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-“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.
Habíamos comenzado la clase sobre Pedro Páramo. No me imaginaba que la ficción de la obra de Juan Rulfo fuera a invadir el salón.
Alguien me decía desde la ventanilla de la puerta.
-Quiero llevarme a un alumno suyo. Es mexicano y se llama Alejandro Aurazo (el nombre no es el real) -dijo el hombre de la chapa.
Siempre cerraba con seguro la puerta de mi salón de clase un minuto después de la hora para evitar alumnos inexactos que pretenden llegar tarde. Sin embargo, ese día, a las 5:04 p.m., alguien había golpeado con los nudillos la puerta e insistió tantas veces que abrí la ventanilla para saber quién llamaba. Eran dos hombres. Uno se identificó como empleado de la universidad. El otro me mostró la chapa de agente policial y agregó:
-Sospechamos que no tiene los papeles en regla. Tal vez es ilegal, y quiero llevarlo para que responda algunas preguntas.
-Mis alumnos no son legales ni ilegales. Son seres humanos -le respondí, pero como sabía que no iba a comprenderme, le pregunté:
-¿Tiene usted la orden escrita de algún juez competente?
-¿Orden escrita? -el hombre sonrió. Me respondió que no la tenía, pero que valoraría mucho mi colaboración. Mi colaboración consistiría en que delatara o entregara a un ser humano, y eso es algo que nunca he hecho en mi vida.
-Les ruego retirarse –contesté-. Soy un catedrático universitario, y no un agente policial.
Cerré la ventanilla y volví al tema de nuestra clase.
-“Y abrí la boca para que se fuera (mi alma). Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón” -eso dijo Dorotea.
Mis alumnos habían escuchado el diálogo con el agente policial, pero no hicieron comentarios. Uno de los muchachos levantó la mano y me preguntó:
-¿Sería posible que nos quedáramos hablando una hora más? ¿O dos? El tema de Rulfo nos interesa mucho y podríamos dejar otras clases para escucharlo.

Juan Rulfo. Imagen: Difusión.
Acepté. El reloj marcó las seis y luego las siete y por fin las ocho. Era evidente que los dos intrusos esperaban a la puerta y que mis alumnos querían cansarlos. Nunca me he sentido más orgulloso de ellos. Nos sumergimos en una clase de nunca acabar.
-“Pero ¿por qué las mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo, o qué?”.
-“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo”.
Solamente terminamos la clase cuando estuvimos seguros de que no había moros en la costa.
Más tarde, Alejandro me llamó por teléfono para agradecerme. Me explicó que no tenía una visa, pero que estaba luchando por conseguirla y que aspiraba a tener un grado universitario.
-No me lo agradezcas, Alejandro -le respondí-. Es normal lo que hice. No puedo dejar de ser consecuente en este momento de mi vida. Pero, eso sí, ¿tienes una novia gringuita? Cásate pronto con ella, y soluciona tu problema.
Dos semanas más tarde, Alejandro fue a mi oficina a buscarme para decirme que ya no iba a tener problemas con sus papeles.
-¿Te casaste? Deberías habernos invitado.
-No me he casado, profesor. Me he enrolado en la Guardia Nacional. Voy a entrenar y, dentro de seis meses, me enviarán a Afganistán.
-¿Afganistán?… Pero eso es la guerra. Hay muchas posibilidades de que regreses muerto. ¿No habría sido más fácil que te casaras?
-No, profesor –respondió-. ¡El matrimonio! ¡Eso dura…!
Esa respuesta es lo único gracioso de esta historia.
La recordé porque acabo de leer una noticia sobre el valioso impacto económico que significaría para Estados Unidos legalizar la inmigración en vez de perseguirlas. Sus primeros resultados consistirían en levantar los salarios, incrementar el consumo, crear puestos de trabajo y generar un inmenso ingreso fiscal.
Mientras tanto, habrá otros Alejandros. Y los catedráticos de español tendremos que seguir revisando los libros de Juan Rulfo:
-“El pecado no es bueno, y para acabar con él, hay que ser duro y despiadado” -predicó el señor cura de Contla.
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