El desierto de América Latina que se transformó en una potencia agrícola: abastece a Estados Unidos, Europa y China
El clima desértico de este país latinoamericano, con su temperatura estable y condiciones propicias, favoreció la producción de cultivos como arándanos y uvas.
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Durante mucho tiempo, las vastas llanuras desérticas de la costa peruana parecían condenadas a ser tierras improductivas. Su clima seco, las pocas lluvias y sus terrenos poco aptos para la agricultura hacían impensable que en ese lugar pudiera desarrollarse una gran potencia agrícola.
Sin embargo, lo que parecía imposible se hizo realidad: la región de Ica y otras zonas costeras se han transformado en enormes áreas de cultivo que ahora abastecen mercados en Estados Unidos, Europa y China. Esta metamorfosis ha sido rápida, ambiciosa y estrechamente vinculada a la innovación tecnológica y la inversión privada.
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Un desierto convertido en potencia agrícola
Varias zonas de Ica, que antes solo mostraban extensas extensiones de arena y viento, hoy albergan cultivos intensivos de arándanos, uvas, espárragos y mangos.
Según informó el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego, entre 2010 y 2024, el sector creció a un ritmo anual promedio del 11%, alcanzando los 9.185 millones de dólares en exportaciones.
De este modo, Perú se ha consolidado como un productor global clave, especialmente durante las épocas en las que el hemisferio norte enfrenta restricciones climáticas.
El origen de un milagroso crecimiento
El punto de partida se sitúa en la década de 1990, cuando Perú enfrentaba una profunda crisis económica, marcada por la hiperinflación y un aparato productivo muy deteriorado. En ese contexto, el Estado impulsó reformas orientadas a atraer capitales, simplificar trámites y abrir sectores con capacidad exportadora. La minería fue la primera en beneficiarse, pero no pasó mucho tiempo antes de que un grupo de empresarios identificara en el desierto de la costa una oportunidad que pocos habían imaginado.
Durante años, la agricultura peruana había estado condicionada por dos grandes obstáculos: los suelos complejos de la Amazonía y la geografía accidentada de la sierra andina, poco adecuada para proyectos a gran escala. El desierto, pese a su apariencia hostil, ofrecía una ventaja decisiva: un clima ideal para funcionar como un “invernadero natural”, con temperaturas estables, escasa humedad y condiciones propicias para obtener cultivos de alta calidad.
El factor determinante fue el acceso al agua. Productores de mayor escala, dispuestos a asumir riesgos que otros evitaban, apostaron por soluciones técnicas como el riego por goteo, sistemas de trasvase y proyectos para aprovechar acuíferos subterráneos. Gracias a estas inversiones, la extensión de tierras cultivables en la costa creció en casi un 30%, por lo que Ica y Piura se afianzaron como centros clave de producción y exportación.
Consecuencias del nuevo modelo agrícola
El crecimiento agroexportador transformó profundamente la economía local. El empleo formal creció en regiones donde antes predominaba la informalidad, y muchos trabajadores lograron acceder a ingresos más estables gracias a las empresas agrícolas.
Sin embargo, este progreso no benefició a todos por igual. Los pequeños agricultores enfrentaron mayores costos laborales y dificultades para acceder a recursos esenciales, como el agua. En varias áreas, la tierra pasó a manos de otros debido a la presión económica del nuevo modelo.
La reconversión productiva también alteró los métodos tradicionales de cultivo y modificó la estructura social, favoreciendo a las grandes empresas que concentran la mayor parte de la actividad en el sector.
El agua, centro de la disputa ambiental
En Ica, las lluvias son escasas, y la principal fuente de agua proviene de los acuíferos subterráneos o de trasvases desde la vecina Huancavelica. Mientras muchas comunidades dependen de camiones cisterna y deben almacenar agua para su uso diario, las grandes explotaciones agrícolas tienen acceso a pozos, reservorios y sistemas de riego avanzados, lo que les asegura un suministro constante y sin interrupciones.
A lo largo de los años, las críticas hacia este sistema se han multiplicado. El acuífero muestra signos de agotamiento y los pequeños productores se quejan de que no se les permite perforar nuevos pozos, mientras que las grandes empresas agroexportadoras siguen teniendo un acceso preferencial. Además, algunas inspecciones oficiales se ven limitadas por obstáculos legales para acceder a terrenos privados, lo que dificulta la supervisión del uso y extracción real del agua.
La gestión del agua se ha convertido en el reto más grande del modelo agroexportador. La escasez avanza rápidamente y la presión sobre los acuíferos amenaza con afectar la estabilidad económica del sector. Expertos señalan que, si no se implementan políticas que aseguren el abastecimiento para la población y protejan los ecosistemas, la industria podría enfrentar barreras naturales imposibles de superar.




















