Realismo sucio latinoamericano: “Ratas, ratones y rateros” de Sebastián Cordero
La historia sigue a Ángel, un delincuente, y su primo Salvador, un adolescente que se debate entre el crimen y sus sueños. La dinámica entre ellos evidencia los desafíos de la juventud en entornos desfavorecidos
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En 1999, el director de cine Sebastián Cordero estrenó su primera película: Ratas, ratones y rateros. Para muchos que estábamos cerca de los 20, era la primera vez que nos acercábamos al cine ecuatoriano. Esta película recibió muchos reconocimientos, como el que se le otorgó en el Festival de Cine de Lima del año 2000. Y, como se deduce, este trabajo le significó a Cordero su consagración internacional.
Durante un tiempo era posible encontrarla en algún canal de cable y desde hace varios años está disponible en YouTube. Vale la pena verla, no por tratarse de un retrato de la sociedad menos favorecida de Ecuador, sino por su tratamiento en la dinámica de los personajes. Cuando empezó a circular la película, esta no era la primera que reflejaba los vaivenes de la sociedad latinoamericana, pero Ratas, ratones y raterosse diferenció de muchos otros proyectos gracias a una fórmula: Cordero mostraba, no explicaba.
La historia
Ángel es un delincuente que no deja de meterse en problemas. Ha estado en prisión. El relato empieza con Ángel (Carlos Valencia) huyendo de unos matones que por las puras no lo están persiguiendo. Ángel tiene deudas y huye de Guayaquil para dirigirse a Quito, en donde reside su primo Salvador (Marco Bustos), un adolescente que vive con su padre y su abuela delicada de salud. Salvador se dedica a robos menores, a las palomilladas propias de la edad, las cuales no lo salvan de la paliza que le da su padre al enterarse de que ha dejado de estudiar en el colegio.
Ángel le debe dinero a Salvador, a quien le promete que le pagará. En este sentido, Ángel muestra su poder de convencimiento y Salvador no demora en ser parte de la aventura de Ángel en Quito, en donde tiene que hacer todo el dinero necesario para regresar a Guayaquil a pagar, para variar, otra deuda. Pero las cosas empiezan a salir mal. A Salvador se le advierte que su primo ya lo ha perjudicado antes, pero el joven tiene ganas de experimentar cosas distintas y tener dinero. No sabe qué hacer con su vida.
Un matón que seguía a Ángel manda al hospital al padre de Salvador. La prima de Salvador, una chica pudiente que ve cómo se destruye la relación con su novio a causa de un revólver que le vende, vaya novedad, Ángel. Los amigos de Salvador, Mayra y Marlon, tampoco escapan de la toxicidad de Ángel. Y, lo que faltaba, Salvador se convierte en un asesino cuando le rompe la cabeza al matón, el mismo que mandó al hospital a su padre y que buscaba a Ángel para asesinarlo, con la tapa del tanque del inodoro.
Salvador, en pocos días, experimenta varias sensaciones incómodas, como la decepción amorosa (Mayra). Su padre, debido a las golpizas del matón, no regresará a casa. No tiene dinero y debe hacerse cargo de su abuela enferma. Salvador tiene todas las razones para seguir los pasos de Ángel. Pero recapacita. En este sentido, la escena en donde con un trapo empieza a limpiar los charcos de sangre del piso de su casa ante la mirada silenciosa de su abuela enferma, proyecta un mensaje poderoso de redención (se malogra el que quiere). Vean esta película. Es una obra maestra.

























