleares tradicionales. Según expertos del sector, los SMR ofrecen una alternativa para generar energía estable y continua con menor huella ambiental y sin emisiones de carbono propias de los combustibles fósiles.
Estos reactores podrían ser clave para proporcionar energía en zonas remotas o de difícil acceso, donde la extensión de redes eléctricas y el suministro de combustibles convencionales como diésel o gas resultan altamente costosos. También es una opción viable para alimentar infraestructuras estratégicas como bases militares, centros de comunicaciones, estaciones de vigilancia o instalaciones industriales alejadas.
Más allá de su aplicación estrictamente civil, los SMR permiten un uso dual de energía y servicios auxiliares: pueden generar electricidad, calor industrial e incluso apoyar procesos como la desalación de agua, producción de hidrógeno o servicios logísticos en entornos operativamente complejos, lo que los convierte en herramientas logísticas versátiles en contextos tanto de paz como de conflicto.
Finalmente, parte del interés ruso se sustenta en la posibilidad de acceder a recursos minerales estratégicos, como el litio y el uranio mismos, que complementan el valor económico y geopolítico de estas alianzas, potenciando el rol de Brasil en mercados críticos de materias primas.
Rusia no limita su estrategia nuclear a Brasil; varias naciones de América Latina emergieron como socios potenciales o comprometidos en distintos grados con proyectos vinculados a la energía nuclear:
Argentina proyectó la construcción de una planta nuclear mediante el financiamiento de la empresa estatal rusa Rosatom. El anuncio formal ocurrió en Moscú durante el encuentro entre Cristina Fernández y Vladímir Putin en abril de 2015. Este plan contemplaba la edificación de un reactor de tecnología VVER-1200 para la diversificación de la matriz energética y la resolución de las deficiencias en el suministro eléctrico nacional.
Este acuerdo estratégico con Nucleoeléctrica Argentina enfrentó un avance inicial limitado ante la ausencia de una cifra final para la inversión. A pesar de estos obstáculos financieros, la relación bilateral entre ambas naciones permaneció activa. El compromiso mutuo permitió que los planes de infraestructura nuclear continuaran en la agenda diplomática durante los años posteriores.
En el marco del G20 de 2018, Buenos Aires y Moscú firmaron nuevos documentos para la ampliación de su cooperación tecnológica. La propuesta de Rusia incluyó reactores de diversas dimensiones y plantas nucleares flotantes. Esta expansión de proyectos consolidó a la federación rusa como un socio estratégico potencial para el desarrollo de infraestructura en territorio argentino.
El vínculo energético entre los dos países resalta la relevancia de la tecnología nuclear en las relaciones internacionales contemporáneas. La búsqueda de autonomía técnica y la seguridad en el abastecimiento eléctrico motivaron estas negociaciones de alto nivel. Así, el proyecto representó un eje central en la política exterior de Argentina para la modernización de su sistema productivo.





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