Madre del niño asesinado por el Grupo Colina: “Los Fujimori nunca pidieron perdón”
Keiko Fujimori ha vuelto a afirmar que su padre no tuvo responsabilidad por las matanzas perpetradas por efectivos del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), pese a las pruebas documentales y testimonios que sirvieron para condenarlo. Rosa Rojas Borda, a cuyo esposo e hijo de 8 años asesinaron los militares en Barrios Altos, encara a la candidata por su doble discurso: llama a la “reconciliación”, pero se niega a reconocer las sentencias judiciales contra su padre.
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“Me sorprende que no mencione al grupo Colina”, señaló el periodista Juan Carlos Tafur a Keiko Fujimori, entrevistada en el programa 'Enfrentados', el domingo 17 de mayo.
“Ah, no, por supuesto”, dijo.
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Y, aludiendo a las matanzas del Destacamento Colina, compuesto por agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), que asesinó a 45 personas falsamente acusadas de pertenecer al grupo terrorista Sendero Luminoso, entre 1991 y 1992, la candidata de Fuerza Popular volvió a ofender a los familiares de las víctimas, al negar la responsabilidad de su padre, Alberto Fujimori.
“Pero eso no fue una decisión de Estado (los crímenes). Esas son responsabilidades de ese grupo (Colina), de esas personas y de esos crímenes. Por supuesto que se tienen que condenar, pero no por eso se puede manchar a todas las fuerzas armadas, ni a todo un gobierno (de Alberto Fujimori)”, arguyó.
Pese a la numerosa evidencia documental, al testimonio de exmiembros de Colina y a las confesiones de los colaboradores eficaces, que sustentaron la condena a 25 años de prisión por homicidio calificado, Keiko Fujimori una vez más argumentó que Alberto Fujimori es inocente de las imputaciones. La candidata y su partido, Fuerza Popular, han intentado varias veces anular la decisión judicial, pero en todas las instancias los jueces ratificaron la sentencia.

Rosa Rojas y Manuel Ríos el día que se casaron por lo civil, el 2 de febrero de 1988, en la Municipalidad de Lima. Foto: La República
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El doble discurso
“Yo acompañé a mi padre en su proceso judicial y no hubo ni una sola prueba en contra de mi padre. Es más, tuvieron que crear la figura de la autoría mediata para señalar que por el solo hecho de ser presidente de la República lo estaban condenando”, explicó, recurriendo a falsedades. El SIE funcionaba bajo una cadena de mando que incluía al comandante general del Ejército, Nicolás Hermoza Ríos; al jefe de facto del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), Vladimiro Montesinos; y al jefe de Estado, Alberto Fujimori. Este trío controlaba todo el aparato militar, incluido el SIE, al que pertenecían los criminales de Colina.
Por eso, Rosa Rojas Borda se indigna y llora cada vez que Keiko Fujimori miente sobre la responsabilidad de su padre. Porque el Destacamento Colina, bajo las órdenes de Alberto Fujimori, ejecutó a balazos a su esposo, Manuel Ríos Pérez, de 32 años, y a su primogénito, Javier Ríos Rojas, de tan solo 8 años. Cuando sucedieron los hechos, ella tenía 27 años. Hoy cuenta con 66 años.
Crueldad infinita
Los homicidas liderados por el mayor EP Santiago Martin Rivas ingresaron al vecindario del jirón Huanta, en Barrios Altos, creyendo que la pollada que se celebraba en el lugar era una reunión para recolectar fondos destinados al financiamiento de las actividades terroristas. El Poder Judicial desechó esa versión. No eran senderistas. Y, sin embargo, los asesinos fueron muy crueles con Javier Ríos Rojas. Recibió 8 balazos. Uno impactó en su pequeña cabeza. Señal de que fue repasado. Probablemente fue porque intentó proteger a su padre. O porque el cabecilla se aseguró de no dejar ni un testigo.
“Alberto Fujimori nunca nos pidió perdón. Nosotros esperábamos que Fujimori, quien fue el que dio la orden de asesinar a mi familia, a los vecinos del callejón donde vivíamos, hiciera un mea culpa. Pero no lo hizo jamás. Ni estando preso, ni estando en las últimas”, expresó Rosa Rojas.
Fujimori jamás expresó remordimiento. Más bien, tuvo actitudes despreciables. Jamás pagó un centavo de la reparación a las familias de las víctimas. Por el contrario, condecoró a los criminales y luego los amnistió. Los dejó en libertad.

Javier Ríos el día de su bautizo en enero de 1988, en la iglesia Santa Ana de la Plaza Italia, cerca del vecindario de Barrios Altos, donde lo asesinaron en 1991. Foto: La República
Terror naranja
Rosa Rojas Borda teme un gobierno de Keiko Fujimori porque su bancada ha emitido leyes que benefician a militares y policías condenados por homicidios y otras atrocidades. Y trata de “terroristas” a quienes se oponen, como suele despotricar el autor de algunas de estas leyes, el presidente del Congreso, Fernando Rospigliosi Capurro.
“Ahora su hija Keiko Fujimori dice que va a gobernar como su padre, pero su padre lo que hizo fue asesinar a gente inocente, y se justifica diciendo que eran terroristas, como nos dijeron a nosotros. Al final se demostró nuestra inocencia”, afirmó Rosa Rojas, abrazando el retrato de Javier Ríos Rojas, su niño de 8 años.
“A Keiko Fujimori no se le ve el lado humano, porque si vio a su madre en un estado tan horrible y no le interesó, entonces, ¿qué calidad humana podemos esperar de esa señora?”, añadió Rosa Rojas.
En el mismo programa dominical mencionado, insistió en que su padre no era el responsable de los asesinatos.
“Yo sí soy tajante contra los crímenes que cometió el grupo Colina. Eso tenemos que rechazarlo. Eso le hizo mucho daño, por supuesto, a las fuerzas armadas y también a nuestro país”, expresó.
Sin embargo, su bancada de Fuerza Popular promueve leyes a favor de sentenciados y procesados por graves violaciones a los derechos humanos. Y defendió abiertamente a uno de los criminales clave del Destacamento Colina, el exjefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINTE), general Juan Rivero Lazo, quien, según jueces y fiscales, proveyó dinero y armas a los criminales.

Rosa Rojas Borda con el retrato de su hijo Javier Ríos Borda, asesinado por el régimen fujimorista en 1991 en Barrios Altos. Foto: La República
La noche mortal
“¡Al piso, mierda! ¡Todos los perros al piso!”, es lo que recuerda Rosa Rojas Borda haber escuchado la noche del domingo 3 de noviembre de 1991, antes de que sonaran los disparos de los militares en el jirón Huanta 840, donde se celebraban dos polladas: una en el segundo piso, organizada por un profesor, y otra en el patio principal, por iniciativa de los vecinos para arreglar las tuberías del desagüe. Ninguna de las dos era una pollada bailable. Pero Rosa Rojas relató que cuando su esposo Manuel Ríos y su hijo Javier Ríos llegaron a las 8 de la noche, luego de vender helados, se unieron al grupo y empezó una pequeña fiesta. Manuel Ríos era heladero.
El último baile
A las 10.30 de la noche, y antes de que Rosa Rojas, Manuel Ríos y Javier Ríos se retiraran a su hogar, su esposo le pidió un último baile, sin imaginar lo que sucedería. Javier Ríos fue a ver a sus hermanos menores: Cristina Ríos Rojas, de 5 años, e Ingrid Ríos Rojas, de 8 meses de nacida.
Pero de pronto Javier Rojas apareció en el patio donde estaban sus padres. “¿Por qué no estás cuidando a tus hermanitas?”, le dijo su madre. “Ya las acomodé bien, no te preocupes”, le contestó el niño.
Minutos después, la vida de Rosa Rojas cambió definitivamente.
“Estábamos bailando cuando entraron los militares. Mi esposo y yo pensamos que era una batida. Cuando nos dijeron,’¡Al piso, mierda!, ¡Todos los perros al piso!’, yo empecé a correr pensando que todos harían lo mismo, pero se quedaron”, narró Rosa Rojas.
“Cuando llego a un rincón, reacciono y me doy cuenta de que mi hijo Javier no estaba a mi lado. Al dar unos pasos atrás, veo a un militar apuntándome. Me dijo: ‘¡la cabeza adentro o te mato!’. En eso se encasquilló su arma. A mí me ganó el miedo y volví a correr esta vez al fondo de la quinta. Le dije a mi vecina Elsa que por favor me ayudara a buscar a mi hijo, que estaba con Manuel”, continuó recordando el espantoso episodio.
“Es entonces cuando de repente empecé a escuchar ¡ta-ta-ta-ta-ta! Por el miedo entré a mi casa, pero seguía con la angustia de no saber dónde estaba mi hijo Javier y mi esposo Manuel. Minutos después y a pesar del miedo, me armé de valor y salí a buscarlos”, siguió rememorando.
“Al salir aún no había visto a mi hijo, pero sí a mi esposo boca abajo con la sangre saliendo de todo su cuerpo. A todos mis vecinos los vi así. Sus cuerpos estaban moviéndose como espasmos que le da al pollo cuando lo matan. Sus cuerpos estaban salpicados con sangre”, añadió.
Lo peor aún estaba por venir. Rosa Rojas seguía sin encontrar a su hijo. Salió a la calle con la esperanza de que hubiera salido, pero no lo encontró.
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“Mi niño adorado”
“Salí a la puerta principal. Allí había un vecino llamado Juan que vendía chifa. ‘Rosita, ¿qué pasó?’, me preguntó, a lo que le respondí: ‘Mi hijo, no encuentro a mi hijo’. En eso volví a entrar a la quinta y es donde veo a mi hijito”, señaló.
El relato de lo que vivió la conmueve hondamente.
Rosa Rojas empezó a llorar.
La voz se le cortó, como si las palabras se hubieran atascado en la garganta.
Diez minutos después, Rosa Rojas relató la parte más dura de la historia del crimen.
“Mi hijito, mi Javier, estaba en un rincón al fondo. Estaba sentado con una escobita, con la cabeza agachada. Yo pensé que se había desmayado por todo lo que había pasado. Lo levanté para cargarlo y su cabecita se dobló para atrás. Le habían disparado en su cuerpecito y en la frente. Había empezado a salirle sangre por la boca. Yo pedía ayuda, pero nadie me quiso escuchar. La misma policía que llegó tras la balacera, me dijo: ‘Déjalo, ya está muerto’. Mi hijo murió de ocho disparos”.
“Era mi hijo adorado”, dijo, desconsolada.





































