
Monseñor Alfredo Vizcarra lleva su vida como una figura central de la Iglesia Católica de La Libertad. Pero al mismo tiempo, no deja de ser un ciudadano. Desde su posición, ha sido miembro del Consejo de Asesores de la Iniciativa Interreligiosa para los Bosques Tropicales (IRI Perú).
Mientras desde la institución realizan iniciativas, como la implementación de una aplicación para valorar a candidatos desde las posiciones morales de cada ciudadano*, Monseñor Vizcarra charla un momento con nosotros para darnos sus opiniones sobre el panorama que pasa por nuestro país.
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Como usted sabe, Trujillo vive una crisis fuerte de delincuencia, extorsión y sicariato. Desde su rol como arzobispo, ¿cree que el Estado peruano ha perdido el control del territorio o estamos frente a algo que va más allá, a una especie de crisis también moral que termina desembocando en estas acciones delincuenciales?
Bueno, este es un asunto muy complejo. Creo que están conectadas ambas cosas, pero no estoy seguro si es así tan claramente de causa-efecto. Creo que hay una crisis moral muy fuerte en el país, que tiene que ver con la corrupción, por supuesto, y a todos los niveles.
La conciencia moral se nos va debilitando debido a demasiados condicionamientos. Es difícil, por la vía legal o por lo oficial, acceder a bienes básicos. Por ejemplo, más del 70 % de la economía del país es informal. Esto ya tiene que ver con la ilegalidad. Muchos procesos de nuestra vida se hacen a través de lo ilegal porque lo legal no funciona.
Cuando esto se normaliza tanto, la conciencia moral queda perpleja: no sabe muy bien qué es lo correcto y qué no lo es, porque actuamos para salir de los aprietos o de situaciones muy difíciles.
Esto se agrava cuando personas que tienen responsabilidades en el país —en el gobierno o en el ámbito legislativo— también incurren en este tipo de conductas, ya no para resolver necesidades básicas, sino por intereses económicos o de poder político. Eso distorsiona completamente el sentido de su función.
En algunos lugares, como aquí en La Libertad, casi estamos en una situación en la que la organización criminal rige la vida de las personas. Yo he visitado prácticamente todas las parroquias y distritos que están dentro de la jurisdicción de la arquidiócesis de Trujillo, y el crimen organizado y la extorsión están presentes. Eso es lo que hace que la vida funcione. Y esto es tremendo.
Usted mencionaba que, cuando existe una desconexión del Estado con los territorios, algunos ciudadanos pueden encontrar como vía de movilidad social ocupar espacios de poder. Para algunas personas, el poder puede verse como un medio para superarse materialmente más que para servir a la población. ¿Cree que esto podría suceder en los próximos años con generaciones que no encuentran espacios para desarrollarse? ¿Cree incluso que eso ya ocurre con algunas figuras políticas que hoy ocupan cargos municipales, regionales o nacionales?
Esto es muy delicado. Para hacer una afirmación así uno tendría que tener pruebas suficientes. Pero hay indicios que hacen pensar en una vinculación entre autoridades políticas y organizaciones del crimen organizado. Por ejemplo, ¿cómo explicar la gran ausencia del Estado para frenar actividades económicas ilegales como la minería ilegal? Pareciera que es tierra de nadie. Si son actividades ilegales, corresponde al Estado —a través de la policía, la fiscalía o el Poder Judicial— hacer respetar la legalidad.
Pero también hay que ir a las causas. Deben existir políticas locales y regionales para mejorar las condiciones de vida y aprovechar los recursos naturales en beneficio de la población. Si no hay esas políticas, suceden cosas como las que vi en Jaén y San Ignacio, donde estuve más de diez años: la minería ilegal llegó a zonas agrícolas muy ricas y avanzó en los cauces de los ríos y cabeceras de cuenca sin que nadie la frenara.
Esto supone tener políticas claras que permitan mejorar el agro y proteger el ecosistema. De lo contrario, actividades como la minería pueden terminar afectando la producción agrícola, como ocurre con el café en esa zona.
La minería ilegal tiene una doble cara. Por un lado, se ha convertido en un motor para otras actividades criminales; por otro, genera una fuerte depredación ambiental. Desde su óptica como miembro de la Iglesia, ¿cómo interpreta este fenómeno? La Iglesia se ha pronunciado sobre el cuidado de la tierra en encíclicas como Laudato si’ del papa Francisco. ¿Cuál es su análisis desde esa perspectiva y también desde su rol como miembro de la sociedad civil?
Todavía no tengo suficiente conocimiento específico sobre la problemática en la sierra de La Libertad, por lo que podría no ser totalmente preciso. Sin embargo, toda actividad minera —sea formal o ilegal— trae efectos sobre la naturaleza. Por eso a las actividades formales se les exige cumplir estándares medioambientales y medidas de remediación.
Pero no basta con decir que una zona es minera y que debe explotarse. Deben existir políticas claras, límites, procedimientos y participación de la población. Lo que vemos en lugares como Patáz es más bien ausencia del Estado.
Además, existe una mezcla entre actividad formal e ilegal. Algunas empresas formales han trabajado mediante pequeñas empresas que no están totalmente formalizadas. Para operar, han recurrido a grupos que brindan “seguridad”, que muchas veces son organizaciones criminales.
Estas organizaciones han visto que la minería genera mucho más dinero que otras actividades ilegales, como el narcotráfico, y han intentado controlar el negocio. Todo esto requiere una presencia fuerte del Estado para ordenar la actividad.
Estamos además en un contexto electoral. Por eso es importante elegir personas honestas que respeten las instituciones y el Estado de derecho.
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Más allá del impacto material, ¿qué efecto psicológico tiene este clima de inseguridad en la población? En su trabajo pastoral seguramente ha escuchado testimonios de personas afectadas por extorsiones, violencia o deterioro de sus comunidades. ¿Cómo interpreta usted esas experiencias?
He estado en Quiruvilca, donde antes operaba una empresa minera que luego se retiró. Hoy la población vive de la minería informal. El cerro parece un queso lleno de socavones. Conversé con los pobladores y mencioné los problemas de la minería ilegal: efectos en la salud, vicios, violencia. Pensé que tal vez reaccionarían mal, pero ellos mismos reconocieron esos problemas. Sin embargo, decían que no tenían otra opción porque se ha convertido en su modo de vida.
También recuerdo conversar con un niño de unos once años en el valle. Su familia había sufrido una explosión vinculada a extorsiones, pero para él ya no era algo extraño ni aterrador. Esos niños crecen en ese ambiente y terminan normalizándolo. Esto muestra la gravedad del problema: la criminalidad se vuelve parte de la vida cotidiana.
Esa normalización parece generar también cierta apatía hacia el cambio. Muchas veces se reeligen autoridades o partidos que no han logrado resolver estos problemas. En La Libertad, por ejemplo, el partido Alianza para el Progreso ha tenido una presencia prolongada en el poder. ¿Por qué cree que ocurre esto? ¿Por qué se sigue votando por las mismas figuras?
Creo que funciona mucho el inmediatismo. Las personas apoyan a quien les ofrece algún favor o beneficio directo. En una sociedad marcada por la informalidad y la precariedad, la gente busca cómo salir adelante de cualquier forma. Eso puede llevar a respaldar a políticos que ofrecen ventajas concretas, aunque el resultado a largo plazo no sea positivo.
También influyen las campañas electorales. Yo no hago campaña por ningun partido. Pero es notorio que, por ejemplo, en el país se ha construido una estrategia de desprestigio de la izquierda, presentándola como un “fantasma”. No estoy defendiendo a nadie, pero eso es lo que se percibe. Se crea la idea de que no hay otra alternativa y que debemos continuar con lo que ya existe.
En ese contexto electoral, muchos candidatos utilizan la religión o la figura de Dios como parte central de su discurso. Sin embargo, a veces promueven valores que no parecen coherentes con los principios cristianos. Por ejemplo, pienso en candidatos como Rafael López Aliaga, que ha tenido cercanía con sectores religiosos pero también ha mostrado discursos con rasgos de confrontación o violencia. ¿Qué opinión le merece el uso de la religión en la política?
Creo que esto debe dejarnos claro a todos los católicos —y también a quienes pertenecen a otras religiones— que no hay ningún candidato que represente a la Iglesia Católica. La Iglesia no tiene partidos políticos. Ningún partido político la representa.Y nadie puede, por lo tanto, atribuirse una representación de la Iglesia católica o de los católicos desde su partido político. No. Eso sería un abuso, porque no corresponde.
Es pretender ganar la adhesión de los católicos diciendo que es un partido católico o que él es católico. Esa no es una argumentación para mostrar qué es lo que quiere hacer. Lo que tiene que mostrar es qué ha hecho hasta ahora y cuál es su propuesta para la gestión del aparato público del Estado en beneficio de la población.
Que sea católico o no lo sea no tiene que ver con la gestión política. No hay una conexión directa. Quien utiliza ese argumento no está respetando a los católicos.
Aprovecho también para decir que sé que hay sacerdotes que están haciendo eso, es decir, campaña por algún candidato. Eso no se puede hacer. Yo no estoy haciendo campaña por nadie y ningún sacerdote ni obispo puede hacerlo, porque ningún candidato nos representa y la Iglesia no puede parcializarse por ningún partido político.
¿Por qué cree que algunos sacerdotes caen en eso? He notado incluso, participando en celebraciones eucarísticas, que algunos sacerdotes tienen posiciones políticas muy marcadas, usualmente coincidentes con sectores más conservadores. Si bien usted menciona que ningún sacerdote debería hacerlo, ¿por qué cree que sí ocurre?
No lo puedo responder con certeza, porque tendría que saber qué hay en su corazón o en su cabeza para tomar una decisión así. Lo que sí puedo decir es que, por nuestra condición de sacerdotes, no podemos inducir a nadie a votar por un candidato u otro, porque eso divide a la comunidad. Nuestra misión no es dividir, sino construir comunión desde el Evangelio, desde la persona de Jesús.
Es eso lo que orienta nuestra vida en todas sus dimensiones: política, social, económica, laboral, educativa y familiar. La fe es para ayudarnos a vivir mejor. Si no es para eso, no sé para qué serviría la fe.
¿Cree que algunos candidatos practican una especie de “populismo religioso”, invocando a Dios o a la moral católica para conectar con el electorado?
Yo respeto mucho que los candidatos puedan ser creyentes o católicos, y está muy bien que lo sean. Pero eso no puede ser un argumento para ganar adeptos. Lo importante es ver qué hace ese candidato, cuál es su actividad política. Ahí podremos evaluar si realmente su manera de actuar está en concordancia con la fe cristiana.
Si su actuación refleja valores como la búsqueda de la igualdad, el respeto a la persona humana, la empatía con los pobres y con los marginados, entonces no hace falta que lo diga explícitamente. Su acción ya lo demuestra.
El mensaje cristiano es que todos somos hijos de Dios y, por lo tanto, todos tenemos derecho a vivir bien y a tener oportunidades. Si alguien tiene más posibilidades, debería ayudar a otros a crecer también. Eso es construir comunión.
Uno de los grupos que siempre tiene un papel importante en las elecciones es la juventud. Usted ha tenido contacto con jóvenes en Trujillo y en otras regiones. ¿Qué le dicen los jóvenes sobre el Perú que viene y sobre el clima electoral?
Sobre las elecciones en concreto no he tenido muchas conversaciones con jóvenes. Pero sí percibo una gran necesidad de formación, tanto humana como profesional, para poder encauzar sus vidas.
Muchos jóvenes migran buscando oportunidades. Los que viven en zonas rurales se trasladan a las ciudades y, muchas veces, ya no regresan. Y quienes viven en las ciudades buscan ir a lugares donde haya más posibilidades.
Lo que veo es una gran búsqueda por parte de los jóvenes de espacios donde puedan desarrollar sus capacidades y expresar lo que son.
El problema es que vivimos en sociedades muy fragmentadas, con grandes dificultades para construir consensos. Basta ver las discusiones en el Congreso: muchas veces predominan la polarización y los intereses particulares.
Ojalá los jóvenes, que representan cerca de 2,5 millones de votantes, participen críticamente en las elecciones y se pregunten quién puede ayudarlos a construir un país que reconozca nuestra diversidad cultural y social.
La juventud tampoco es un grupo homogéneo. Existen diferencias de clase, de origen social, de género o, simplemente, culturales que influyen en cómo los jóvenes esperan que el Estado y las autoridades respondan a sus necesidades.
Exactamente. Y ahí entra también el tema de las políticas educativas, que es otro gran desafío. En el Perú existe la idea de que todos deben ir a la universidad, pero muchas veces terminan trabajando en actividades distintas a las que estudiaron. Quizá en algunos lugares sería más importante desarrollar la formación técnica.
Por ejemplo, en el campo se necesitan más técnicos que ingenieros, porque son quienes estarán directamente trabajando en el territorio y transformando las realidades locales. Además, nuestro sistema educativo es muy teórico. Las currículas son iguales para todos los lugares del país, cuando las realidades son muy distintas. No es lo mismo educar en Lima que en la Amazonía.
Deberíamos educar para la vida concreta de cada territorio, para que los jóvenes puedan desarrollar sus proyectos sin sentirse obligados a abandonar sus comunidades.
En este escenario de violencia e incertidumbre, ¿cómo siente que la Iglesia se ha acercado a los jóvenes?
Existe una pastoral juvenil que ha venido fortaleciendo su trabajo. Yo fui presidente de la Comisión de Pastoral de Jóvenes y Laicos de la Conferencia Episcopal, y durante esos años se impulsó un proceso de reavivamiento de la pastoral juvenil.
Eso ha permitido que resurjan grupos de jóvenes en distintas jurisdicciones del país y que se realicen encuentros y asambleas a nivel local, regional y nacional. Dentro de poco se realizará la Jornada Nacional de la Juventud en Chulucanas. Normalmente estos encuentros se realizaban en Lima, pero se decidió descentralizarlos.
En lugares donde he trabajado, como Jaén, he visto cómo los grupos de jóvenes han ido creciendo y organizando acciones concretas para ayudar a personas o comunidades. Incluso lo hacen muchas veces sin necesidad de que un sacerdote esté permanentemente con ellos.
Eso me parece muy positivo, porque fomenta el protagonismo juvenil y el compromiso con sus comunidades.
Hay jóvenes que no se sienten acogidos por la Iglesia, por ejemplo por su orientación sexual o por experiencias de discriminación. Recuerdo una entrevista del papa Francisco con jóvenes muy diversos: si no me equivoco, había una chica lesbiana, un joven musulmán y personas con distintas experiencias de vida. ¿Qué mensaje tendría para quienes se alejaron por sentirse excluidos?
Esa entrevista es maravillosa. La lección que yo vi en ese encuentro es lo que el Papa llama una “Iglesia en salida”. No se trata de salir para imponer una lección, sino para escuchar y caminar con los demás.
El Papa escuchó con respeto y expresó su opinión, pero siempre con cuidado de no imponerla. La idea es hacer camino juntos. En ese camino se produce un proceso de conversión mutua. No es solo el otro quien cambia; también uno cambia al encontrarse con la realidad del otro.La Iglesia debe acercarse a las vulnerabilidades humanas y acompañar procesos, no encerrarse únicamente en certezas doctrinales.
Para cerrar, ¿qué mensaje le gustaría dejar a la juventud trujillana y a los ciudadanos del Perú en este clima de inseguridad, incertidumbre y elecciones?
El papa Francisco siempre decía: “Que nadie les robe la esperanza”.Eso nace de la fe en un Dios que no renuncia a nosotros y que está presente en medio de las circunstancias que vivimos.
Lo que vemos en Jesús es precisamente a alguien que permanece con nosotros pase lo que pase. Esa es la actitud que también estamos llamados a tener: permanecer, acompañar, acoger la realidad de las personas y dejar que esa realidad nos interpele.
Esto nos hace más humanos, más peruanos, más verdaderamente hermanos entre nosotros. No vivimos solo para lo inmediato. Vivimos para algo más grande: para construir humanidad juntos.
El Papa decía también a los jóvenes: “Ustedes son el ahora de Dios”. Es decir, ustedes pueden hacer presente hoy una realidad más justa, acogedora y solidaria. Ahí está nuestra esperanza.
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