Aprendizaje y miedo
“Un sentimiento de ‘que se vayan todos’ puede convertirse en un ‘a las urnas’ humilde y recatado”.
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Somos cuidadosos los peruanos del siglo XXI. Vemos a los grupos de poder operar como mafias, somos testigos de su inmoralidad, pero nos conformamos con un modestísimo y sistémico adelanto de elecciones. Lo mínimo, la conversión de una resistencia en un procedimiento técnico.
Somos cuidadosos, quizá porque la violencia marca nuestra historia reciente. Y porque ese pasado traumático se usa para estigmatizar el reclamo. Aprendemos el miedo y el desapego. Y en ese marco se propicia la inmovilidad ante el agravio, y la indiferencia ante lo público.
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Somos pues, conservadores. Cuidamos lo que tenemos porque hemos visto el horror. Pero, ¿qué tenemos? La mayoría, solo una promesa de bienestar. Una serie de rutas aisladas, individualistas, rutinarias. Se nos programa y celebra: serán emprendedores. Responsables personales de su éxito y fracaso.
Vivimos culpabilizados. Tenemos el país que merecemos. Difícil fundar desde esta debilidad una indignación justa, un valor de lo público. Pero nada es tan determinante. Igual, por años, la gente ha protestado contra aquello que excede cierto umbral. Como el fujimorismo, que sobrepasa el umbral de la convivencia razonable.
Sin embargo, no deja de ser interesante como un sentimiento de “que se vayan todos” puede convertirse en un “a las urnas”, humilde y recatado. Y quizá se trate de aprendizajes. Sospecho que también se trata del hábito del miedo. Pero está bien. No es fácil protestar desde la soledad. Y, sin embargo, lo hacemos.



















