El 'superpoder' digestivo de los Andes: cómo la papa reescribió el ADN peruano
Un estudio científico halló que los grupos humanos en los Andes del Perú poseen el mayor número conocido de copias del gen AMY1, vinculado a la digestión del almidón. Los investigadores relacionan esta adaptación con la domesticación temprana de la papa hace unos 10.000 años.
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Durante miles de años, la papa ha sido mucho más que un alimento en los Andes. Antes de convertirse en uno de los cultivos más consumidos del planeta, este tubérculo fue clave para la supervivencia de antiguas poblaciones asentadas en zonas de gran altitud, donde el frío extremo, la escasez de recursos y las duras condiciones climáticas obligaban a encontrar fuentes para combatir el hambre.
Ahora, una investigación publicada en la revista Nature Communications sugiere que la relación entre los pueblos andinos y la papa fue aún más profunda: su consumo habría influido en la evolución genética de poblaciones indígenas del Perú, favoreciendo una mejor digestión del almidón, un carbohidrato que el organismo transforma en glucosa para obtener energía.
El estudio, liderado por científicos de Perú, Estados Unidos y Turquía, encontró que descendientes de comunidades quechuas peruanas poseen el mayor número conocido de copias del gen AMY1, vinculado a la producción de amilasa salival, una enzima que inicia la descomposición del almidón desde la boca.
Un gen clave para aprovechar mejor la energía
La amilasa salival cumple una función sencilla, pero esencial: comenzar a descomponer carbohidratos complejos en azúcares más simples que luego pueden ser absorbidos por el organismo.
El gen AMY1 es el encargado de producir esta enzima, pero no todas las personas tienen la misma cantidad de copias. Algunas poseen pocas, mientras que otras presentan muchas más, lo que puede traducirse en una mayor producción de amilasa y, potencialmente, en una digestión más eficiente del almidón.

Antes de expandirse su consumo en el mundo, la papa ya había transformado el ADN de quienes la cultivaron durante siglos. Foto: IStock
Para esta investigación, los científicos analizaron 3.723 muestras de ADN correspondientes a 85 poblaciones humanas modernas, además de datos genéticos de comunidades indígenas andinas del Perú y otros grupos de América.
Los resultados mostraron que las poblaciones de nuestro país presentan un promedio cercano a 10 copias del gen AMY1, una cifra superior a la observada en otros grupos estudiados, que suelen registrar entre dos y siete.
'Los biólogos sospechaban desde hace tiempo que distintos grupos humanos desarrollaron adaptaciones genéticas en respuesta a sus dietas, pero existen muy pocos casos en los que la evidencia sea tan sólida', explicó Omer Gokcumen, profesor de Ciencias Biológicas de la Universidad de Búfalo y uno de los autores del estudio.
Una antigua presión evolutiva
Los investigadores relacionan esta adaptación con la domesticación de la papa hace entre 6.000 y 10.000 años en la región de los Andes, un momento clave de la historia andina.
A diferencia de otros territorios, donde la disponibilidad de alimentos variaba según las estaciones o el clima, el tubérculo ofreció una fuente relativamente estable de calorías y carbohidratos en zonas de altura.
Bajo estas condiciones, los individuos con una mejor capacidad para procesar grandes cantidades de almidón habrían tenido una ligera ventaja biológica frente a otros.
Pero el estudio aclara algo importante: nuestro cultivo no 'creó' nuevos genes.
Los ancestros andinos ya presentaban variaciones en el número de copias del gen AMY1. Lo que ocurrió, según los investigadores, es que la selección natural favoreció a quienes tenían más copias, permitiéndoles aprovechar mejor este alimento y aumentando sus probabilidades de supervivencia o reproducción.
'La evolución es como esculpir una estatua, no construir un edificio', señaló Gokcumen. 'No es que las poblaciones andinas ganaran nuevas copias del gen después de empezar a comer papa, sino que las personas con menos copias fueron desapareciendo gradualmente de la población'.
El equipo calculó que quienes poseían unas 10 copias o más habrían tenido una ventaja reproductiva o de supervivencia de alrededor del 1,24% por generación, un porcentaje pequeño, pero suficiente para provocar cambios visibles a lo largo de miles de años.
¿Cómo comprobaron que no fue una coincidencia?
Uno de los mayores desafíos del estudio era demostrar que esta abundancia de copias de AMY1 no se debía a eventos históricos más recientes, como el colapso demográfico que sufrieron las poblaciones indígenas tras la llegada de los europeos a América.
Para resolver esta duda, los científicos emplearon tecnologías avanzadas de secuenciación de ADN ultralargo, capaces de identificar duplicaciones genéticas difíciles de detectar con métodos tradicionales.
Además, compararon a habitantes andinos con otros grupos indígenas americanos, como los mayas de México, que comparten parte de su historia evolutiva, pero no una tradición agrícola centrada en la papa.
Los mayas mostraron, en promedio, unas seis copias del gen por debajo de las poblaciones andinas.
Esto reforzó la hipótesis de que la dieta basada en tubérculos ricos en almidón, y no simplemente la ascendencia compartida, habría sido el principal motor de esta adaptación.
Un hallazgo que amplía la historia
Más allá del caso andino, el estudio aporta una evidencia valiosa sobre cómo los hábitos alimentarios pueden influir en la evolución humana en tiempos recientes.
Durante años, algunas corrientes populares han sostenido que el cuerpo humano sigue adaptado al estilo de vida paleolítico y que no habría evolucionado de forma significativa tras el surgimiento de la agricultura.
Sin embargo, esta investigación apunta en otra dirección.
'Nuestras rutas metabólicas no son solo un producto del pasado paleolítico', señaló Abigail Bigham, antropóloga de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y coautora del estudio. 'Las poblaciones humanas han respondido y evolucionado frente a cambios en sus condiciones alimentarias durante los últimos 10.000 años'.
En otras palabras, la historia de la evolución humana no terminó con la prehistoria.
En los Andes, uno de los mejores ejemplos de ello podría estar escondido en algo tan cotidiano como una papa. Lo que comenzó como un cultivo esencial para sobrevivir en uno de los entornos más exigentes del planeta habría dejado, miles de años después, una marca visible en el ADN de sus descendientes.





























