
La desaparición de los glaciares peruanos avanza a un ritmo cada vez más acelerado. En las últimas seis décadas, el país ha perdido más del 42% de su superficie glaciar, equivalente a cerca de 700 kilómetros cuadrados de hielo. Sin embargo, durante los episodios del fenómeno de El Niño —y particularmente del Niño Costero— el retroceso llega a ser hasta tres veces mayor que el registrado en un año normal, según un estudio realizado por el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (Inaigem).
En el marco del Día del Parque Nacional Huascarán, que se conmemora cada 1 de julio, preocupa especialmente la situación de la Cordillera Blanca, en Áncash, donde se ubican el nevado Huascarán y la mayor concentración de glaciares tropicales del Perú. Allí, el acelerado deshielo no solo transforma el paisaje andino, sino que también pone en riesgo la seguridad hídrica de miles de personas y aumenta la probabilidad de desastres naturales.
De acuerdo con Cinthya Bello, investigadora de la Carrera de Biología Marina de la Universidad Científica del Sur, explica a La República que el Niño Costero provoca un calentamiento anómalo del mar frente a las costas del Perú y Ecuador. Ese incremento de la temperatura del océano también eleva la temperatura del aire en la cordillera y modifica el comportamiento de las precipitaciones.
"Los glaciares necesitan acumular precipitación sólida, es decir, nieve o granizo, para ganar masa y mantenerse estables. Durante un evento de Niño Costero predominan las precipitaciones líquidas, como la lluvia, que erosionan la superficie glaciar e impiden esa acumulación", explica la especialista.
Retroceso en el glaciar Yanamarey
En otras palabras, mientras un glaciar normalmente recupera parte del hielo perdido durante la temporada de nevadas, las lluvias asociadas al calentamiento derriten esa nieve antes de que pueda compactarse y convertirse en nuevo hielo.
Uso de imágenes satelitales del sistema glaciar Quelccaya
Esta explicación coincide con lo señalado por la directora de investigación en glaciares del Inaigem, Paola Moschella, quien sostiene que el aumento de la temperatura superficial del mar genera precipitaciones que, en lugar de caer como nieve, llegan en forma de lluvia y terminan derritiendo la escasa nieve acumulada sobre los glaciares.
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El impacto del Niño Costero no se limita al aumento de las temperaturas. Bello señala que durante estos eventos también se incrementa la acumulación de partículas conocidas como carbono negro o hollín sobre la superficie de los glaciares.
Aumento de partículas absorbentes de luz que pueden ser carbonosas contribuye a la pérdida de glaciares.
"Estas partículas oscurecen el hielo y reducen su capacidad de reflejar la radiación solar. Como consecuencia, el glaciar absorbe más calor y el proceso de derretimiento se acelera", detalla.
Este material particulado puede provenir tanto de actividades humanas, como la quema de combustibles fósiles o pastizales, como de procesos naturales, entre ellos incendios forestales o incluso erupciones volcánicas.
La Cordillera Blanca concentra la mayor cantidad de glaciares del país, por lo que también registra algunas de las mayores pérdidas de masa glaciar.
Porcentaje de reducción de la superficie glaciar en las cordilleras del Perú
El estudio "Retroceso Glaciar en los Andes Peruanos durante las Últimas Seis Décadas", elaborado por el Inaigem, identifica a Áncash y Cusco como las regiones donde el retroceso ha sido más significativo debido a la gran cantidad de glaciares existentes.
Según Bello, esta pérdida tiene efectos directos sobre el denominado sistema hidrosocial, ya que los glaciares alimentan ríos y quebradas que abastecen de agua a poblaciones, actividades agrícolas y ecosistemas.
"La reducción del hielo disminuye progresivamente la disponibilidad del recurso hídrico para las comunidades que dependen de estas fuentes, especialmente durante la temporada seca", advierte.
El deshielo acelerado también incrementa la formación y crecimiento de lagunas glaciares, elevando el riesgo de inundaciones repentinas conocidas internacionalmente como GLOF (Glacial Lake Outburst Flood).
Estos eventos ocurren cuando una laguna glaciar se desborda o rompe de manera súbita, liberando enormes volúmenes de agua, lodo y rocas que pueden destruir poblados e infraestructura ubicados aguas abajo.
"Es por eso que se realizan monitoreos permanentes de estas lagunas para anticipar posibles emergencias", señala Bello.
Precisamente, el Inaigem inauguró en mayo de este año el Centro Nacional de Monitoreo de Glaciares y Ecosistemas de Montaña, desde donde supervisa en tiempo real lagunas consideradas de alto riesgo, entre ellas Palcacocha (Áncash), Upiscocha (Cusco) y Grangajalca (Huánuco).
Otra consecuencia poco conocida del retroceso glaciar es el denominado drenaje ácido de rocas. Cuando el hielo desaparece, quedan expuestas rocas que durante miles de años permanecieron cubiertas. Si contienen minerales sulfurosos, al entrar en contacto con el agua y el oxígeno generan reacciones químicas que producen soluciones altamente ácidas.
"Estas soluciones pueden contaminar ríos, quebradas y otras fuentes de agua utilizadas por las comunidades", explica Bello.
Por su parte, el estudio del Inaigem precisa que este fenómeno ya afecta sectores de la subcuenca del río Casca, la quebrada Shallap y las inmediaciones del nevado Pastoruri, en Áncash. Incluso pueden observarse aguas con tonalidades anaranjadas, producto de estas reacciones químicas.
Los estudios coinciden en que el retroceso glaciar responde tanto al cambio climático como a fenómenos naturales como El Niño, por lo que revertir el proceso resulta extremadamente complejo.
"Las investigaciones muestran que este proceso continúa acelerándose. En Perú ya hemos perdido cerca del 50% de la superficie glaciar y todo indica que esa dinámica seguirá", sostiene Bello.
Asimismo, estrategias aplicadas en otros países, como cubrir los glaciares con materiales reflectantes o construir glaciares artificiales, no son viables en el Perú debido a la enorme extensión glaciar y a las condiciones propias de los Andes tropicales.
Frente a este escenario, Bello considera prioritario fortalecer las medidas de adaptación para reducir la vulnerabilidad de las poblaciones andinas.
Entre ellas menciona la construcción de infraestructura que permita controlar posibles desbordes de lagunas glaciares, el fortalecimiento de los sistemas de monitoreo y alerta temprana, así como políticas públicas orientadas a disminuir las emisiones de carbono negro mediante la reducción del uso de combustibles fósiles y el control de la quema de pastizales.
Mientras tanto, los especialistas advierten que el Huascarán y el resto de glaciares de la Cordillera Blanca seguirán perdiendo hielo. La velocidad de ese retroceso dependerá, en gran medida, de la intensidad de los próximos eventos de El Niño y de la capacidad del país para enfrentar los efectos del cambio climático antes de que sus consecuencias sean irreversibles.
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