
En la aldea de Mururata, a 111 kilómetros de La Paz, Julio Pinedo, conocido como Julio I, ejerce su reinado sobre una comunidad de 27.000 afrobolivianos. Su figura es reconocida oficialmente por el gobierno boliviano y la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, lo que resalta la importancia de su legado cultural.
El linaje de Julio Pinedo, un rey afroboliviano, se remonta a Uchicho, su antepasado, quien fue capturado en África y traído como esclavo al continente americano. Su historia, marcada por la resistencia y la identidad cultural, se entrelaza con la realidad de una monarquía simbólica en Bolivia.
El rey Julio I sostiene en sus manos la carta de libertad de su abuelo, el rey Bonifacio I, fallecido en 1954. Foto: Susana Girón
Uchicho, el primer antepasado de Julio Pinedo, fue capturado en su aldea entre Senegal y el Congo en 1820. Su viaje a América estuvo marcado por la brutalidad de la trata de esclavos, donde lo despojaron de su libertad y lo llevaron a Lima, Perú. A pesar de las adversidades, Uchicho sobrevivió y se convirtió en un símbolo de resistencia, reconocido por otros esclavos africanos en Bolivia como un rey.
Durante su tiempo como esclavo en el Virreinato del Perú, Uchicho sufrió innumerables torturas, incluidas agresiones físicas como machetazos y trabajos forzados en las mina de oro y plata. Esto evidenció la crueldad de la esclavitud de la época.
Más tarde, fue llevado a las minas de Potosí y posteriormente vendido al marqués de Pinedo para trabajar en su hacienda agrícola en Mururata, Bolivia. Doce años después, mientras se lavaba en el río, otros esclavos africanos lo identificaron al reconocer las marcas y diseños únicos en su torso, características de la realeza tribal.
La aldea de Mururata, donde reside Julio I, es un lugar que evoca la magia del realismo iberoamericano. A pesar de no ser un reino en el sentido tradicional, la comunidad afroboliviana mantiene viva la historia de su linaje. Julio Pinedo, agricultor de café y cacao, vive modestamente, pero su papel como rey resulta fundamental para la cohesión de su comunidad.
Julio Pinedo fue coronado como rey en 1992 y oficialmente en 2007. A sus 83 años, continúa trabajando en sus cultivos y gestiona su pequeña tienda. Su reinado es simbólico, sin asignación económica, pero su figura representa la historia y la cultura afroboliviana. La labor de mediador en conflictos comunitarios y la representación de su legado cultural forman parte de su día a día.
La Casa Real Afroboliviana, aunque simbólica, tiene un profundo significado para la comunidad. La historia de Julio I se entrelaza con la de su abuelo, Bonifacio I, quien fue un líder respetado en su tiempo. La coronación de Julio Pinedo marcó un renacer de la monarquía afroboliviana, y su legado se perpetuará con el príncipe Rolando, su sobrino, quien será el primer monarca con estudios universitarios.
El reconocimiento oficial de Julio I por parte del Estado boliviano y la Unesco subraya la importancia de su figura en la historia de Bolivia. Su labor como autoridad moral y representante de la diversidad cultural es un testimonio de la resistencia y la identidad afroboliviana. La historia de Julio Pinedo es un recordatorio de que, a pesar de las adversidades, la cultura y la identidad pueden perdurar a través de generaciones.
Los afrobolivianos son una de las tantas comunidades de afrodescendientes dispersas alrededor del mundo. Foto: BBC
Según el último censo boliviano de 2012, más de 23.000 personas se identifican como afrobolivianos. Pero teniendo en cuenta a las personas cuyo origen es mixto, ese número probablemente sea más de 40.000, según Jorge Medina.
Las comunidades afrobolivianas tradicionalmente se encuentran en las provincias Nor Yungas, Sur Yungas, Inquisivi, Caranavi y Larecaja, en el Departamento de La Paz.
La población afroboliviana tiene una herencia cultural única, derivada de los esclavizados africanos traídos a Bolivia durante la colonia para trabajar en las minas de Potosí y luego en las plantaciones de los Yungas. Con el tiempo, estas comunidades desarrollaron tradiciones distintivas que incluyen música, danza (como la saya afroboliviana) y festividades que destacan su identidad cultural.





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