El pecado original de Vizcarra

"Si Vizcarra pretende continuar en el lado correcto de la Historia, tendrá que asegurarse de que el fujimorismo no tenga nada con qué chantajearlo".

"Si Vizcarra pretende continuar en el lado correcto de la Historia, tendrá que asegurarse de que el fujimorismo no tenga nada con qué chantajearlo".

Para nadie es un secreto que los Cuellos Naranjas han declarado la guerra total. El campo de batalla principal es la Fiscalía de la Nación, lo que revela que su objetivo está más vinculado al derecho penal que al voto popular. Dicho de otra forma: a estas alturas, llegar a Palacio les interesa mucho menos que no entrar a prisión.

El presidente Martín Vizcarra se ha ubicado del lado correcto de este enfrentamiento. A nivel ético, obviamente, pero también a nivel político. No es casualidad que su popularidad se haya disparado después de desmarcarse de la Señora K y de pechar al Congreso.

Por eso mismo tampoco es casualidad que el ataque fujimorista haya consistido en tratar de revestir a Vizcarra de un halo de… fujimorismo. La revelación de esas dos reuniones con Keiko Fujimori han sido un aviso de que la desesperación los ha vuelto capaces de todo. Y lo hemos visto, especialmente, después de la confirmación de que Chávarry era parte de la organización de los “hermanitos”. Desde los fujitrolls hasta Alan García, el mensaje es el mismo: su situación es precaria y su legitimidad, inexistente. O sea: si nosotros te pusimos, nosotros te podemos sacar.

Y aquí hay un punto en el que tienen razón. Los fujimoristas sí pusieron a Vizcarra. Se puede alegar, y también sería cierto, que Vizcarra está donde está por el voto popular y por los mecanismos constitucionales. Pero, en el Perú, las reglas de juego existen solo en el mundo de las ideas. No se cumplen automáticamente. Se necesita que alguien las ejerza. Y en el caso de Vizcarra, fue el fujimorismo quien las ejerció (aliado con gente como, recordemos, el ahora premier Villanueva, entonces congresista promotor de la vacancia).

Y todo esto ocurrió no con Vizcarra sentado en una calle de Canadá viendo pasar a los renos. Ocurrió con su participación activa en, por lo menos, conversaciones con el fujimorismo para garantizar su respaldo durante una transición “ordenada”. Ya se ha confirmado la que mantuvo con Salaverry el 12 de febrero. Todo indica que las otras se harán públicas en los siguientes días.

Si Vizcarra pretende continuar en el lado correcto de la Historia, tendrá que asegurarse de que el fujimorismo no tenga nada con qué chantajearlo. Esto significa, necesariamente, que tendría que expiar su pecado original. Tendrá que contarle al Perú la historia secreta detrás de su llegada al poder. Hacer mea culpa. Incluso, quizás, venderlo como una criollada, una mecida a los matones del salón. Una forma de ganar tiempo ante una amenaza antidemocrática. Que sus spin doctors se encarguen. Sí, es probable que esto le cueste algunos puntos en las encuestas, pero es mejor perder popularidad y no la presidencia. Nada mejor que la honestidad para reforzar la legitimidad. Aún está a tiempo.

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