La tuberculosis tiene una vacuna desde hace más de 100 años, pero sigue matando: la razón por la que todavía no podemos erradicarla
La vacuna BCG, que protege principalmente a los niños contra formas graves de tuberculosis, pierde efectividad con el tiempo, dejando un desafío persistente en el control de la enfermedad.

La tuberculosis continúa siendo una de las enfermedades infecciosas más mortales del mundo, pese a que existe una vacuna y tratamientos con antibióticos. Aunque la medicina ha logrado importantes avances, el bacilo responsable de la enfermedad todavía plantea grandes desafíos.
La vacuna BCG, desarrollada hace más de un siglo, protege especialmente a los niños frente a las formas más graves de tuberculosis, pero su eficacia disminuye con el paso del tiempo. A esto se suma la capacidad de la bacteria para permanecer en el organismo y las dificultades para garantizar el acceso a tratamientos y atención sanitaria.
La bacteria puede esconderse dentro del organismo
La tuberculosis es causada por Mycobacterium tuberculosis, una bacteria que llega principalmente a los pulmones a través de las vías respiratorias. Una vez allí, interactúa con las células del sistema inmunitario y puede ser eliminada o comenzar a reproducirse hasta provocar una infección activa.
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Uno de los mayores desafíos es que la bacteria puede sobrevivir dentro de los macrófagos, células encargadas de defender al organismo frente a microorganismos invasores. Además, aproximadamente una de cada cuatro personas en el mundo tendría una infección tuberculosa latente sin desarrollar la enfermedad activa.
Los antibióticos tampoco han resuelto el problema
La estreptomicina, descubierta en 1943, fue el primer antibiótico eficaz contra la tuberculosis, pero la aparición de bacterias resistentes obligó a utilizar combinaciones de medicamentos. Actualmente, el tratamiento requiere varios antibióticos y puede prolongarse durante unos seis meses.
El problema también está relacionado con factores que van más allá de la medicina. La pobreza, el hacinamiento, las dificultades para acceder a antibióticos y servicios sanitarios y la falta de financiación para desarrollar nuevos tratamientos dificultan el control de una enfermedad que todavía está presente en todos los países.





































