Científicos detectan dos depósitos de magma bajo un volcán de Centroamérica en una área habitada por 2 millones de personas
Los investigadores monitorearon el movimiento del suelo con datos satelitales, evidenciando cambios en las profundidades.

El volcán Masaya, en Nicaragua, alberga un sistema de magma más complejo de lo que se conocía. Un estudio de investigadores de Penn State detectó señales que apuntan a la presencia de dos fuentes de magma bajo el volcán, ubicado a unos 21 kilómetros de una zona donde viven cerca de 2 millones de personas. El lugar también forma parte de un parque nacional y recibe numerosos visitantes por su conocido lago de lava.
Los científicos analizaron cambios en la superficie entre 2018 y 2024 con información de satélite. El terreno primero descendió y después volvió a elevarse, una variación que podría reflejar el movimiento de magma hacia el reservorio principal. Al mismo tiempo, el sector del cráter Santiago, donde se encuentra el lago de lava, mostró un descenso de la superficie durante todo el periodo. Este comportamiento separado apunta a la existencia de un sistema subterráneo con más de una fuente.
Sistemas magmáticos complejos cerca de Managua
Masaya posee una estructura formada por varios cráteres y calderas, grandes depresiones que surgieron tras el vaciamiento de cámaras magmáticas. Su actividad y la forma en que circula el magma bajo la superficie todavía no se conocen por completo.
- Descubrieron un gigantesco monte submarino entre Perú y Chile que supera los 2,4 km: triplica la altura del edificio más alto del mundo
- Sumergieron 1.500 árboles de Navidad en un lago y luego de 3 años descubrieron un sorprendente cambio en la biodiversidad del fondo marino

Mapa del volcán Masaya, con la caldera en linea roja, el cráter Santiago, que alberga un lago de lava delineado en rojo sólido, y el lago Masaya y los flujos de lava anteriores etiquetados. Foto: Geophysical Research Letters.
"Tener un conocimiento exhaustivo de la actividad volcánica de Masaya y sus peligros asociados es fundamental, ya que alrededor de 2 millones de personas viven cerca del volcán y la caldera es un parque nacional y un destino turístico popular", explicó Lizzie Johnson, autora principal del estudio.
Aunque el último gran flujo de lava del volcán ocurrió en 1772, Masaya mantiene una emisión persistente de gases. Entre ellos destaca el dióxido de azufre, que puede alcanzar concentraciones peligrosas. Para Young Cheol Kim, investigador de Penn State y autor del trabajo, el monitoreo constante permite conocer el comportamiento habitual del volcán y detectar variaciones que podrían requerir una respuesta oportuna.
Seguimiento del movimiento del suelo a través de las nubes
Para detectar esas variaciones, el equipo recurrió al satélite Sentinel-1, que pasa sobre Masaya aproximadamente cada 12 días. Sus datos permitieron medir cambios en la distancia entre el satélite y el terreno mediante una técnica conocida como InSAR.
Esta herramienta resulta especialmente útil en volcanes ubicados en regiones tropicales, donde las nubes pueden dificultar las observaciones desde el espacio. Las ondas de radar del satélite atraviesan las nubes y permiten comparar múltiples imágenes de una misma zona.
"Cuando el suelo se hunde, eso significa que probablemente hay magma que sale del volcán, pero cuando el terreno comienza a elevarse de nuevo, puede significar que entra nuevo magma", señaló Johnson.
Estudio continuo para identificar peligros
El comportamiento registrado entre 2018 y 2024 mostró una transición de subsidencia a elevación en la caldera. Para los investigadores, este cambio puede relacionarse con una nueva entrada de magma al reservorio principal. Sin embargo, el sector del cráter Santiago mantuvo una tendencia opuesta: su superficie descendió durante todo el estudio.
"Esto indica que el sistema de alimentación es más complejo y podría deberse a una disminución del magma en un segundo reservorio más superficial", explicó Johnson.
Los autores no detectaron un peligro inmediato para las comunidades cercanas. El seguimiento a largo plazo, junto con nuevos estudios geodésicos y modelos, permitirá comprender mejor la conexión entre los reservorios y la superficie, un elemento clave para evaluar futuros cambios en la actividad de Masaya.















































