
Lo que comenzó como una práctica recreativa terminó por convertirse en uno de los mayores desastres ecológicos registrados en Australia. En 1859, el terrateniente Thomas Austin liberó 13 conejos europeos (Oryctolagus cuniculus) en su propiedad, ubicada en el estado de Victoria, con el propósito de disponer de animales para la caza. Nadie imaginó que esa pequeña población lograría expandirse por casi todo el continente en apenas medio siglo.
En la actualidad, se calcula que cerca de 200 millones de conejos ferales habitan Australia. Su extraordinaria capacidad para adaptarse a distintos ambientes, la ausencia de depredadores naturales y su elevada tasa reproductiva favorecieron una expansión sin precedentes. El resultado fue un fuerte impacto sobre la biodiversidad, la agricultura y los ecosistemas, situación que llevó al gobierno australiano y a la comunidad científica a desarrollar diversas estrategias para contener esta especie invasora.
Una colonia de conejos salvajes en Australia. Foto: Brendan Beirne/Shutterstock
La invasión comenzó cuando el colono Thomas Austin solicitó el envío de 13 conejos europeos silvestres desde Europa y los dejó en libertad en su finca. Aquella decisión permitió que la especie encontrara condiciones ideales para multiplicarse. En 50 años, los animales ocuparon casi todo el territorio australiano, un fenómeno que los especialistas consideran uno de los procesos de expansión más rápidos registrados para un mamífero invasor, según el Museo Nacional de Australia.
Conejos alrededor de un abrevadero en la isla Wardang en 1938. Foto: Wikimedia
El éxito de esta colonización respondió a varios factores. Los conejos hallaron amplias extensiones con suelos aptos para excavar madrigueras y abundantes pastizales para alimentarse. Además, mostraron una gran capacidad para sobrevivir tanto en llanuras como en zonas áridas y desérticas. A ello se sumó una notable velocidad reproductiva: alcanzan la madurez a temprana edad, pueden reproducirse durante todo el año y tienen más de cuatro camadas anuales, con un promedio de entre dos y cinco crías por cada una.
El crecimiento descontrolado de la población transformó a los conejos en una seria amenaza para el ambiente y la economía australiana. El consumo constante de vegetación redujo la cobertura vegetal, favoreció la erosión del suelo y deterioró extensas áreas naturales. Los cultivos agrícolas también sufrieron pérdidas importantes debido a la intensa presión que ejercieron estos animales sobre los campos.
Los efectos no se limitaron a la agricultura. El sobrepastoreo alteró ecosistemas completos y afectó a numerosas especies de flora y fauna autóctonas que dependían de esa vegetación para sobrevivir. Debido a ese impacto, la Environment Protection and Biodiversity Conservation Act 1999, principal legislación ambiental de Australia, identifica los daños ocasionados por los conejos ferales, incluida la degradación del suelo, como un proceso que amenaza la biodiversidad del país.
Las primeras respuestas consistieron en levantar cercas para impedir el avance de los animales hacia las zonas agrícolas. Incluso se construyó una enorme barrera que atravesó Australia Occidental de norte a sur. Sin embargo, esta infraestructura tuvo un efecto limitado, ya que numerosos conejos permanecían dentro del área protegida. Los agricultores también recurrieron a la destrucción de madrigueras, una técnica que todavía se emplea en terrenos accesibles porque reduce los lugares donde la especie se reproduce.
A partir de la década de 1950, Australia apostó por el control biológico. El gobierno liberó conejos infectados con el virus del mixoma, responsable de la mixomatosis, enfermedad exclusiva de esta especie.
"Así comenzó, de forma inadvertida, uno de los grandes experimentos de selección natural realizado a escala continental", describió el científico australiano Peter Kerr. Aunque el virus eliminó millones de animales, con el tiempo surgieron ejemplares resistentes.
Luego apareció el virus de la enfermedad hemorrágica del conejo (RHDV), descrito en la década de 1980. Tras escapar de una instalación de cuarentena en 1995 y autorizarse oficialmente su uso en 1996, consiguió reducir hasta un 90% las poblaciones en las regiones más secas del país. No obstante, los conejos también empezaron a desarrollar resistencia.
Al mismo tiempo, las autoridades recurrieron a sustancias como el fluoroacetato de sodio, además del monóxido de carbono y la fosfina, para fumigar madrigueras. Mientras tanto, los investigadores continúan estudiando variantes más eficaces del RHDV con el objetivo de limitar el impacto de una de las especies invasoras más dañinas de Australia.





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