
En agosto del año pasado, un grupo de científicos llevó a cabo un experimento innovador en el océano Atlántico. A unos 80 kilómetros de la costa de Massachusetts, vertieron 65 000 litros de hidróxido de sodio en el mar, una sustancia alcalina que fue teñida de rojo para seguir su dispersión. La investigación busca enfrentar el calentamiento global y la acidificación de las aguas.
El ensayo, conocido como proyecto Loc-Ness, fue liderado por el oceanógrafo Adam Subhas. Aunque los resultados aún no han pasado por revisión científica independiente, los primeros datos sugieren que esta intervención podría aumentar la capacidad de los mares para capturar dióxido de carbono (CO2), uno de los principales gases responsables del cambio climático.
El trabajo consistió en liberar una solución alcalina en una zona del golfo de Maine, un área donde se desarrollan actividades pesqueras de especies como bacalao, eglefino y langosta. Para monitorear el comportamiento del químico, el equipo utilizó tecnología avanzada, entre ella vehículos submarinos autónomos, sensores instalados en embarcaciones y planeadores oceánicos capaces de seguir la trayectoria de la sustancia.
Buques de investigación participaron en un ensayo ambiental sobre el aumento de la alcalinidad oceánica. Foto: Sebastian Zeck / The Guardian
Durante cinco días, los investigadores analizaron cómo se dispersaba el hidróxido de sodio y qué efectos generaba en el entorno. Los resultados iniciales indican que las aguas absorbieron hasta 10 toneladas de carbono en ese periodo. Además, el nivel de pH aumentó de 7,95 a 8,3, un cambio que acerca las condiciones actuales a las registradas antes de la industrialización.
El equipo no detectó daños significativos en organismos pequeños, como el plancton o las larvas de peces y langostas. Sin embargo, el estudio no evaluó el impacto en especies adultas ni en mamíferos marinos, lo que deja abiertas varias interrogantes sobre sus efectos a largo plazo.
La estrategia se basa en un proceso conocido como mejora de la alcalinidad del océano. En términos simples, consiste en aumentar la capacidad natural del agua marina para capturar CO2 de la atmósfera. El mar ya almacena enormes cantidades en formas similares al bicarbonato de sodio que se usa en la vida cotidiana.
Evaluación de la eficacia y los impactos ambientales del aumento de la alcalinidad oceánica. Foto: Maine Coast Fishermen’s
Al añadir una sustancia alcalina, como el hidróxido de sodio, se incrementa la absorción. Según explicó Subhas, “el océano ya es increíblemente alcalino y contiene alrededor de 38.000 millones de toneladas de carbono en forma disuelta”. La intervención busca potenciar este mecanismo natural, pero a una escala más rápida que la que ocurre en procesos geológicos.
En teoría, si se aplica en grandes extensiones y se combina con una reducción de emisiones, esta técnica podría ayudar a evitar que la temperatura global supere los 2 °C respecto a niveles preindustriales. Además, la disminución de la acidez podría beneficiar a especies sensibles, como los corales y algunos moluscos.
El equipo estima que, en el mejor escenario, la zona intervenida podría absorber hasta 50 toneladas de dióxido de carbono en un año. Aunque la cifra parece baja, representa un primer paso en una línea de investigación que busca escalar su impacto.
El uso de sustancias químicas en el océano genera preocupación entre expertos y organizaciones ambientales. Benjamin Day, integrante de Friends of the Earth, expresó su inquietud por los posibles efectos de esta tecnología. “Existe un riesgo de consecuencias imprevistas que podrían ser graves si se aplica a gran escala”, advirtió en The Guardian.
Otra preocupación se centra en el interés de empresas privadas que ven en esta técnica una oportunidad para generar créditos de carbono. Estos instrumentos permiten a compañías compensar sus emisiones, lo que abre el debate sobre si estas soluciones podrían utilizarse para justificar la continuidad de actividades contaminantes.
A nivel local, pescadores y comunidades costeras también han manifestado dudas. Aunque algunos colaboraron con los científicos durante el experimento, temen que este tipo de proyectos sirva como puerta de entrada para iniciativas comerciales más amplias sin suficiente regulación.
Por su parte, otros especialistas sostienen que la humanidad ya altera el clima de forma masiva y sin control. En ese contexto, consideran necesario explorar alternativas que permitan gestionar ese impacto. “Cada año liberamos CO₂ a la atmósfera y gran parte termina en el océano. La pregunta es si podemos manejar ese proceso de forma más responsable”, señaló el experto Phil Renforth.





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