
Durante mucho tiempo, Carlos Arturo Gallón creyó que su madre lo había abandonado en la guerra. Llegó a Colombia escondido en una bolsa militar, sin nombre ni edad cierta, traído por un soldado del Batallón Colombia tras ser hallado hurgando basura en las calles de Corea. Fue bautizado, criado como colombiano y convertido en símbolo involuntario de una historia que parecía más leyenda que verdad.
Décadas después, un encuentro improbable con su hermana en Seúl —orquestado por una televisora coreana— le dio sentido a su pasado y alivio a sus heridas. La historia del “niño de la tula”, rescatada por el periodista Juan Carlos Sanín en un reciente libro, revive una de las travesías humanas más asombrosas que dejó la guerra de Corea.
La historia de Carlos Arturo Gallón comenzó en la guerra de Corea, cuando soldados colombianos lo encontraron hurgando en la basura. Nadie supo su verdadero nombre ni su edad exacta, pero uno de ellos, Aureliano Gallón, decidió llevárselo consigo a Colombia, escondido dentro de una bolsa militar. Así, en 1953, mientras se firmaba el armisticio que pondría fin al conflicto, el niño llegó a Colombia.
Adoptado por Gallón y rebautizado como Carlos Arturo, el niño creció en Antioquia, vivió una infancia marcada por el conflicto colombiano, acompañó a su padre en patrullas militares y más adelante trabajó para el Ministerio de Defensa. Su historia se mantuvo en secreto durante más de una década, hasta que en 1964 fue revelada por su padre en el diario El Espectador.
Según el escritor y periodista Juan Carlos Sanín, esta es la versión más confiable sobre el hallazgo del pequeño Yung Ucheol, nombre original de Carlos Arturo Gallón. Sanín, quien investigó el caso recurriendo a fuentes directas y veteranos de guerra, reconoce que los recuerdos pueden ser frágiles, pero sostiene que esta es la única versión oficial disponible hasta ahora.
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Décadas después, en 1999, una cadena de televisión surcoreana logró llevarlo de regreso a su país natal. Durante una entrevista en vivo, una mujer llamó asegurando ser su hermana, y días después, el reencuentro se produjo en una aldea a las afueras de Seúl. Ella lo reconoció por una cicatriz de infancia, y Carlos Arturo descubrió que su madre nunca lo había abandonado, sino que salió en busca de sustento.
El reencuentro fue posible gracias a una iniciativa de la televisora Korean Broadcasting System (KBS), cuyos periodistas viajaron hasta Bogotá para confirmar su historia. Aunque al principio se mostró reacio y les cerró la puerta, su hijo Yunc lo convenció de aceptar la propuesta.
Según el testimonio recogido por el periodista Juan Carlos Sanín, no hay una respuesta definitiva sobre si Carlos Arturo Gallón fue secuestrado o si pidió irse. Los soldados del Batallón Colombia afirmaron que el niño aceptó acompañarlos antes de firmarse el armisticio, pero debido a su corta edad, su desnutrición y la falta de documentos, es difícil determinar el grado de consentimiento real.
Sanín concluye que probablemente hubo una decisión impulsiva de ambas partes motivada por la ruina y el hambre, y que si el niño no hubiese querido colaborar, habría sido descubierto. Años después, su hermana le recordó que antes de partir, él mismo le pidió su bendición.

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