Este es el lugar en EE. UU. que almacena más de 6,000 toneladas de oro de potencias europeas y ofrece visitas guiadas
Un depósito subterráneo en Nueva York concentra lingotes de varios países y reabre el debate en Europa sobre recuperar sus reservas ante la incertidumbre global.
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Más de medio millón de lingotes de oro pertenecientes a países de todo el mundo están almacenados en una gigantesca cámara acorazada en la Liberty Street, Nueva York. Su fama es tanta que, si deseas conocer el lugar, puedes reservar una visita guiada. Se trata de la llamada Bóveda del Oro, un depósito subterráneo que durante décadas ha sido clave para la estabilidad financiera global.
Ubicada a 25 metros bajo tierra, esta instalación resguarda unas 6.300 toneladas del metal precioso, valoradas en más de un billón de dólares, cerca del 4% del Producto Interno Bruto de Estados Unidos. Sin embargo, en medio de crecientes tensiones geopolíticas, varios países europeos han comenzado a cuestionar si mantener allí sus reservas sigue siendo la mejor opción.
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Un refugio clave para la estabilidad financiera global
El oro sigue siendo considerado el activo refugio por excelencia. En escenarios de inflación, crisis o tensiones geopolíticas, permite a las naciones respaldar sus monedas, intervenir en mercados cambiarios y actuar como prestamistas de último recurso.
Gran parte de las reservas europeas se trasladaron a la Reserva Federal de EE. UU. a partir de la década de 1950. En ese momento, economías como la alemana acumulaban oro y dólares gracias a sus exportaciones, y optaron por almacenarlos allí para evitar los altos costos de transporte y seguros. A esto se sumaba el contexto de la Guerra Fría: mantener el metal lejos del alcance soviético era una garantía adicional de seguridad.
¿Por qué Europa empieza a cuestionar esta estrategia?
Donald Trump y sus tensiones con aliados europeos han generado inquietud sobre la fiabilidad de ese resguardo. Sus diferencias en temas como aranceles, conflictos internacionales actuales con Irán o incluso disputas territoriales con Rusia por Groenlandia han alimentado la percepción de incertidumbre.
En Alemania, que posee las segundas mayores reservas de oro del mundo, se ha intensificado el debate. El economista Emanuel Mönch ha advertido que mantener unas 1.200 toneladas en Nueva York —valoradas en unos US$200.000 millones— podría ser arriesgado en el contexto actual. En la misma línea, el presidente de la Asociación Alemana de Contribuyentes, Michael Jäger, ha señalado que la imprevisibilidad política podría afectar el acceso a esos activos.
¿Cómo llegó el oro europeo a EE. UU.?
El sistema de Bretton Woods, establecido en 1944, fijó el valor del dólar en relación con el oro, convirtiendo ambos en los pilares del esquema financiero internacional. Esto incentivó a varios países a mantener sus reservas en centros financieros clave.
Durante décadas, esta estrategia funcionó sin grandes cuestionamientos. Sin embargo, en 1971, el entonces presidente Richard Nixon puso fin a la convertibilidad del dólar en oro, marcando el colapso de ese sistema. Países como Francia, que habían repatriado previamente sus lingotes por decisión de Charles de Gaulle, lograron evitar parte del impacto de ese cambio.
¿Se puede repatriar el oro?
En años recientes, algunos países ya han iniciado procesos de repatriación. Países Bajos redujo en 2014 la proporción de sus reservas almacenadas en Nueva York, mientras que el país teutón trasladó parte de su oro de regreso a Europa durante la crisis del euro.
Sin embargo, mover estas reservas implica desafíos significativos: altos costos logísticos, riesgos de seguridad y posibles efectos en la confianza internacional. Expertos como Barry Eichengreen, experto en el sistema monetario internacional de la Universidad de Berkeley, consultado por la BBC, advierte que una retirada masiva podría interpretarse como una señal de desconfianza y generar fricciones innecesarias.
A pesar de ello, las dudas persisten. Las tensiones entre el gobierno estadounidense y la autoridad monetaria —liderada por Jerome Powell—, así como la falta de mensajes claros que refuercen la confianza, han alimentado la incertidumbre. Por ahora, ningún país europeo ha tomado una decisión definitiva, pero el debate sigue creciendo en un contexto global cada vez más volátil.



























