¿Fue Alberto Fujimori un feminista?
“Es de justicia visibilizarlas al margen de sus posturas políticas: más mujeres deben estar en el Congreso”
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A propósito de la efímera presidencia de Mercedes Aráoz, recordemos. En 1995 la fujimorista Martha Chávez fue elegida presidenta del Congreso: por primera vez una mujer ocupaba dicho cargo en la historia del país. Cinco años después, en los estertores del régimen, cuatro mujeres del oficialismo integraron esa Mesa Directiva, también una situación inédita. ¿Era Alberto Fujimori un feminista encubierto?
La historiadora Cecilia Blondet reseñó algunas de las cuestiones que podrían haberle valido al dictador ese calificativo1. Un paquete de leyes, entre ellas la Ley de Cuotas, fue promovida por sus congresistas, así como la creación del hoy Ministerio de la Mujer. Fujimori fue el único presidente que asistió a la Conferencia de la Mujer de la ONU (Pekín 1995), recibiendo aplausos atronadores de las feministas que estaban en el foro, cuando anunció que las peruanas ya no necesitarían el consentimiento de sus parejas para ligarse las trompas (todos sabemos lo que sucedió después).
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En la década de Fujimori, asegura la investigadora, las mujeres adquirieron presencia pública pero en un escenario de instituciones frágiles, censura y corrupción. Las de sectores populares fueron cooptadas o presionadas para asistir a sus mítines bajo amenaza de quedarse sin la asistencia alimentaria. Otras recibieron Ministerios y altos cargos en organismos públicos; cómo olvidar a la ahora exconvicta Blanca Nélida Colán, Fiscal de la Nación. No todas las mujeres que revolotearon alrededor de Fujimori eran iguales. Blondet identifica al grupo de las regias, administradoras, abogadas, profesionales de sectores altos limeños. Las políticas, incondicionales al mandatario. Las orientales, para no olvidar el apelativo de geishas que ganaron, por ejemplo, dos reporteras de TV que en una memorable foto en un hotel de Londres, descansaban en la cama del presidente. Y finalmente, las intelectuales: funcionarias de ONG que confluyeron con la dirigencia fujimorista para la asesoría en políticas públicas.
A finales de los años 90, cuando las discrepancias entre feministas se sustentaban con argumentos y no con agravios, la discusión sobre si colaborar o no con el régimen fue intensa. Mientras unas rechazaban cualquier coincidencia con un gobierno infecto y violador de DDHH, otras sostenían que, pese a ello, era casi un deber moral apuntalar leyes en beneficio de las mujeres. Un debate inacabado si recordamos la polvareda mediática del abrazo entre Luz Salgado y Marisa Glave -ambas en las antípodas de la política partidaria- celebrando hace pocas semanas la aprobación de la paridad y alternancia en las cuotas electorales.
Gatillado por el comentario de una feminista sobre que era mejor “cuatro mujeres autoritarias que cuatro hombres autoritarios” en esa Mesa Directiva del Congreso del 2000, Virginia Vargas publicó un ensayo que no pierde su vigencia: al reflexionar sobre las trampas de la representación en el gobierno de Fujimori, deslinda entre una representación identitaria -las mujeres, por serlo- y una representación de intereses2. Porque es de justicia visibilizarlas al margen de sus posturas políticas: más mujeres deberían estar en el Congreso y las mesas redondas y paneles, en entrevistas a expertos, en los recuentos de notables. Aunque, a veces, puede haber un cierto traslape entre el accidente biológico de ser mujer -igual que muchas impresentables- y con quiénes nos aliamos para ampliar derechos y preservar nuestra autonomía, la personal y la política.























