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Opinión

De reversa, por Paula Távara

“Se hace necesario, para quienes aún creemos en el progreso, proponer estrategias para incorporar a más ciudadanas y ciudadanos a una apuesta por él”.

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“Se hace necesario, para quienes aún creemos en el progreso, proponer estrategias para incorporar a más ciudadanas y ciudadanos a una apuesta por él”.

Por regla general tendemos a pensar que la vida y el progreso se dan de forma “lineal”, que la humanidad no ha hecho más que evolucionar y nuestra tecnología, cultura y otros constructos sociales lo han hecho a la par.

Nada más lejos de la realidad, como lo demuestra la propia historia de la humanidad. Hace no mucho tiempo, el hallazgo del llamado ‘Niño de Lapedo’, en Portugal, nos permitió confirmar que —contrariamente a la teoría evolutiva que imperaba— neandertales y humanos modernos convivieron durante 10.000 años en Europa. Y no solo convivieron, sino que se apareaban y reproducían.

Similar ha sido la historia más ‘moderna’ de nuestras sociedades. Dos pasos adelante, uno atrás. Dos adelante, tres atrás. De periodos democráticos incipientes a férreos periodos dictatoriales, a nuevos periodos democráticos y nuevamente al autoritarismo. De la hambruna al auge de la industrialización, a la crisis financiera y vuelta a empezar.

Las sociedades modernas, eso sí, hemos puesto horizontes al desarrollo y progreso de las sociedades, que se han convertido en aspiraciones de progreso.

Así, la gran mayoría de las sociedades modernas occidentales —entre las que solemos intentar contarnos— construyeron crecimiento económico, desarrollo industrial y progreso social a la vez que afirmaron entre sus principios un cierto nivel de democracia representativa, la protección de los derechos humanos, la predilección por la paz y la preeminencia de Estados laicos, entre otros.

Pero, como ya hemos dicho, la historia no es lineal y hay quienes se resisten a apostar por el avance y la evolución y emplean diversos mecanismos, incluido el poder político, para tratar de jalar hacia atrás la evolución. Antes fueron los denominados “conservadores”, pero incluso quienes se denominaban de aquella forma compartían mínimos de convivencia social y avance para las sociedades.

Hoy hablamos más bien de “antiprogresistas”, organizaciones y personas cuya mirada no es siquiera la del mantenimiento de determinados valores clásicos, sino la del ataque a diversas formas de avance de nuestras sociedades, a veces por principios y a veces por intereses particulares de poder. Ese “antiprogresismo” ha cobrado fuerza en las últimas décadas en el mundo y, en el Perú, tiene rostros que mezclan organizaciones religiosas, espacio en medios masivos de comunicación y poder político institucional.

Esos rostros celebran esta semana la que pretenden sea un tirón más hacia atrás en el progreso de nuestra sociedad: el cierre del Lugar de la Memoria, espacio de memoria y de reflexión sobre los grandes problemas de fondo de nuestro país. Problemas que no quieren afrontar quienes se arrogan el nombre de renovadores porque en realidad significa cuestionar sus privilegios y dogmas medievales.

Llevan ya tiempo intentando llevarnos de reversa golpeando la poquita democracia que habíamos logrado construir (que requiere, que duda cabe, su revisión y transformación, más no su demolición), pretendiendo arrasar con los derechos y libertades que mujeres, poblaciones indígenas y colectivos LGTBI+ han ido alcanzando y, ahora, cargando también con nuestra historia.

Se hace necesario, para quienes aún creemos en el progreso, proponer estrategias para incorporar a más ciudadanas y ciudadanos a una apuesta por él. Para ello, necesitamos poner la vista no solo en el avance “hacia adelante”, sino en la ampliación hacia los lados, es decir, incorporar las apuestas de las diversas identidades que conforman nuestra sociedad, ampliando libertades y derechos, al tiempo que construimos una muralla de sectores más vastos para su defensa.

A los supuestos renovadores solo me queda recordarles que el medioevo llegó un día a su fin, el renacimiento cobró fuerza y sus colores permitieron retomar la senda de la evolución. Tomen nota, no hay renovación desde lo medieval.

“Se hace necesario, para quienes aún creemos en el progreso, proponer estrategias para incorporar a más ciudadanas y ciudadanos a una apuesta por él”. Foto: difusión

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