Hoy, millones de ciudadanos acuden a las urnas en un acto que expresa el principio fundacional de toda república: el poder reside en el pueblo. En una jornada como esta, el Perú se mira a sí mismo y define, al menos formalmente, el rumbo que tomará en los próximos años.
Este retorno del poder a manos de los peruanos ocurre en medio de una crisis política profunda, marcada por la fragilidad institucional, la desconfianza ciudadana y la persistente incapacidad del sistema para canalizar demandas sociales de manera eficaz.
Más de 2.5 millones de peruanos votarán por primera vez en las Elecciones Generales 2026. Se trata de una generación que encuentra la política en un contexto desafiante y decisivo.
Para muchos de ellos, la política aparece como un espacio por descubrir y resignificar: un ámbito de intervención en lo público que puede transformar su relación con el país.
El país llega a estas elecciones atravesado por una inestabilidad que combina fragmentación política y cooptación de instituciones estatales. En este contexto, el voto adquiere un doble sentido: expresa la voluntad ciudadana y abre una oportunidad para reencauzar la vida pública.
Como advierte la historiadora Carmen McEvoy, el Perú arrastra una “cultura de guerra” que ha marcado su vida republicana y ha convertido al Estado, a lo largo del tiempo, en un espacio de disputa antes que de construcción compartida. Frente a ello, propone recuperar una “república práctica y de la verdad”, fundada en la justicia, la igualdad y la felicidad. Esta elección se inscribe precisamente en ese desafío: transformar la política en un ejercicio orientado al bien común.
Ejercer ciudadanía implica mucho más que acudir a las urnas. Supone, más allá de los comicios, vigilar el poder, exigir rendición de cuentas y, sobre todo, participar de los asuntos públicos, con crítica y propuesta.
En un país atravesado por tensiones y polarización, resulta urgente afirmar una convivencia basada en el reconocimiento del otro como parte de un mismo proyecto colectivo. Esa base permite construir institucionalidad, sostener acuerdos y proyectar un horizonte compartido.
El Perú si bien requiere autoridades que representen demandas, al mismo tiempo, también precisa de una ciudadanía activa y comprometida. Como recuerda también
Carmen McEvoy, la república se sostiene en la “asociación de asociaciones”, en una ciudadanía que permanece más allá de las coyunturas electorales.
Hoy, el poder regresa a las manos de los peruanos. A partir de este momento, ejercerlo de manera consciente y continua definirá el rumbo del país.