Cultural

¿Para qué aprender historia en el Perú?

Los estudios históricos nos han permitido en las últimas décadas acercarnos a una nueva versión de las sociedades prehispánicas y entenderlas a partir de concepciones diferentes.

Manuel Burga. Foto: Carlos Félix.
Manuel Burga. Foto: Carlos Félix.

Escribe: Eduardo González Viaña

Esta es una pregunta que muchos nos hacemos -y algunos con menosprecio-, pero que seriamente encara Manuel Burga en el libro del mismo título, que acaba de ser publicado por el sello Reino de Almagro.

Manuel Burga, nacido en Chepén, ha sido rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, vicerrector de la Universidad Ruiz de Montoya y director del Lugar de la Memoria. Ha obtenido sus grados universitarios en San Marcos y en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Pero el mayor de sus reconocimientos lo ha ganado recientemente. Lo diremos después.

En primer lugar, aprendemos la historia del Perú para apreciarnos mejor a nosotros mismos. Todas las grandes naciones, al mirarse a sí mismas, se conciben como civilizadas, grandes, únicas y miran a los pueblos extranjeros como menos importantes, bárbaros o salvajes.

Los incas utilizaron este mismo mecanismo para fortalecerse como nación. Sin embargo, luego de la conquista española surgió en nuestra sociedad un complejo colectivo inverso: mirar con admiración al extranjero -al que consideramos civilizado- y autoflagelarnos, considerando que nuestras raíces indígenas son más bien bárbaras, “indias” y casi prescindibles -según asevera Burga.

El historiador da otra buena razón para aprender historia, y es para conocer mejor el presente.

Después de recordar algunas consideraciones de Benedetto Croce en el sentido de que somos producto del pasado y lo llevamos siempre con nosotros, Manuel Burga recuerda la importancia que tienen los Comentarios Reales de los Incas (1609) de Garcilaso de la Vega y la Nueva Corónica y Buen Gobierno (1615) de Felipe Huamán Poma de Ayala.

Entendemos cuánto levantaron esos textos las conciencias hacia la liberación como también lo asimilaron las autoridades coloniales quienes los prohibieron -bajo pena de muerte- inmediatamente después de la ejecución de Túpac Amaru el 18 de marzo de 1781.

Debemos entender que ese mismo significado tuvieron en la época de la reconstrucción nacional, luego del desastre de la Guerra con Chile (1879-1883), la obra de peruanos como Manuel Felipe Paz Soldán y Manuel González Prada, al igual que más tarde la de José Carlos Mariátegui.

Hay otra razón, y es la de la objetividad -dice Burga- quien hace ver que los estudios históricos nos han permitido en las últimas décadas acercarnos a una nueva versión de las sociedades prehispánicas y entenderlas a partir de concepciones diferentes.

Vale decir que lograremos la comprensión de nuestro pasado en tanto y en cuanto seamos capaces de hacer una lectura más audaz de nuestro futuro.

Para Burga, construir una memoria es poner la historia al servicio de un país.

Leo el libro y entrevisto al historiador. Se me ocurre preguntarle por un momento de la historia que no puedo entender sin llorar: inmediatamente después de la ejecución de Túpac Amaru II, el visitador Areche dispuso una Caravana de la Muerte: centenares de familiares y allegados al gran rebelde -entre ellos, 92 mujeres- fueron condenados a marchar desde el Cusco hasta Lima a pie y descalzos.

Así, el 1 de octubre de 1783, cientos de detenidos, fueron obligados a caminar cerca de 1400 kilómetros desde Cusco hasta el Callao, sometidos a privaciones de toda índole. En el trayecto muchos enfermaron y murieron.

La mayor parte de las mujeres quedaron muertas en el camino. Solamente doce llegaron al Callao.

-¿Por qué tanta crueldad, Manuel? -le pregunto.

Y me responde que es usual.

-No importa que digan que soy un “caviar” -agrega Burga.

Bajo la cabeza y pienso en la expresión del general franquista español José Millán Astray para incitar a sus mesnadas a despedazar a Miguel de Unamuno, el mayor filósofo del siglo XX: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”.

Pienso en otras cosas para sentirme bien. Y recuerdo que, además de doctor de la Sorbona, Manuel Burga asumió la responsabilidad de ser director del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) y, recientemente, obtuvo el gran honor de haber sido destituido por el gobierno actual.

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