Intenso drama sobre el racismo: “Detroit” de Kathryn Bigelow
La directora norteamericana Kathryn Bigelow y una película que pone en discusión un tema que saca roncha en Estados Unidos. A casi diez años de su estreno, este proyecto sigue vigente. Imprescindible.
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Si una característica apreciamos de la directora norteamericana Kathryn Bigelow, es su solidez como narradora visual a razón de su férreo y genuino compromiso político e ideológico. Lo que muchos cineastas no denuncian bajo el pretexto de la integridad artística, Bigelow lo lleva a cabo, sabiendo que su postura le puede generar no pocos problemas, sean legales e incluso comerciales en la industria a la que pertenece. Al respecto, recordemos lo que ocurrió con sus películas The Hurt Locker/ Zona de miedo (2008) y Zero Dark Thirty/ La noche más oscura (2012), enfocadas en los conflictos bélicos de Medio Oriente.
Detroit (2017) cursa el mismo sendero crítico de los dos mencionados trabajos; se diferencia de ellos en cuanto a su representación inmediata, puesto que está ambientada en 1967 (25 de julio), en un contexto convulso que hundió a la ciudad de Detroit en un fuego cruzado a razón de la violación de derechos civiles que sufría la comunidad negra por obra de las fuerzas del orden (policía y ejército, ergo los blancos). En este sentido, Bigelow nos ofrece, en los primeros minutos, una presentación histórica de la situación de los negros en Estados Unidos hasta ubicar al espectador en el argumento a desarrollar.
Se nos muestran todos los insumos que nos permiten especular sobre una película coral, impresión inevitable a cuenta del desorden urbano originado por una comunidad indignada por los abusos y la falta de empleo, situación que se agrava cuando se declara a la ciudad en estado de emergencia. En este laberinto social, Bigelow enfoca su historia en los integrantes de la agrupación musical The Dramatics, quienes encuentran su esperada oportunidad de grabación al enterarse de que los productores/buscatalentos de Motown estarán en el espectáculo en el que participarán. El más entusiasmado con este trampolín a la fama es su cantante principal, Larry Reed (Algee Smith); sin embargo, la organización del evento es avisada de que los desmanes se vienen desarrollando cerca del teatro y que, por orden policial, los asistentes deben regresar a sus casas.

Kathryn Bigelow. Foto: Difusión.
Con los ánimos por los suelos, The Dramatics acepta su destino. Sin embargo, Reed junto a su amigo Fred Temple (Jacob Latimore) deciden compensar en algo la frustración, buscando consuelo al paso ante lo evidente: no volverán a tener semejante oportunidad. En este sendero a la caza de mujeres, Reed y Temple se ven envueltos en un confuso incidente en Algiers Motel, el espacio en donde se funden todas las críticas y metáforas que Bigelow busca con su película. Hasta ese momento, la directora tenía la mirada puesta en el conflicto de la ciudad, riesgo que la llevó a una ineludible relación de hombre blanco malo y hombre/mujer negro(a) víctima; y ahora, con los protagonistas ya definidos como Reed y Temple, a los que se suman el guardia privado negro Melvin Dismukes (John Boyega) y los oficiales policiales comandados por Philip Krauss (Will Poulter), Bigelow eleva la metáfora de su denuncia. No solo asistimos a una serie de atropellos hacia los negros que estaban en el motel, sino que la insania de los policías se enciende cuando encuentran a dos chicas blancas con un negro en una de las habitaciones. Los policías asumen el escenario como un atentado a su masculinidad.
La tortura y humillación que viven los desafortunados huéspedes del motel pone en bandeja los circuitos emocionales que le interesaba mostrar a Bigelow: los niveles de degradación del que puede ser capaz el hombre déspota. Estos son los momentos mayores de la película, en los que no solo vemos cuotas de crueldad, sino también ironía y humor, en una mezcla de recursos que la directora administra con cuidada perfección, sabiendo del riesgo que supone su puesta en escena en secuencias marcadas precisamente por la violencia.
Gracias al guion de Mark Boal, con quien Bigelow trabajó para Zona de miedo y La noche más oscura, no solo se testimonian los vejámenes racistas de hace medio siglo en esta referente ciudad industrial de Estados Unidos, sino que su lectura se justifica a la fecha, mediante la vigencia de su señalamiento principal: el fracaso de los discursos contra el racismo, con mayor razón cuando la justicia deviene en colaboradora de ese fracaso.
Si bien en los tramos finales se resiente la película a razón de un obligado orden de cosas, por ejemplo, la decisión de Reed de cambiar su vida, lo cual edulcora el mensaje de Bigelow, Detroit es un documento imprescindible, no solo como aparato estético, sino del mismo modo como punto de discusión sobre un tema (el racismo) que tendría que combatirse con todas las armas discursivas y legales posibles.
La crítica ha indicado el lazo de Detroit con Malcolm X (1992) de Spike Lee. Estamos de acuerdo, pero no olvidemos otro trabajo, asimismo de época, que consideramos una obra maestra, que Bigelow pudo tener en su radar: Mississippi Burning (1988) de Alan Parker.
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