Pisco exige un mejor futuro para dejar atrás el terremoto

A 12 años de la tragedia. La ciudad recuerda hoy el sismo de 7,9 grados que destruyó miles de viviendas y ocasionó la muerte de cientos de personas. Los damnificados piden oportunidades de desarrollo. Autoridades denuncian demora en proyectos clave.

Por un mejor porvenir. Personas que perdieron sus viviendas en Leticia-Sabatinga, en Pisco Playa, fueron reubicadas en Alto El Molino. Muchos todavía viven en casas de madera y esteras.

La República
15 08 2019 | 06:25h

Por: Fernando Leyton, enviado especial

A 12 años del terremoto que causó destrucción y muerte, Pisco ya no parece una ciudad que sobrevivió entre escombros. Las huellas de la catástrofe están camufladas entre la normalidad, ocultas entre la pobreza y el abandono. Pero siguen allí, dispuestas a contar su historia y a exponer sus reclamos.

¿Qué recuerda del 15 de agosto del 2007?

“La desesperación. Mis ojos no van a olvidar lo que vieron. La tierra tembló y de pronto ¡plam!, todo oscuro. Del mar salieron una luz y un ruido, como si se abrieran las puertas del cielo. La gente gritaba auxilio”.

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Jésica Torres relata sus recuerdos sin pausa, incluyendo cada tanto alguna referencia a un apocalipsis bíblico. Es un recurso que utiliza para graficar la magnitud del desastre que le tocó ver, el mismo que vieron todos los pisqueños.

“El terremoto se suscitó aproximadamente a las 18:45 horas”, cuenta el suboficial superior José Pantoja Heredia, quien estuvo de servicio aquella noche. Su tono policial, sin embargo, se pierde cuando recuerda la escena que tuvo ante sí al salir de la comisaría. “Solo se veía y respiraba polvo. Parecía una ciudad bombardeada”, asegura.

En la oscuridad, Pantoja contuvo el impulso de correr hacia casa para ver a su familia. Los gritos que clamaban por ayuda lo detenían a cada paso.

“Tenía sentimientos encontrados. Estaba preocupado, pero también me debía a la gente”, agrega. El suboficial pasó la madrugada removiendo escombros con las manos y cargando cadáveres. Trabajó casi una semana sin descanso.

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Los testimonios de esa noche siempre coinciden en los aspectos generales, pero no todos ponen énfasis en el miedo o en el dolor. Con el paso de los años, varios detalles se han desdibujado. Muchos no recuerdan la cantidad precisa de muertos (595) ni el número exacto de viviendas destruidas (más de 93 mil).

El duelo colectivo ahora es difuso, se ha transformado en recuerdos que solo vuelven con los temblores, o cuando se acerca un 15 de agosto. La ciudad, que no ha olvidado el terremoto, parece esforzarse por dejar atrás la tragedia mientras reclama un mejor porvenir.

Mirar al futuro

Frente a su casa en Alto El Molino, un centro poblado que fundaron los desplazados que dejó el sismo, Rosa Jorge muestra el DNI de un familiar suyo. En la dirección figura una casa ubicada en la asociación Fermín Tanguis, una zona que ya no existe. El terremoto la destruyó por completo.

Por ese detalle, que nunca logró corregir, parte de su familia no accedió a los módulos de vivienda que se entregaron durante la demorada reconstrucción. Todavía hoy viven en casas de esteras, sin piso, con techos que no resisten las lluvias ni el frío.

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“Algunos pueden pensar que queremos que nos regalen todo, pero eso no es cierto. Lo único que pedimos son oportunidades”, reclama Rosa.

A su lado, Leonor Cotrina se queja de las autoridades de todo nivel, a quienes acusa de haberlos abandonado. “Los vemos aquí metidos en elecciones, pero luego se desaparecen. No hay trabajo, no hay educación, no hay seguridad. ¿Qué vamos a hacer?”, dice indignada, furiosa.

En otro sector, Teresa Angulo coincide en el pedido de sus vecinas. Aunque tiene su certificado de damnificada, nunca accedió al bono de vivienda. Su casa aún es de madera y esteras porque su solicitud se perdió en el papeleo de alguna institución. La necesidad de atender a sus hijas, una con hemiplejia y otra con cuadriplejia, le impidió seguir el proceso.

“Estamos viviendo aquí, mal que bien. Yo no pido que me construyan la casa. En fin, esa oportunidad se perdió. Yo quiero ayuda para la juventud, algún centro de capacitación para que puedan estudiar y trabajar. Nos faltan opciones de desarrollo”, dice con seriedad.

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A unos pocos metros, la plaza del asentamiento luce abandonada, con bancas rotas y fierros oxidados. En lugar de áreas verdes hay desmonte y basura. Remarca Armando Lengua, presidente de la junta vecinal, que ese es solo uno de los problemas del pueblo, que ahora es amenazado por el tráfico de terrenos y la extendida falta de acceso a servicios básicos.

Tal vez el mejor ejemplo de ello es el colegio inicial 315, conocido como ‘El Molinito’, que se habilitó en 2011. Hasta hoy los pequeños de 3, 4 y 5 años reciben clases en aulas de triplay y en sillas viejas. Ni siquiera tienen un cerco perimétrico que proteja las instalaciones.

La directora de la institución, Patricia Aparcana, denunció que hace unas semanas unos ladrones irrumpieron en el local. Se robaron los implementos que servían para cocinar las comidas del programa Qali Warma. Los alumnos, de hogares muy pobres, se quedaron sin desayunos.

Habla el alcalde

Juan Mendoza Uribe fue alcalde provincial de Pisco durante el terremoto y regresó al cargo desde enero de este año. Sentado en el nuevo palacio municipal –el antiguo es inhabitable– asegura que la ciudad quiere “pasar la página” y concentrarse en su desarrollo. Sin embargo, denuncia que proyectos importantes, a cargo del gobierno central, están paralizados o no avanzan como deberían.

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En Pisco existen hoy más de 49 mil viviendas, en comparación con las 30 mil que había en el 2007 antes del sismo, lo que muestra que la ciudad ha crecido. No obstante, según el alcalde, los procesos de titulación se han suspendido, de modo que no se puede ampliar la cobertura de agua potable ni de saneamiento.

De acuerdo con el Censo del 2017, en la provincia existen cerca de 9 mil hogares sin agua y más de 10 mil que solo acceden durante unos pocos días a la semana.

Por otro lado, todavía no se culmina la construcción del tramo pendiente de la Panamericana Sur, el puerto de Pisco tiene serias observaciones en materia ambiental y el aeropuerto no ha generado el movimiento turístico que se esperaba.

Sumado a ello, la provincia dejará de recibir S/1.2 millones por recortes en el canon minero, cifra que representa una reducción del 32% en dicha partida. El alcalde advierte que se tendrán que paralizar algunas obras y limitar los servicios municipales.

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Por estos días, en suma, Pisco se enfrenta al recuerdo del terremoto, como ocurrirá por muchos años más, mientras batalla para dejar de ser, por fin, una ciudad que solo sobrevive.

Multipeligro

- Hoy, a las 3 p.m., se realizará el simulacro multipeligro con el fin de mejorar la capacidad de respuesta de la población y autoridades ante sismos, huaicos, inundaciones, actividad volcánica e incendios forestales. Según Indeci, en Lima se priorizarán acciones en Mesa Redonda y Gamarra.

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