
El director iraní Jafar Panahi es, en estos momentos, uno de los mayores representantes del cine contemporáneo. Su obra, filmada en la clandestinidad para desafiar a la censura de su país, ya lleva buen rato obteniendo los reconocimientos más codiciados. Su cine es político, y no solo por desafiar a la censura, sino por lo que sus historias representan desde la vida cotidiana iraní.
Su última película, 'Fue solo un accidente', filmada en Irán, obtuvo La Palma de Oro del Festival de Cannes 2025. Y estuvo en el bolo a mejor película internacional (esa categoría ya no se llamará mejor película extranjera) en la reciente edición de los premios Oscar. La estatuilla a mejor película internacional, en esa ocasión, se la llevó 'Valor sentimental', del cineasta noruego Joachim Trier. Todo un homenaje a la tradición actoral del maestro Ingmar Bergman. Pero tras ver 'Fue solo un accidente', nos damos cuenta de que la premiación de 'Valor sentimental' (que llegamos a comentar en La República), siendo una extraordinaria película, obedeció a cálculos para no llenar la gala de la Academia con puros proyectos que dialogaran con la actualidad política mundial. La estatuilla a mejor película, recordaremos, de los Oscar 2026 se la llevó 'Una batalla tras otra' de Paul Thomas Anderson. Una joyita visual y muy política.
La opresión contra el pueblo iraní por parte de sus autoridades teocráticas ha dejado mucho odio contenido, tanto en las personas que lo sufrieron como en sus respectivas familias. Es un odio y resentimiento muy presente en el imaginario de la población iraní.
La historia comienza cuando un hombre y su familia, en la noche, se dirigen a su casa en auto. En el trayecto, el hombre atropella a un perro. El impacto produce desperfectos en el auto y busca un mecánico que pueda reparar el vehículo. De esta manera, llega donde Vahid, mecánico de la zona. Pero el hombre es atendido por otro mecánico, quien le dice que vaya a buscar la caja de herramientas. Vahid se halla conversando vía celular con su madre y, cuando escucha la pregunta del hombre sobre el lugar donde está la caja de herramientas, Vahid se descompone anímicamente. Reconoce esa voz. ¿Será su torturador? La duda termina de apoderarse de él cuando escucha el ruido al caminar que hace el hombre a razón de su pierna protésica. ¿Es acaso Pata de Palo? El hombre de la pierna protésica no lo ve; Vahid no se deja ver. El otro mecánico repara el auto y el hombre y su familia se van a casa. Vahid los sigue.
Con los datos de la dirección del supuesto Pata de Palo, Vahid busca vengarse del hombre que, literalmente, le desgració la vida. Entonces, a la mañana siguiente, lo empieza a seguir y secuestra a Pata de Palo en un momento de descuido. Lo lleva al desierto para enterrarlo vivo. Pata de Palo le pide a Vahid que averigüe bien porque tiene esposa, una hija y un bebé que está a nada de hacer. Vahid se quiebra, duda. Y comienza a buscar a sus otros compañeros que no solo estuvieron en prisión con él, sino que igualmente fueron torturados por Pata de Palo. El recuerdo no hace más que avivar el deseo de venganza. Vahid busca a sus excompañeros de tortura llevando inconsciente a Pata de Palo en su van.
Jafar Panahi. Foto: AFP.
A Vahid y Pata de Palo se suman otros personajes, como una pareja de novios, una fotógrafa y un desempleado. Al principio quieren matar a Pata de Palo, pero tienen duda ante la catástrofe que significaría equivocarse. Quieren que Pata de Palo diga que es Pato de Palo, quien perdió su pierna en la guerra de Irán con Irak.
Este es un relato trágico, pero Panahi lo conduce con cuotas de ironía; además, por medio de la cotidianidad se nos muestran detalles de la vida en Irán, como es el caso de las mujeres, que todas deben llevar velo de acuerdo a su estatus. A saber, la fotógrafa tiene que ponerse un velo cada vez que tiene que hablar con un hombre; otras, en cambio, tienen que usar el hiyab todo el tiempo.
El Irán que nos muestra Panahi no dista mucho de cualquier ciudad moderna del mundo. Su urbe cambia en cuestión de minutos y sale a flote un humor muy propio de la interacción social iraní. Pero Panahi también es moral y deja que sus personajes decidan qué hacer, en este caso con Pata de Palo: vengarse para estar tranquilos o perdonar para no ser como ese torturador.
Panahi y los actores son valientes. Esta película fue filmada desafiando a la muerte. No se sabe en dónde vive Panahi, quien en más de una ocasión ha declarado que no puede filmar en otro sitio que no sea Irán. Los actores sí han tenido que salir y quizá para ya no regresar nunca más a su país.





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