
Alfredo Bryce Echenique era una memoria. Se acordaba de todo, los recordaba a todos, y en cierto modo siempre fue un muchacho que los buscaba a todos, a los amigos y sus recuerdos, como si fuera el niño solitario que luego se transmutó en Julius, cuando ya se hizo el escritor que fue.
Ahora sus libros se pueden leer imaginando que lo que decía de sus personajes era lo que él mismo podía decir de sí mismo: un hombre atado a un niño que viajaba con él, con quien hablaba, para quien escribía, con el que reñía a veces sintiendo que él no era precisamente el mismo Alfredo, sino todos los nombres de Alfredo, con sus apellidos.
Murió a los 87 años, en su casa de Perú, donde tanto quiso, donde a tantos quiso, donde vivió cerca de gente a la que admiró, entre ellos a Mario Vargas Llosa. Le escuché hablar muchas veces a solas, como si no estuviera con nadie y se buscara. A veces me convidaba a almorzar, en los tiempos en que él apenas bebía, cuando tampoco hablaba de acuerdo con aquellos torrentes que convirtieron sus noches en senderos peligrosos.
Su vida estuvo llena de incidentes que ahora se le estampan a su historia, como si Alfredo solo hubiera escrito esas páginas que tienen que ver con lo que se dijo de él y no con lo que él dejó dicho en las casas (en sus casas, en las casas ajenas) para que todo el mundo supiera de la vida que siempre reclamó gente alrededor.
La última vez que lo entrevisté, como para que se confesara por dentro, era un mediodía de Barcelona, adonde se había adentrado para reencontrarse con amigos, algunos de los cuales, como Carlos Barral, ya se habían muerto… En esa ocasión Alfredo estaba solo, y era tan solitario también entre amigos. Lo busqué para que me contara cómo se hallaba, en 2003, regresando (otra vez) de su casa de Perú…
Aquel penúltimo viaje a su patria natal, me dijo, lo había llenado de melancolía. Me dijo por qué, largamente, como si se estuviera escuchando a sí mismo y no estuviera, como estaba, en Barcelona, sino en la hermosa casa que tenía ya entonces en las afueras de Lima… Me dijo que le había llenado de melancolía su país porque le tocó asistir a los últimos años de Fujimori…
“Fueron atroces… Los peruanos se habían curtido, se habían puesto un caparazón para poder convivir con el horror de aquel hombre… No lo veían, no lo querían ver… Pero entonces mi mirada era la mirada de un hombre que viene después de 35 años… Era una mirada muy virginal, así que vi la inmundicia, la corrupción, lo vi todo… A mí se me dio una paliza, tras un rapto rapidísimo, me golpearon, me pegaron para que yo no dijera nada, simplemente para callarme… Todas esas cosas me afectaron mucho, pero me quedé ahí tres años tras esa paliza matonesca… Decían: ´es de parte de Montesinos y de Fujimori´… Todas esas cosas afectan mucho, cuando no encuentras solidaridad, cuando todo depende del sálvese quien pueda… Entonces busqué la manera de volver a España todos los años, hasta llegar a un reencuentro menos radical que el que hice… Yo me había ido (¿te acuerdas cuando me cantaban en Madrid ´Y te vas y te vas y no te has ido´…?) y los amigos me cantaban por qué no me iba nunca y siempre me estaba yendo… Lo cantaban con cariño. Lo que pasaba era que no puedes lavar el cariño que me llevé de Europa con agua y con jabón, y yo echaba mucho de menos esto, y creo que ahora he encontrado una fórmula de equilibrio perfecta… Ya no estoy vinculado a una universidad, a nada, y tan solo trabajo…”.
En Barcelona, me dijo, estaba muy bien instalado, “trabajo muy a gusto”, aunque sentía nostalgia de las islas Canarias, a las que tanto quiso… “De Madrid iba a las islas para encontrar la paz y en Barcelona la paz la tengo…”.
Le dije a Bryce que, en efecto, no se puede lavar con agua y jabón el amor a Europa…, “pero no se puede concebir su literatura sin Perú”.
Me dijo este argumento, volvió a aquel Julius que tanto se le parece: “No, mi literatura no se puede concebir sin el Perú, sea como retrato de Perú o como el que está presente en Un mundo para Julius, que es una especie de preludio del fin de toda una clase social que había detentado el poder en el Perú desde la independencia al fin del siglo XIX y que ya estaba a punto de perderlo. Un mundo para Julius muestra muy claramente la fragilidad en que se basaba el poder de aquella llamada oligarquía casi feudal, basada en la propiedad de las grandes haciendas, las grandes extensiones de tierra y en el dominio de los indios. Casi feudal”.
Alfredo Bryce Echenique. Foto: La República.
Bryce fue un europeo desde que pisó el suelo de las grandes ciudades que le dieron cobijo, en Francia, en España… donde quiera que fuera, Alfredo era partidario del lugar, de la noche y del lugar. Así que fue peruano y de todas partes.
Me dijo: “Yo he sido muy sensible a Europa… Mi primer modelo fue Julio Cortázar, que enseguida se interesó por la ciudad en la que vivió… Yo hablaba de Perú en París, era un peruano en París… ¿Y cómo se reía un peruano en esa ciudad?, ¿cómo llora?, ¿cómo caducan sus valores?, ¿cómo se tiene que rehacer para no meterse en el gueto e incorporarse a la sociedad? Yo creo que todo esto ha venido a mi literatura; son caminos riquísimos y derroteros por los que he ido haciendo novelas como No me esperen en abril, Reo de nocturnidad o La amigdalitis de Tarzán”.
Le dije a Bryce lo que su amigo Juan Marsé me había dicho el día anterior sobre el gran libro de este, Últimas tardes con Teresa… Era el libro que a él le hacía sentirse más confortable. ¿Y el tuyo, Bryce? ¿Cuál es tu libro más confortable?
Me dijo: “Para mí el libro más confortable sigue siendo Tantas veces Pedro. Es el libro que más quiero y el que considero que fue con el que me jugué más… Gracias a él pude escribir todo… Con él me salí de Un mundo para Julius; no me podía quedar eternamente en eso… Ya estaba en Europa varios años y ese fue el primer momento de mi nueva escritura… Yo no digo que sea la novela más lograda o que tenga más efecto, pero es de esas novelas que abren camino… Gracias a ella yo pude escribir La vida exagerada de Martín Romaña y Reo de nocturnidad”.
-¿Y no es La vida exagerada… la que te representa más como ser humano?
-Probablemente, como el nuevo ser humano que fui en Europa, con las transformaciones que Europa creó en mí.
-Imagina que te encuentras con el Bryce de Un mundo para Julius y el de Permiso para sentir… ¿Cuál sería la conversación de los dos?
-Yo creo que uno es un nombre que se despide de Perú y otro es ya un hombre que hace rato se ha dado un buen abrazo fraternal con Europa. Yo creo que lo que hay ahí empieza a dar los frutos de un hombre, siguiendo el modelo cortazariano, que se abrió a la sociedad que lo acogía, no se metió al gueto peruano a lamentar el Perú perdido… Digamos que del primer al segundo tomo de Memorias ha pasado una biografía y se puede percibir un cambio de humor. Es decir, estaba el hombre vitalista y melancólico y ahora está más presente el hombre melancólico.
-Bryce [le dije casi al final de aquella conversación tan larga], ¿eres otro hombre?
-Yo soy un hombre que ha pasado por una experiencia dura, la de Perú, pero es que yo no le saco ni cólera, ni rabia, ni resentimiento, ni ganas de vengarme de nadie… Solamente me enriquezco con lo que vivo.
Lo quise a cualquier hora. Su muerte fue como si él no esquivara la vida y estuviera ahí, todavía, buscándose para salir de noche. Hola, Alfredo, ¿estás ahí?
…
*Juan Cruz. Escritor y periodista español.





CINEPLANET: 2 entradas 2D + 2 bebidas grandes + Pop corn gigante. Lunes a Domingo
PRECIO
S/ 47.90
ALMUERZO O CENA BUFFET + Postre + 1 Ice tea de Hierba luisa en sus 4 LOCALES
PRECIO
S/ 85.90
PERULANDIA: FULL DAY + Piscinas + S/. 35 o S/.40 de VALE DE CONSUMO + Perusaurus y más. Según elijas
PRECIO
S/ 52.90
REVISION TECNICA VEHICULAR FARENET. Locales a elegir. Lunes a Domingo.
PRECIO
S/ 84.90