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Cine y series

Óscar 2026: 'Sirāt', el agónico viaje hacia una fiesta en el desierto

La película española dirigida por Oliver Laxe narra el viaje de un padre que busca a su hija desaparecida. El filme está nominado al Óscar 2026 a Mejor película internacional .

Escena de la película.
Escena de la película. | Difusión.

En el desierto de Marruecos, un padre busca a su hija desaparecida hace cinco meses. Llega desde España hasta una fiesta interminable a bordo de su camioneta, con su hijo menor, un perro pequeño y alimentos para que sobrevivan los tres. Al ritmo de una fiesta rave, acompañados de desconocidos, en Sirât vemos un viaje agónico, en el que cada personaje se ve obligado a enfrentarse a la muerte (o a ‘morir’ más de una vez).

“Quería hacer una película que tuviera lo mejor del cine de género y del cine popular —la magia de la aventura— sin perder la riqueza sensorial de la imagen. Una película que pudiera ser un espectáculo y, al mismo tiempo, una experiencia que te sacudiera, te acariciara o te arañara por dentro. Curiosamente, es mi película más abierta y también la más radical”, dice el director Oliver Laxe en una información enviada a La República. Para el casting, el cineasta y su equipo fueron a raves en busca de quien “representara un arquetipo: el pirata, el bicho raro, el hippie, el punk”.

Sirât es también una película que puede alzar polémica. Al inicio, vemos a Luis (Sergi López) acompañado de su hijo, Esteban (Bruno Núñez), repartiendo volantes con el rostro de su hija. Aunque nadie la reconoce, continúa el viaje alentado por Esteban. Hasta allí llega el ejército marroquí y obliga a los europeos a terminar la fiesta e irse. Algunos suben a sus camionetas de regreso y otros se dirigen a otra fiesta, casi en la frontera con Mauritania. Sin tantos diálogos, apagan la radio cuando se escucha que es probable que inicie la tercera guerra mundial. Como la intención es solo llegar al siguiente rave, lidian con la lluvia, la carretera y pasan más días en el desierto.

“Sirât es una película dura. Pero es una dureza necesaria y afirmativa. Lo que les sucede a estos personajes les empuja a crecer, les abre un nuevo horizonte. Ese fondo brutal y despiadado les obliga a enfrentarse a sí mismos, sin nada que perder. El miedo desaparece. Sus egos quedan al descubierto por lo que han pasado”, comenta el cineasta nacido en París e hijo de inmigrantes gallegos.  “Me atrae el significado cotidiano de la palabra Sirât, que se traduce como ‘camino’ o ‘senda’. Un camino que tiene dos dimensiones: la física y la espiritual. Sirât es el camino interior que te empuja a morir antes de morir, como le ocurre al protagonista. También es el nombre del puente que, según se dice, conecta el infierno y el cielo”.

         En entrevistas y conferencias, Laxe ha hablado de esta frase del Corán: “Hemos creado diferentes tribus para que se reconozcan entre sí” y considera que eso sucede en la película. “Todos estamos rotos, de alguna manera. La mayoría de nosotros desarrollamos estrategias para ocultar esa herida original”.

“No es para escuchar, es para bailar”

La segunda parte de Sirât es la que más golpea y, quizá, la razón por la que algunos evalúan dejar sus asientos. El grupo que sigue el viaje está, al parecer, ajeno a cualquier información sobre el conflicto en la zona. El director coescriba un guion en el que los europeos viajan a una frontera en busca de una fiesta, descubren un territorio minado y un padre está allí porque es su única esperanza. 

“Con las experiencias cercanas a la muerte, algo dentro de nosotros parece abrirse. La transformación se vuelve posible. Para mejor. Son situaciones de autenticidad radical, en las que la vida te atrapa y te pregunta quién eres realmente, en las que sientes que te arroja a un abismo sin red de seguridad a la vista. La vida te exige que cierres los ojos y cruces un campo lleno de minas terrestres. Estoy convencido de que los seres humanos pueden sacar lo mejor de sí mismos, una fuerza arraigada en la supervivencia, pero también en nuestra verdadera esencia”, sostiene el director.

La actuación de Sergi López es clave para el ritmo de Sirât. Luis llegó a la nada a buscar respuestas y continúa el viaje como si aún pudiera controlar la situación. “No es para escuchar, es para bailar”, le dice Jade (Jade Oukid) mientras prueban unos parlantes en medio del desierto. “Eso dice mi hija”, responde. “La caída que sufre Luis es tan grande que necesitaba a alguien con mucha experiencia, alguien con la sencillez y la humanidad de Sergi. Era delicado y generoso con todos nosotros, y especialmente con los demás actores que nunca habían actuado antes”, comenta el director conocido por trabajar con actores no profesionales.

Para el coguionista argentino Santiago Fillol, llevar a los personajes a una fiesta rave en el desierto habla también de la libertad. “La genia de Lucrecia Martel nos lo dijo tantas veces mejor. Uno puede cerrar los ojos, pero no puede cerrar los oídos; el sonido es lo único que toca el cuerpo”, declaró a Página 12. “Una de las marcas de la tradición electrónica es que empezó en las fábricas ocupadas de lo que había sido el desmantelamiento del Estado del bienestar. Cuando (Margaret) Thatcher comenzó con su furiosa e imparable política neoliberal de ‘sálvese quien pueda, sálvese el más fuerte’, todos estos lugares de comunión se quedaron vacíos. Y los hijos y los nietos empezaron a ir a esos espacios a bailar. A bailar el desmantelamiento del sueño, logrando armar una comunidad fungible”.

 Aunque Laxe alimentó la polémica luego de hablar del cine brasileño (dijo que en la Academia hay muchos votantes de Brasil y que “son ultranacionalistas”); España, Brasil (El agente secreto) y Francia (con Fue solo un accidente) son las películas internacionales que más premios han tenido en esta temporada. Sirât tuvo la producción ejecutiva de Esther García, de El Deseo, la empresa de Pedro Almodóvar.

En una reciente entrevista para Gold Derby, el director comenta que está estudiando psicoterapia Gestalt y compara el cine con una fiesta electrónica. “No negaré que las raves puedan ser nihilistas, autodestructivas o escapistas. Pero el origen es ritualista y ceremonial. Los ravers tienen en el cuerpo la memoria de algo que hemos estado haciendo durante miles y miles de años: rezar con el cuerpo. En cierto modo, cuando estás en una pista de baile, tu cuerpo te dice cosas sobre tus heridas. Es similar al cine”.

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