Carmen McEvoy: "Las asociaciones ciudadanas deben permanecer más allá de las elecciones"
La reconocida académica recuerda, a partir de la historia, que la ciudadanía peruana tiene que darse cuenta que las asociaciones de ciudadanos deben procurar su permanencia en la vida pública del país más allá del corto plazo.

La República conversó con la historiadora peruana Carmen McEvoy en el marco de Tejiendo Ciudadanía. Desde una mirada historiográfica, advierte que el Perú sigue atrapado en una “cultura de guerra” y enfrenta el reto urgente de modernizar el Estado y reconstruir la ciudadanía. Entre el diagnóstico y la esperanza, deja también una propuesta musical para entender al Perú de hoy y avanzar hacia las salidas de la crisis
-Alejandro Céspedes García: Mencionó cómo este momento político actual tiene que ver o se parecería a un estado de guerra. ¿A qué se refiere?
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-Carmen McEvoy: Sí, yo creo que es algo que yo he venido trabajando ya durante varios años. Yo he venido señalando que el Estado peruano está implosionando en cámara lenta, y que hay momentos en que la implosión parece detenerse, y otros en que definitivamente se acelera. Y que esto viene asociado a dos ideas que son el Estado como botín asociado a la prebenda que permite cierta estabilidad, ante la ausencia de partidos políticos sólidos.
Entonces, es posible recordar que, como tantas otras, somos una sociedad que se forma en la guerra. Y la nuestra es, desde la independencia en adelante, una guerra que no nos da tregua. Y en ese camino de guerras de alta y baja intensidad, la batalla de Ayacucho es una posguerra no resuelta.
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De ahí puede deducirse que Ayacucho no es el final, sino el principio de un camino sinuoso y complejo. Porque todos los que pelean por la independencia terminan enfrentados por el botín de guerra que es el (proto) Estado Peruano. Si tú ves el monumento en la pampa donde se peleó la épica batalla, Agustín Gamarra le da un golpe de Estado, con deportación incluida, al presidente La Mar; Sucre muere asesinado, y entre los asesinos al parecer habían ex soldados peruanos; Bolívar termina sus días derrotado, política y moralmente. En fin, todos terminan de manera trágica.
Entonces, volviendo al tema de la cultura de guerra, y de la cual no hemos podido desprendernos, el Estado se encuentra nuevamente cercado, ahora por la delincuencia y las economías informales. La frontera violenta, que no logramos socializar y mucho menos institucionalizar, ahora nos amenaza con una cultura de guerra secular, cada vez más cruel e inhumana. Si vamos a la Primera Constitución, ella fue lentamente convirtiéndose en un simulacro, como lo señaló Mariano José de Arce, por una sucesión de “señores de la guerra”, que se han ido heredando el cargo a lo largo de 200 años de república fallida aunque siempre esperanzada.
Estamos viviendo las consecuencias probablemente más dramáticas de un Estado (en este caso desde su espacio congresal) que expulsa presidentes, cada tres meses o cada seis meses. Es por ello que es posible intuir que algo está pasando en la vieja maquinaria guerrerista. Que, vale la pena recordarlo, fue creada por generales timberos, es decir, jugadores que vivían en la niebla de la guerra; por ello, en la política peruana del siglo XIX, como en la actual, no existe previsibilidad alguna.
La guerra es pura contingencia y esa es la terrible herencia con la cual cargamos. Sin embargo, por otro lado, la resiliencia que te da vivir en este mundo de guerra permite desarrollar una serie de capacidades mentales para el mundo que ahora nos ha tocado vivir: caótico y cruel. La paradoja es que nosotros, como herederos de una guerra que no termina, tenemos una percepción muy especial y compleja de la realidad.
-Alejandro Céspedes García: Uno de los aspectos más tangibles de estos conflictos no resueltos es la polarización persistente, ¿Cómo cree que la ciudadana debería afrontar este peligro?
-Carmen McEvoy: Bueno, es una binarización instalada, como muy bien señalas, en la cultura de guerra que es parte de nuestra herencia. Es el mundo de los malos y los buenos, donde el otro es un potencial enemigo en el asalto al botín estatal: Gamarra contra Nieto, Castilla contra Vivanco, Sánchez Cerro contra los apristas, etc. No podía ser de otra manera ya que el siglo XX es otro tiempo de terrible binarización. Si tú regresas a la década de los 30, que transitamos con un lenguaje casi apocalíptico, tenemos magnicidios, como el de Sánchez Cerro, fusilamientos como los de Chan Chan o incluso un Trujillo bombardeado. En breve, una guerra civil brutal que al parecer hemos olvidado.
La polarización a la que te refieres no es una novedad. Lo que más bien creo es que las redes lo han exacerbado. Porque ahora existen los ejércitos virtuales de Internet cuyo objetivo es destruir las honras ajenas. (...) Lo que necesitamos, urgentemente, son espacios de conversación con ese otro que piensa distinto. Porque está comprobado que del diálogo surgen importantes cambios neurológicos que pueden abrir el campo de la percepción y de la conciencia, tanto individual como colectiva. Y, en ese sentido, debemos de trabajar en un modelo de sociabilidad republicana, en la cual yo no te mato, no te acuchillo, no te tiro gasolina o te destruyó simbólicamente sino, más bien, te aprecio como parte de un “colectivo tejedor” tendiente al bien común.
-Alejandro Céspedes García: Pero no todos tejen.
-Carmen McEvoy: Exacto, están los destejedores, a los cuales la binarización y el enfrentamiento -incluso violento- les conviene para su viejo y atávico juego político. Sin embargo, en este juego de suma cero para el Perú, todos perdemos, aunque algunos crean que, coyunturalmente, están ganando, por ejemplo, en unas elecciones. (...) Lo que el Perú demanda es una comunidad de inteligencia y de buenos sentimientos que lo dignifiquen y lo coloquen en el sitial que merece. Si el Estado peruano no logra llevar a cabo políticas públicas es por la corrupción y el binarismo, instalado tempranamente en nuestro inconsciente colectivo. Cabe recordar, por otro lado, que este binarismo, que tanto daño nos ha hecho, surge de la incapacidad que tiene el sistema de dar oportunidades, de colaborar en un proceso de movilidad social a través del trabajo honesto y bien remunerado. Esta ausencia exacerba la frustración y la falta de esperanza, caldo de cultivo para el mundo binario, donde la victimización se impone.
-Alejandro Céspedes García: Pero en la historia han surgido personajes históricos como Manuel Pardo, que destacas.
-Carmen McEvoy: La historia de Manuel Pardo y la fundación del Partido Civil, en la que participaron desde profesores universitarios hasta artesanos, es una página de coraje y empoderamiento civil en la historia del Perú. Pardo pertenece a la élite y no le corrió a la política, como ocurre en la actualidad entre los que prefieren ejercer el poder tras bambalinas. A pesar de no venir de los márgenes, como ocurrió con la mayoría de los caudillos. Pardo era de Lima y se da cuenta de que el sistema prebendario sostenido en la riqueza del guano estaba implosionando. Si la cultura de la guerra logró atenuarse, al menos en breves períodos de tiempo, fue porque los caudillos usaron -por no decir quemaron- los recursos fiscales, para obtener la adhesión política necesaria para durar. Mientras ello ocurría, se iba corroyendo la poca institucionalidad que existía. Manuel Pardo, que tenía tan solo 37 años, cuando asume la presidencia, entra a la arena política señalando que si ese modelo proseguía nos ibamos rumbo a la catástrofe. Para evitarla era necesario recurrir al viejo modelo de asociación civil predicado por Gonzáles-Vigil. Esa idea, hoy más que nunca, debemos recordar: la República es, por excelencia, la asociación de asociaciones.
-Alejandro Céspedes García: ¿Cuál es la tragedia entonces?
-Carmen McEvoy: La tragedia, en el caso de Pardo, es que lo matan por la espalda en la puerta del Senado de la República, en medio de una guerrilla política en la prensa que promovía incluso su eliminación física. ¿Quién termina con la vida del fundador del primer partido político peruano? Un ayacuchano de 18 años, el sargento Montoya, que, desde los márgenes, observaba impotente cómo se estaba tratando de desactivar el modelo prebendario de Estado y, en ese escenario, temía por su sobrevivencia como soldado raso. Entonces, si tú desactivas un modelo antiguo -pero no das una alternativa posible- te corres grandes riesgos, en términos de respuesta social, como ocurrió con Pardo. Se puede hablar incluso de un proyecto trunco que la guerra de 1879 sepultó. Sin embargo, en el peor de los momentos, un grupo de peruanos reaccionó ante la implosión estatal y dio la cara políticamente. Porque, a lo largo de los discursos de la electrizante campaña de 1871-72 no solo se apeló a la participación ciudadana para derrotar al sistema de estado como botín, montado por los caudillos, sino a la idea que las asociaciones civiles debían de ser permanentes y no meramente coyunturales, (ni solo planteadas) de cara a las elecciones. Por su potencia y relevancia, su apelación al asociasionismo es el mensaje de Pardo que se mantiene en el tiempo y que debemos recuperar.
-Alejandro Céspedes García: Pero nos cuesta ser realistas también...
-Carmen McEvoy: Es bien interesante lo que dices. Efectivamente, somos un país de ficciones. Escribimos grandes relatos sobre nosotros. Somos unos grandes fabuladores, quizás, para no enfrentar una trágica historia llena de nudos que pensamos son imposibles de desatar. Por eso es que yo siempre digo que Pedro Camacho, el escribidor de La tía Julia, nos acompaña con sus delirantes libretos y no deja de sorprendernos. (Risas). Al final de cuentas Camacho es un verdadero loco que, sin embargo, nos lleva por esta mezcla de montaña rusa y tren fantasma, donde el azar tiene la última palabra. Y qué mejor, como propone Tejiendo Ciudadanía, que sustituir las palabras que ya perdieron su significado por el acto de tejer , la cual traslada, digamos, en teoría, el pensamiento a la motricidad. Cabe recordar que en el Perú, somos muy hábiles con nuestras manos. Basta observar la destreza de los artesanos, pescadores o agricultores. Entonces, yo creo que hay que traer a la mesa una discusión seria y responsable sobre la materialidad del Perú. Y ello no significa una materialidad sin alma sino una vuelta a la realidad para restaurar el equilibrio que se perdió en la cultura de la guerra y en los discursos grandilocuentes que, perversamente, la justificaban. La idea es salir de la eterna ficción y construir esa “república práctica y de la verdad”, es decir, con justicia, igualdad y felicidad, que nos ha sido prometida desde el siglo XIX.
-Alejandro Céspedes García: Eres muy musical. Antes de entrar a la entrevista te preguntaba: ¿qué música le pondrías a este momento político, electoral, en el país? Y me dijiste Paranoid de Black Sabbath, que es heavy metal. Las referencias históricas afirman que el punk se creó en el Perú con Los Saicos. ¿Me pregunto qué otro soundtrack podría acompañar a los peruanos a transitar hacia otro momento y que nos dé luces de cara a ese realismo necesario del que hablas, pero que precisa de esperanza para moverse?
-Carmen McEvoy: A mi personalmente me encanta Cariñito, un himno a esa dulzura del Perú a la que Jorge Basadre en algún momento se refirió, sin olvidar su violencia y su crueldad. Pienso en esas “islas de cariño y de ternura” donde nos cobijamos en cada tormenta política y de las otras. Cariñito, con su aire y raíz amazónica, es una apuesta por esa vida que tanto amamos y siempre está en riesgo, por nuestras múltiples carencias como sociedad, de desaparecer.
-Alejandro Céspedes García: Pero no lo vemos.
-Carmen McEvoy: Ahora que lo dices, pienso que incluso el olvido, del que constantemente me quejo, es un mecanismo para seguir viviendo, porque es todo tan difícil e incluso tan terrible que lo que nos queda es vivir el presente y apostar desde ahí por una felicidad, siempre efímera, pero, usualmente, acompañada de música y de pequeños detalles. Tú lo ves en este coloquio desde las flores hasta los tejidos y las lanas multicolores. Eso es puro cariño materializado. Y yo creo que tú y yo, y muchos compatriotas, lo hemos vivido en nuestros hogares con nuestras madres esperándonos con un plato de comida, cuando parecía no existía esperanza para el Perú. Pienso en los años aciagos de Sendero Luminoso. Entonces, regresando al soundtrack, creo que es ese para este momento y otros complejos que, inevitablemente, vendrán más adelante. El realismo lo pone Ozzy o Los Saicos con Demolición, admitiendo la locura humana, que ahora es colectiva y, para nuestra desgracia, narcisista y asesina . Pero, por otro lado, tenemos el amor, la entrega y la alegría de vivir que son parte de un ancla cariñosa que en el Perú es, afortunadamente, milenaria.


























