Cusco: Los muertos viven entre nosotros, según el mundo andino
Creencias. Dicen que los difuntos podían transitar entre el inframundo, la tierra y el cielo, pero perdieron esa virtud y, mediante portales, regresan a nosotros en el Día de los Muertos.
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José Víctor Salcedo
Cusco. Los muertos no se han ido. Viven entre nosotros. Así lo sintetiza el mundo andino. Según sus preceptos, el dos de noviembre, Día de los Muertos o Día de los Santos Difuntos, ellos vuelven y nuestros antepasados andinos están con nosotros aquí en la tierra o kaypacha.
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En un momento, los difuntos tenían un pie en el mundo de abajo o ukhupacha y el otro en el mundo de arriba o hanaqpacha. Según el antropólogo y doctor en Ciencias Sociales, Rodolfo Sánchez Garrafa, poseían la virtud de pasear en ambos mundos cuando querían.
No obstante, se rompieron esos puntos liminares o umbrales. Se quebraron, pero quedaron algunas formas residuales para hacer ese tránsito, representadas por mesas ceremoniales, altares, escaleras, arco iris, entre otras, que se arman en casas, tumbas y cementerios de Cusco. Son entradas por donde las almas pueden transitar de arriba hacia abajo y viceversa. Desde que ocurrió ese cambio, los difuntos vuelven en noviembre. “Nos visitan desde el mundo de los muertos”, precisa Sánchez.
Mientras llega ese día, habitan el mundo de abajo o la sociedad de los muertos. “Los difuntos forman una sociedad llamada Upamarka o ‘pueblo de las sombras’ (espíritus)... La vida no se acaba acá donde estamos. La vida continúa, pero en otra parte”, apunta Sánchez.
El antropólogo destaca otra idea que complementa a la de la muerte en pueblos andinos: el upani, “nuestro espíritu”, tiene un componente subterráneo, que es el alma mayor, y otro vinculado al cielo, conocido como alma menor. En medio, está el chawpikaq alma, un ente que permanece en la tierra.
A todo esto, el antropólogo Miguel Castro Álvarez agrega que la muerte para lo andino no es un acto definitivo ni final. Más bien, es el inicio de una nueva vida: “Cuando uno muere hace todo un recorrido. Primero, abandona la casa; luego, el alma debe cruzar un río y le pide a un perro que la lleve a la otra orilla. Cuando cruza el río, el alma camina hasta un lugar conocido como Escalerayoq y llega a una quebrada donde descansa (sería una especie de paraíso)”.
En noviembre, dice Castro, el alma del difunto retorna para tender un hilo, un puente o escalera, que une el ukhupacha y hanaqpacha con el kaypacha.




















