
Cuando Elon Musk fundó SpaceX en 2002, la idea de crear cohetes reutilizables parecía algo de ciencia ficción. La meta de reducir el costo de acceso al espacio y, sobre todo, construir una nave capaz de transportar humanos a Marte, era vista como un desafío para la ciencia y la exploración espacial. Dos décadas después, esa ambición se ha convertido en uno de los proyectos tecnológicos más importantes (y con gran número de fallos durante las pruebas de sus cohetes) del planeta.
El propio Musk ha resumido su meta en una frase que se ha vuelto como un emblema de la compañía: quiere “hacer a la humanidad multiplanetaria”. Esta determinación es la que sostiene el desarrollo de Starship, el gigantesco sistema de lanzamiento que SpaceX prueba una y otra vez entre explosiones, retrasos, avances técnicos y éxitos momentáneos.
La historia de SpaceX no comenzó con Starship, sino con fracasos que tuvieron menos ruido, pero igual de importantes. Entre 2006 y 2008, la empresa intentó lanzar sin éxito su pequeño cohete Falcon 1 desde una isla del Pacífico. Los tres primeros vuelos fallaron. El cuarto, en septiembre de 2008, fue el primero exitoso y llegó cuando la compañía estaba al borde de la quiebra. Musk reconoció años después de que “si ese cuarto lanzamiento también hubiera fallado, SpaceX habría muerto”.
Un Falcon 9 de SpaceX durante su lanzmiento. Foto: SpaceX
Ese éxito permitió que la NASA confiara en la empresa para misiones de carga a la Estación Espacial Internacional. Con Falcon 9 y la cápsula Dragon, SpaceX empezó a consolidar un modelo basado en reutilización. En 2015 logró recuperar intacta la primera etapa de un cohete orbital, algo que parecía imposible. Este logro cambió la industria. Pero incluso entonces, los fallos siguieron formando parte del proceso. En 2016, una explosión durante una prueba en tierra destruyó un Falcon 9 y un satélite de Facebook, lo que obligó a paralizar vuelos durante meses.
Starship no es solo un cohete más grande. Es el núcleo del plan de Musk. El sistema está compuesto por dos partes: el propulsor Super Heavy y la nave Starship, ambas diseñadas para ser completamente reutilizables. Con más de 120 metros de altura, se trata del cohete más potente jamás construido. La NASA lo ha elegido incluso como módulo de aterrizaje lunar para el programa Artemis, lo que da una idea de su relevancia estratégica.
La Starship recuperando la primera etapa del cohete tras el lanzamiento para reacondicionarla y volver a usarla. Foto: SpaceX
Desde 2020, SpaceX comenzó a probar prototipos de Starship en su base de Boca Chica, Texas. Varios de esos primeros modelos explotaron al aterrizar o incluso antes de despegar. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. En mayo de 2021, por ejemplo, el prototipo SN15 logró aterrizar con éxito tras varios intentos fallidos, el cual Musk celebró.
Con el paso a vuelos integrados —es decir, con Super Heavy y Starship volando juntos— los ensayos se volvieron aún más complejos y espectaculares. En abril de 2023, el primer vuelo completo terminó con una explosión minutos después del despegue. En noviembre de ese mismo año, el segundo intento logró separar etapas, pero la nave superior se perdió poco después. En marzo de 2024, el tercer vuelo alcanzó velocidades cercanas a las orbitales, aunque Starship se desintegró durante la reentrada.
Una bola de fuego tras la explosión de una Starship en 2021. Foto: SpaceX
Cada uno de esos vuelos fue presentado por SpaceX no como un fracaso absoluto, sino como una fuente de datos valiosos. Dan Huot, portavoz de la empresa, lo explicó durante la transmisión oficial del tercer vuelo: “No estamos aquí para perfeccionar todo en tierra. Volamos para aprender, y cada vuelo nos da una enorme cantidad de información”.
En octubre de 2025, SpaceX completó su último vuelo con éxito de la versión 2 de Starship y fue capaz de desplegar ocho simuladores de Starlink mientras se encontraba en el espacio. El administrador interino de la NASA, Sean Duffy, calificó el vuelo de prueba de hoy como "otro paso importante hacia el aterrizaje de estadounidenses en el polo sur de la Luna".
El plan contempla enviar las primeras Starships no tripuladas en 2026 para recopilar datos clave, antes de dar paso a misiones humanas cuyos tripulantes comenzarían a explorar recursos, preparar zonas de aterrizaje, instalar sistemas de energía y construir hábitats.
SpaceX iniciaría las misiones de investigación en el suelo marciano en 2030. Foto: SpaceX
La vida en Marte, según este proyecto, dependería del desarrollo de nuevas industrias —energía, minería, producción, comunicaciones y transporte— y del uso de tecnologías diseñadas para aprovechar recursos locales. El objetivo es levantar una ciudad autosuficiente y permanente fuera de la Tierra.
La gran pregunta es si todo este proceso acerca realmente a la humanidad a Marte o si se trata de una promesa sobredimensionada. El propio Musk ha ajustado varias veces sus plazos. En 2016 hablaba de enviar humanos a Marte en la década de 2020. En 2024, declaró que esperaba enviar las primeras misiones no tripuladas “tan pronto como finales de esta década, si el desarrollo de Starship continúa avanzando bien”, dijo en una entrevista.
La astrónoma y divulgadora Emily Lakdawalla, de The Planetary Society, ha señalado que “Starship es un proyecto extraordinariamente ambicioso, pero todavía quedan enormes desafíos en aspectos como el reabastecimiento en órbita, la protección radiológica y la seguridad para la tripulación”. Es decir, aunque el cohete funcione, el viaje a Marte implica problemas que van mucho más allá del lanzamiento.
Aun así, lo que distingue a SpaceX de otros programas fallidos del pasado es que su sistema sí está volando, aunque de forma imperfecta. Y cada explosión televisada, cada prototipo perdido y cada corrección posterior forman parte de una narrativa tecnológica inédita: el desarrollo en tiempo real de una nave concebida no para poner un pie en Marte, sino para quedarse.

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