
Durante siete milenios, grupos humanos que habitaron la región meridional de Arabia desarrollaron una forma de arquitectura monumental que trascendía lo simbólico. Nuevas investigaciones demuestran que estos monumentos antiguos en Arabia fueron más que estructuras: eran una verdadera tecnología ancestral que permitió a los pastores del desierto adaptarse a los extremos del entorno y mantenerse conectados como sociedad.
Publicado en la revista PLOS One, el estudio de la antropóloga Joy McCorriston, de la Universidad Estatal de Ohio, analizó 371 estructuras megalíticas ubicadas en la región árida de Dhofar, en el actual Omán. Las dataciones abarcan desde hace 7.500 hasta 750 años antes del presente, en una cronología que atraviesa el período húmedo del Holoceno y culmina en la Edad de Piedra en Arabia, cuando la desertificación marcó drásticamente el paisaje.
Ejemplos de los principales tipos de monumentos (por frecuencia) de Dhofar. Foto: Plos one
En sus fases más antiguas, cuando el clima aún era húmedo, estas construcciones —principalmente plataformas megalíticas— se edificaban en un solo esfuerzo colectivo. Eran obras que requerían fuerza y coordinación: levantar algunas de las piedras más grandes implicaba la participación de al menos siete personas, según los investigadores.
Fig. 3. Ubicación de monumentos, transectos de estudio, caminos principales y manantiales en Dhofar. Foto: PLOS Onehofar. Foto: Plos one
Estas plataformas no solo cumplían funciones rituales, sino que permitían a los grupos congregarse, celebrar sacrificios, intercambiar bienes y renovar lazos comunitarios. "Eran auténticas tecnologías de cohesión social, diseñadas para funcionar en entornos variables y sostener la resiliencia climática antigua", afirma McCorriston.
Conforme el clima se volvió más seco, los grupos humanos comenzaron a dispersarse. Aun así, conservaron la práctica de levantar monumentos, aunque en formas más modestas y con técnicas que se ajustaban a su nueva realidad nómada.
Los arqueólogos observaron que los cambios en el volumen y disposición de las piedras utilizadas reflejan transformaciones profundas en la organización social. Las estructuras más antiguas, robustas y construidas en un solo momento, contrastan con las más recientes, formadas por trilitos del desierto y otros elementos añadidos gradualmente a lo largo del tiempo.
Estas construcciones más recientes se conocen como monumentos “acretivos”. A diferencia de los grandes altares del pasado, los trilitos más pequeños se erigían por grupos reducidos, en visitas sucesivas, a medida que los recursos hídricos se volvían escasos y la movilidad ganaba prioridad.
Este patrón de construcción evidencia una adaptación al cambio climático, en la que las comunidades no abandonaron su necesidad de identidad compartida, sino que la reformularon en formas más ligeras, sostenibles y móviles.
Según el estudio, muchos de estos monumentos prehistóricos funcionaban como marcadores de memoria colectiva. Cada grupo que pasaba por un monumento podía añadir una piedra, replicando un patrón común que reafirmaba su pertenencia a una red social mayor.
Los investigadores sugieren que estos lugares pudieron haber transmitido información crítica entre generaciones: si había llovido, si quedaba pasto para los animales o si era un buen sitio para establecerse temporalmente. Así, estos hitos también eran herramientas de supervivencia humana antigua en un entorno de alta incertidumbre.
McCorriston sostiene que estas estructuras eran más que ruinas: “Funcionaban como nodos de información y símbolos de confianza. Las personas sabían que podían contar con otras, aunque no las vieran durante años”.





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