Científicos soviéticos liberaron cangrejos de hasta dos metros de largo en mares europeos: décadas después, se desató el caos
La introducción de esta especie impulsó la industria pesquera, pero también transformó el fondo marino y afectó el ecosistema.
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En la década de 1960, unos científicos soviéticos introdujeron el cangrejo real rojo en el mar de Barents, entre Rusia y Noruega. Desde entonces, estos crustáceos se extendieron con rapidez en esas aguas y alteraron los hábitats marinos locales. La especie puede alcanzar una envergadura de casi dos metros (1,8 metros) y se caracteriza por un caparazón pesado y espinoso.
El animal es considerado un manjar muy apreciado en el mercado de mariscos. Sin embargo, en la naturaleza su función es completamente diferente: se alimenta de organismos que viven en el lecho marino y genera un fuerte impacto en los ecosistemas.

El cangrejo real es conocido por su gran envergadura. Foto: EFE
¿Por qué introdujeron al cangrejo real en aguas europeas?
Los soviéticos transportaron a estas enormes criaturas desde su hábitat natural en el océano Pacífico norte y las liberaron en el mar de Barents, según el estudio publicado en Scientific Review. El objetivo era establecer una industria pesquera nueva y rentable que proporcionara una fuente constante de productos marinos y estimulara el desarrollo de la economía costera.

Huevos de una hembra de cangrejo real rojo. Cada hembra, con una esperanza de vida de hasta 30 años, pone entre 400.000 y 500.000 huevos. Foto: Eric Keto
Al principio, el plan parecía funcionar. Los cangrejos se adaptaron bien a su nuevo entorno y contribuyeron al desarrollo de una pesquería comercial. Sin embargo, lograron apoderarse de ese territorio.
Un estudio señala que, si bien el cangrejo real rojo aporta importantes beneficios, su gran tamaño, elevada movilidad y ausencia de depredadores naturales le permitieron extenderse desde la zona donde fue liberado hasta las aguas costeras rusas y noruegas.
¿Cómo afectan los cangrejos reales al lecho marino?
Los estudios destacan que estos crustáceos son omnívoros oportunistas que se alimentan en el fondo marino. En resumen, no son quisquillosos con la comida y comen prácticamente cualquier cosa que encuentren. Cuando miles de ellos atraviesan una zona, prácticamente la arrasan, pues se alimentan de organismos de gran tamaño como mejillones, estrellas de mar y diversos bivalvos autóctonos.
Este tipo de dieta se asocia con una reducción de la diversidad y la biomasa de los organismos que habitan en el ecosistema de las zonas más afectadas. Los investigadores explican que muchas especies nativas de movimientos lentos, presa frecuente de los cangrejos, constituyen en realidad la base estructural de los hábitats locales.
Cuando estos organismos son eliminados en masa, toda la estructura del lecho marino cambia y deja un entorno más pobre y menos diverso, que difícilmente puede sostener la compleja red de vida que alguna vez prosperó allí.
En busca del equilibrio
La introducción del cangrejo gigante ha generado un complejo dilema socioeconómico para las comunidades costeras de Noruega y Rusia. Por un lado, esta especie se ha convertido en una fuente indispensable de empleo y altos ingresos gracias a su gran valor en el mercado mundial. Por otro, representa un grave problema para la pesca tradicional, ya que sus enormes dimensiones provocan costosos daños al enredarse en las redes y devorar las capturas de especies nativas antes de que lleguen a la superficie.
Para hacer frente a este conflicto ecológico y económico, ambos países han implementado una estrategia de gestión dual según la sensibilidad de cada zona. En el sector central y oriental del mar de Barents, el crustáceo está protegido mediante estrictas cuotas de pesca para asegurar su explotación comercial. En contraste, hacia las aguas del oeste noruego, la actividad se ha liberalizado por completo y se fomenta una pesca intensiva sin restricciones con el fin de crear una barrera biológica que frene su expansión.
Esta situación evidencia que la erradicación total de una especie invasora en alta mar es prácticamente imposible una vez que se ha establecido. Por ello, las instituciones centran sus esfuerzos en controlar su abundancia y planificar su captura. El caso demuestra que las intervenciones humanas en la naturaleza, incluso cuando persiguen objetivos económicos, pueden ocasionar consecuencias permanentes que exigen vigilancia durante generaciones.























