Ad portas de un nuevo proceso electoral, el Perú vuelve a enfrentarse a una prueba que va más allá de las urnas. Se trata de decidir qué tipo de convivencia democrática estamos dispuestos a sostener mientras debatimos el rumbo del país.
En ese marco, resulta especialmente preocupante que el candidato presidencial de Renovación Popular, Rafael López Aliaga, haya optado por atacar al periodista Ángel Páez, de esta casa editorial. El acto ocurre luego de que este investigara y publicara información sobre una deuda tributaria con la SUNAT.
Lejos de ofrecer explicaciones claras o presentar documentación que despeje las dudas de los ciudadanos, el candidato respondió con descalificaciones personales y amenazas judiciales, incluso “no perdonando la vida” al sr. Paez.
En los últimos años, el debate público en el país ha ido degradándose hasta confundirse con la agresión. La discrepancia legítima ha sido reemplazada por la descalificación, y el adversario político ha pasado a ser tratado como enemigo. Esta lógica es incentivada por liderazgos que quieren convertir el insulto en estrategia, la mentira en recurso y la polarización en capital político.
Sin embargo, su eficacia depende, en última instancia, de que como ciudadanos la acepten y la reproduzcan.
Discutir en democracia no implica renunciar a las convicciones ni diluir las diferencias. Implica, más bien, reconocer límites éticos anteriores como evitar la pretención de eliminación de quién denuncia, porque es sabido que es la ruta directa para formas fascistas de ejercer el poder.
En ese sentido, cuidar la democracia en cómo discutimos exige resistir la tentación de reducir la política a consignas o a identidades cerradas que no admiten matices.
Este cuidado no es una tarea exclusivamente individual. Todos los peruanos y especialmente los candidatos presidenciales, pues tienen una responsabilidad mayor.
El proceso electoral que se avecina pondrá a prueba nuestra capacidad de sostener el desacuerdo sin romper la convivencia.
Por eso conviene recordar algo elemental: el futuro político del país no depende únicamente de quién gane, sino de cómo decidimos transitar el debate. Cuidar la democracia implica también cuidar el lenguaje, los gestos y las prácticas con las que enfrentamos a quienes piensan distinto. Por eso, la solidaridad entera de La República al señor Angel Paéz y nuestra preocupación serena ante expresiones que invitan a cuidar con mayor celo el clima democrático y respeto mínimo en una sociedad civilizada.