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Política

Alfonso Ramos Alva, in memóriam

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Por Antonio Flores Ronceros

Antonio Flores Ronceros.

Hasta con su muerte nos aleccionó, porque su partida no solo nos envolvió en ese insoportable dolor del alma por el hermano perdido sino que, además, el magisterio enorme de sus calidades de hombre bueno y aprista puro y sincero de Alfonso Ramos Alva nos convence ahora de que ese dolor es la ironía que nos hace entender la vida de seres que, como él, prefirieron la sencillez como blasón de autenticidad y el silencio prudente, casi humilde, como la evidencia de una existencia que estuvo encaminada por los senderos de la verdad.

Alfonso no tuvo una despedida con las grandes multitudes que tiñen las calles de estridencia e histeria colectivas. Alfonso se fue acompañado sólo con la admiración, la fidelidad y el amor de un grupo de amigos y compañeros. Como se han despedido los grandes honestos del mundo. Los que compartimos intensos –y por ello hermosos– momentos de lucha política por el imperio de la verdad y la decencia en el Perú, sabemos que lo dicho es justo y preciso para la dimensión del recuerdo por Alfonso. Esa actitud, diría, fue la prosecución de la ilusión de cuando fuimos niños, siempre pensando que los buenos les ganarían a los malos y que los débiles reirían al final.

Alfonso más pareció un aprista desgajado de las canteras fundacionales de comienzos de la década del 20 del siglo que pasó. Esa generación a la que los militantes de ahora le debemos todo. El compañero Alfonso Ramos Alva jamás disfrazó sus sentimientos, ni engoló su voz para expresar su opinión, su sincera opinión, le duela a quien le duela, le moleste a quien le moleste. Lo veo fundamentando el derecho a la insurgencia en la Constituyente del 79, mientras que los sectores reaccionarios del país se mordían las uñas de rabia y de miedo, porque entre otras cosas se le daba posibilidad al pueblo para luchar contra cualquier espadón, de los tantos que la historia contempla avergonzada.

Tuvo, pues, el comportamiento de los auténticos, de los que vivieron sin especulaciones y sin la expectativa de la pitanza; detestando el engaño y todo tipo de pellejerías y sinecuras. Fue un verdadero luchador social, que exhibió una reserva de sus fuerzas físicas y morales con una mística tal que en mucho nos hizo recordar y añorar al siempre llorado Ramiro Prialé, al íntegro Carlos Manuel Cox, al combatiente Luis Felipe de las Casas y un poco más atrás a Manuel Arévalo y a Negreiros mártir.

Muchos compañeros jóvenes ignoran el papel extraordinario que cumplió esa promoción a la que perteneció Alfonso y que se incorporó al partido a mediados de los años 50. Hombres y mujeres, la mayoría adolescentes, emprendieron la enorme y hermosa tarea de reconstruir la organización partidaria que casi había destruido la dictadura del ochenio y sostener la democracia que se alcanzó gracias al desprendimiento, la decisión y la grandeza de los luchadores del partido que supieron desplazar a segundo plano a aquellos que generalmente prevalecen alrededor de la familia y los seres queridos.

Los que aquí quedamos no por mucho tiempo, todavía con entusiasmo añejo y fe renovada, seguiremos bregando, sin que nos importe el lugar ni los riesgos, porque nuestro compromiso es con Víctor Raúl, con nuestros mártires y con la historia. Y con hombres como Alfonso Ramos Alva, quienes hasta muertos nos guiarán con la sabiduría y grandeza que hoy fraternamente agradecemos.