
Las llamadas pelotas de Neptuno son formaciones naturales creadas a partir de fibras de la planta marina Posidonia oceanica, que crece principalmente en el mar Mediterráneo. Según un estudio publicado en la revista Nature estas bolas compactas se originan cuando las hojas de la planta, ricas en lignina, se desprenden y se entrelazan hasta formar estructuras densas que pueden ser arrastradas por el mar hacia la costa.
Aunque durante siglos este material fue reutilizado por comunidades costeras como relleno o aislante, hoy despierta interés científico por una función inesperada: su capacidad de atrapar microplásticos. Su presencia en playas no es un fenómeno nuevo, pero su relevancia ambiental sí lo es.
Las praderas de posidonia actúan como zonas de baja circulación donde se acumulan sedimentos y residuos. En ese entorno, los microplásticos quedan retenidos entre las fibras vegetales. Cuando las hojas se desprenden, arrastran consigo estos fragmentos y los compactan dentro de las bolas.
Según la investigadora Anna Sánchez-Vidal, “a medida que se mueven, transportan plástico entrelazado dentro de las fibras”. Este proceso permite que grandes cantidades de residuos queden encapsuladas en estructuras naturales que eventualmente pueden llegar a la superficie.
Un estudio realizado en playas de Mallorca encontró que las pelotas más densas pueden contener hasta 1.500 fragmentos de plástico por kilogramo. Aunque solo una parte de estas bolas presenta contaminación, cuando la contienen, lo hacen en concentraciones significativas, lo que evidencia su capacidad de acumulación.
Los investigadores estiman que estas praderas marinas pueden retener cientos de millones de fragmentos plásticos cada año en el Mediterráneo. Este fenómeno convierte a las pelotas de Neptuno en un indicador visible de la magnitud del problema, más que en una solución definitiva.
Las corrientes marinas, especialmente durante tormentas o cambios de marea, desprenden estas formaciones del fondo oceánico y las transportan hacia la costa. En ese trayecto, algunas se hunden nuevamente, mientras que otras terminan acumulándose en playas.
La científica explica que este proceso refleja una realidad incómoda: “es una forma en la que el mar nos devuelve la basura que nunca estaba destinada a estar en el fondo marino”. Así, las pelotas funcionan como vehículos naturales que exponen la contaminación invisible del océano.
A pesar de su capacidad para atrapar residuos, los expertos advierten que estas estructuras no deben considerarse una herramienta de limpieza. Retirarlas de las playas puede ser perjudicial, ya que también cumplen funciones ecológicas, como aportar nutrientes y proteger la arena de la erosión.
El verdadero problema radica en el origen de la contaminación. Las praderas marinas —clave en la absorción de carbono y refugio de biodiversidad— están en declive por factores como el aumento de temperaturas, la polución y el desarrollo costero. En ese contexto, la prioridad no es depender de estos procesos naturales, sino reducir la llegada de plásticos al océano desde su fuente.





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