Un divorcio que nos lleva al abismo

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¿Cuánto podrá aguantar una democracia con estas dos dinámicas que llevan a sucesivos estallidos aunque todavía no a un incendio generalizado?

Nicolás Lynch.

La distancia entre los titulares de los periódicos y lo que sucede en las ciudades del interior del país es inmensa. El escándalo, justificado por cierto, por la negativa del presidente Toledo a declarar en el caso de las firmas falsas ha ocupado las primeras planas de casi todos los periódicos. Pocos, sin embargo, han prestado atención a las movilizaciones ocurridas en lugares tan distintos como Cusco, Cajamarca, Arequipa o Ayacucho. Lo primero dice de una crisis endémica en las alturas que nadie parece querer o tener posibilidad de resolver, lo segundo de una protesta que ha acompañado este gobierno casi desde sus inicios y que tiene una agenda económica y social frontalmente enfrentada con el modelo económico, muy distinta de las preocupaciones existentes tanto en el Ejecutivo como en la abrumadora mayoría del Legislativo.

Lo curioso es que ambas dinámicas no se tocan y los actores en cada uno de los escenarios tratan a los otros con olímpico desprecio. Por parte de la “escena oficial” todo se ve como obra de agitadores que causan problemas para el normal desenvolvimiento de la vida en sociedad. Si los que protestan tienen alguna fuerza se trata de contentarlos con alguna migaja y si no se voltea la cara a otra parte. Ni siquiera se intenta sacar lección alguna de los sucesos en Arequipa, Ilave y/o Andahuaylas. Por parte de los movimientos en curso el objetivo es eliminar al adversario. Se piden renuncias de alcaldes, presidentes regionales y del propio Presidente de la República, viendo en ellas la solución de los problemas.

La situación por supuesto no es nueva. Pero los precarios vasos comunicantes que establecieron la izquierda, el APRA y Acción Popular hasta la década de 1980 aliviaban en algo la situación. Luego vino Fujimori y organizó la compra-venta sistemática y masiva del apoyo político pervirtiendo definitivamente esta precaria relación. Lo ha sucedido la ausencia de voluntades políticas nacionales que busquen establecer lazos con la sociedad en general y más específicamente con los movimientos sociales que tienen agendas muy largamente postergadas.

¿Cuánto podrá aguantar una democracia con estas dos dinámicas que llevan a sucesivos estallidos aunque todavía no a un incendio generalizado? Esta es una pregunta válida no sólo para este gobierno sino también para el próximo, porque si continúa imponiéndose una política que privilegia los líos en las alturas va a ser imposible construir un régimen auténticamente representativo. El resultado es la ingobernabilidad del país y la imposibilidad de que podamos lograr algún tipo de estabilidad aunque sea la estabilidad de una democracia de élites, como es a la que apuestan algunos sectores de derecha en el país.

Un escenario privilegiado para comenzar la solución de este problema es la próxima coyuntura electoral. Si gana una alternativa que busque de alguna manera expresar el reclamo social podremos decir que estamos empezando a construir una democracia estructuralmente asentada. Hasta ahora la única propuesta sobre la mesa es el “frente social” que plantea Alan García. Las diferentes izquierdas no pasan de expresar su rechazo al modelo neoliberal pero carecen hasta ahora de una propuesta en positivo. A la derecha, por supuesto, el tema no parece interesarle. El frente social de García es, sin embargo, hasta ahora, un calendario de conversaciones y da la impresión que atiende más a la necesidad de lograr los votos necesarios para elegirse que a una propuesta para construir una democracia que cierre brechas ancestrales.

Aunque no lo parezca este es hoy el tema de la hora por lo que urge promover el debate electoral en este sentido. En él se juega el destino de nuestra democracia.