Lucas Jiménez: “Todos somos fruto de las personas con las que nos encontramos en el camino”
El periodista piurano pasó casi ocho meses reconstruyendo los primeros años de Robert Prevost en Chulucanas. Encontró a un joven sacerdote que recorría caseríos a caballo, jugaba Atari con seminaristas y, sobre todo, aprendía una forma de hacer Iglesia en la que los laicos tenían un papel central.

Antes de convertirse en León XIV, Robert Prevost fue un joven sacerdote agustino que llegó a Chulucanas en 1985, cuando Piura todavía cargaba las consecuencias del fenómeno El Niño de 1983 y el país atravesaba una profunda crisis económica. Allí recorrió comunidades rurales, aprendió a montar a caballo, acompañó a familias y jóvenes y se involucró en una experiencia de renovación pastoral que marcaría su trayectoria.
El periodista piurano Lucas Jiménez reconstruyó ese periodo en Donde todo empezó. Chulucanas en el corazón del papa, un libro de diez crónicas que recoge testimonios, documentos y fotografías. La investigación le tomó casi ocho meses de viajes y entrevistas.
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Pero Jiménez no buscaba solamente anécdotas del futuro pontífice. Quería responder una pregunta más profunda: ¿por qué Chulucanas fue tan importante para Robert Prevost y por qué regresó una y otra vez durante casi cuatro décadas?
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El lugar donde empezó todo
Jiménez tenía una larga trayectoria como reportero policial cuando surgió la idea del libro. Había escrito durante años sobre muertes, crímenes y organizaciones criminales. Pero la elección de Prevost como papa activó otra inquietud. “Yo he escrito mucho sobre la muerte, pero la muerte no tiene sentido sin la vida”, cuenta.
Como piurano, además, conocía la importancia de la renovación pastoral impulsada en la zona desde la década de 1960. Su propia familia había crecido bajo esa espiritualidad. Por eso, cuando comenzó a leer las primeras informaciones sobre el pasado peruano de León XIV, encontró un vacío. “Todos hablaban de Chiclayo, de Trujillo, de los agustinos. Entraban a Chulucanas y se la saltaban”, recuerda.
Ahí encontró su oportunidad. Durante meses regresó a Chulucanas dos y hasta tres veces por semana. Esperó que bajara la marea de la noticia, que los testimonios dejaran de ser respuestas automáticas y que las personas pudieran abrir sus recuerdos. “Escribir es esperar”, dice.
Un sacerdote en bicicleta no: a caballo
La investigación llevó a Jiménez hasta los espacios donde Prevost vivió sus primeros años de misión. La Casa de la Fraternidad se convirtió en uno de sus principales escenarios. Allí estuvo la habitación del joven agustino, pero también las historias de quienes convivieron con él.
Prevost había llegado a una región todavía golpeada por los estragos del Niño de 1983. Para llegar a comunidades alejadas tuvo que aprender a montar a caballo y recorrer caminos difíciles. Pero la imagen del joven sacerdote no se reduce al misionero que recorría la sierra.
Por las noches, cuando terminaba sus obligaciones como canciller y su trabajo pastoral, recibía a seminaristas y jóvenes. Algunos hacían cola para entrar a su oficina y jugar Atari, una consola que había llevado desde Estados Unidos. Para Jiménez, aquella escena dice mucho más que una simple anécdota.
Era un sacerdote formado intelectualmente, que había estudiado en Roma y estaba encaminado hacia una carrera académica, pero que podía sentarse con jóvenes y esperar su turno para jugar con ellos. “Lo que más les sorprendía era ver a un sacerdote estadounidense, a un intelectual, formado en Roma, ahí formado en la escuela para que le toque jugar en la Atari”, relata.
La Iglesia no podía depender solo del sacerdote
La experiencia de Chulucanas también permitió a Prevost conocer un modelo pastoral basado en la participación de los laicos. Las parroquias eran divididas en zonas y cada una tenía equipos de coordinación con distintas responsabilidades: liturgia, salud, comunicación, derechos humanos y acompañamiento comunitario.
La idea era sencilla, pero revolucionaria para muchas comunidades: la vida de la Iglesia no terminaba cuando el sacerdote abandonaba el pueblo. Los pobladores limpiaban y reparaban sus capillas, organizaban actividades, acompañaban a enfermos y promovían acciones comunales.
“Entonces cambia la figura. Antes la visión que tenían los pobladores era que la parroquia era un lugar donde tú llegabas a obtener servicios”, explica Jiménez.
El sacerdote dejó de ser el único centro de la comunidad. Ese modelo es importante para entender una de las características que hoy aparecen asociadas al pontificado de León XIV: una Iglesia que camina con sus comunidades. Para Jiménez, no es casualidad. Lo que Prevost aprendió en Chulucanas fue llevándolo a otros lugares donde asumió responsabilidades pastorales.
El alumno que eligió otro camino
Pero una de las historias que más sorprendió al periodista no es la de alguien que llegó al sacerdocio. Es la de un joven que fue alumno de Prevost, estudió filosofía y teología y finalmente decidió no convertirse en sacerdote.
Jiménez encontró en él una historia de contraste: dos personas que habían recorrido parte del mismo camino, pero que terminaron tomando decisiones diferentes. El exseminarista tuvo que escuchar a su propio corazón.
Y esa expresión —“escuchar al corazón”— aparece como una de las ideas centrales de la investigación. No todos los que ingresan al seminario están llamados a convertirse en sacerdotes. Discernir también significa tener la libertad de reconocerlo.
El antiguo alumno recuerda a Prevost como un hombre que ya estaba en la capilla cuando él se levantaba. No terminó siendo sacerdote, pero tampoco abandonó la espiritualidad que había aprendido. Para Jiménez, esa historia demuestra que la influencia de Prevost no se limitó a quienes llegaron al altar.
Una madre muriendo y una vocación que comenzaba
Otra historia que el periodista considera especialmente poderosa es la de Fidel Alvarado. Cuando era niño, su madre estaba gravemente enferma. La familia buscó ayuda de madrugada y recibió acompañamiento pastoral. A partir de entonces comenzó una relación que terminaría influyendo en su vocación sacerdotal. Años después, Alvarado ingresó al seminario. Y allí tuvo como profesor a Robert Prevost.
Su historia atravesó distintos momentos: la muerte de su madre, la duda sobre continuar en el seminario, el regreso a casa y finalmente su decisión de seguir adelante. Pero también estuvo la muerte de uno de sus principales mentores. Para Jiménez, esa crónica permite ver al futuro papa no desde el cargo, sino desde el acompañamiento de una persona que atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida. “Es una historia de acompañamiento y paciencia”, resume.
De Roma a una clínica de Piura
Entre las historias que reconstruyó también está la enfermedad que sufrió Prevost apenas dos meses después de llegar a Chulucanas. En 1985, el joven sacerdote enfermó de fiebre tifoidea y tuvo que ser trasladado de madrugada a Piura. Jiménez siguió el rastro de aquella historia décadas después. La clínica donde fue atendido ya no existe y gran parte de quienes trabajaban allí habían fallecido. Pero logró reconstruir parte del escenario a través de testimonios.
El episodio tiene además una particularidad: el propio Prevost contó posteriormente aquella experiencia. Jiménez utilizó ese testimonio como punto de partida para volver sobre la escena. No se trataba, entonces, de inventar lo que pudo haber ocurrido, sino de reconstruir el contexto de un episodio que el propio protagonista había recordado.
¿Por qué siempre regresaba?
Esa es, finalmente, la pregunta que atraviesa todo el libro. Prevost no permaneció en Chulucanas durante toda su trayectoria. Ocupó cargos en otros lugares, fue profesor, superior de los agustinos, obispo de Chiclayo y luego asumió responsabilidades cada vez mayores. Pero regresaba.
Volvió incluso décadas después, cuando ya era cardenal. Para Jiménez, una posible respuesta está en aquella experiencia de renovación pastoral que conoció en sus primeros años. “Todos los seres humanos, de alguna manera, somos el fruto de las personas con las que nos encontramos en el camino”, afirma.
En el caso de Prevost, uno de esos encuentros fue con monseñor John McNabb y con las comunidades de Chulucanas. Pero hubo algo más: un modelo de Iglesia que colocaba a las personas en el centro. Una experiencia que, según Jiménez, Prevost llevó consigo a Trujillo, Chiclayo y otros lugares donde ejerció responsabilidades pastorales.
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“Chulucanas es su primer amor pastoral”
Para el periodista, esa es la clave para mirar al papa León XIV desde otra perspectiva. No se trata únicamente del sacerdote estadounidense que llegó a Piura en 1985. Tampoco del hombre que aprendió a montar a caballo, jugaba Atari o comía seco de cabrito.
Se trata del joven que encontró en una zona rural del norte peruano una forma de entender su misión. “Él no se va a olvidar de Chulucanas nunca porque la tiene grabada en su mente, en su corazón y en su alma”, sostiene Jiménez, citando al obispo Daniel Turley. Por eso el título del libro no apunta solamente al lugar donde comenzó la trayectoria peruana de Prevost.
Chulucanas fue, para el periodista, el lugar donde empezó a formarse una manera de entender el sacerdocio que acompañaría a Robert Prevost durante toda su vida. Y quizá por eso, casi 40 años después, aquel joven agustino que llegó con una maleta a una ciudad piurana continúa regresando a ella en la memoria de quienes lo conocieron.















































