
“Los más grandes criminales, querido Calicles, se forman de los que tienen en su mano toda la autoridad.”
Sócrates (Gorgias)
En el siglo V antes de la era cristiana, en el ágora de Atenas, algunos grandes pensadores como Platón o Sócrates ya tenían claras ciertas ideas que hoy padecemos los peruanos. También buena parte del mundo. La noción de que la excesiva concentración de poder en pocas manos es peligrosa, pues “la mayor parte de los hombres en el poder, amigo mío, se vuelven malos”. Esto le explicaba Sócrates a Calicles en uno de los inmortales diálogos platónicos. Y esto es algo que debemos tener muy en cuenta los peruanos, de cara a las elecciones que se avecinan.
Estas callejeras enseñanzas no han envejecido. Lo único rescatable de estos años caóticos en nuestro país es que hemos visto y sufrido, en carne propia, lo que ocurre cuando el poder se concentra en pocas, poquísimas manos. Más aún cuando ese poder corrupto se esconde detrás de marionetas presidenciales como Boluarte, Jerí o Balcázar. Porque todos hemos visto que los mandamases ni siquiera tenían cargos públicos en algunos casos: Keiko Fujimori o César Acuña, a los que ahora se suma López Aliaga, exalcalde de Lima.
No hay duda de que han hecho y continúan haciendo todo lo que pueden para perpetuar este estado de cosas, en el que ellos manejan el país a su antojo. Lo cual les permite enriquecerse impunemente, depredando a manos llenas. Nada de esto es novedad. Lo que sí es novedoso es que se está abriendo una pequeña ventana, una grieta —decíamos la semana pasada en esta columna— para que entre la luz. Por eso han hecho todo lo que han podido para que resulte muy complicado elegir autoridades capaces de rescatar al Perú de esta putrefacción. Una cédula de votación tan grande aumenta las posibilidades de que la gente vicie su voto, ya sea por hartazgo o confusión. El caos es lo que buscan quienes pretenden seguir en posición favorable para que el erario público sea privado. A saber, privado para ellos.
Situaciones como el desastre del gas, sin embargo, no los benefician. Esa es la prueba flagrante de que la corrupción y la incompetencia son devastadoras. Quienes pensaban que, mientras la economía siga creciendo, no importaba que estas personas roben y no hagan obra, se han estrellado contra la realidad. Medidas disparatadas como volver a la situación de pandemia, con clases virtuales y teletrabajo, nos informan mejor que cualquier titular de cualquier medio lo que ocurre cuando el poder está en manos de los peores. ¿Se imaginan a Balcázar —quien ni siquiera fue invitado a la cumbre llamada “Cumbre del Escudo de las Américas”— tomando decisiones de Estado?
Lo medular de estas líneas es averiguar si estamos aprendiendo de esta experiencia. A tenor de los resultados ridículamente pequeños en las encuestas, por lo menos sabemos con certeza que estamos sumidos en la perplejidad. Balcázar no es más que el síntoma de una insignificancia generalizada. Lo cual no debe ilusionarnos. Si no votamos en masa por personas ajenas al pacto de corrupción, en el que las ideologías quedaron de lado para que se dieran contubernios como el del fujicerronismo, estos mismos delincuentes regresarán arropados por nuestra incapacidad de elegir nuevos líderes. Gente nueva, gente limpia, gente comprometida con el país.
Lo bueno es que tenemos algunas pistas. La más clara es #PorEstosNo. No elegir a los partidos que ya estuvieron en el poder estos años y quieren seguir medrando es una consigna potente, pero no suficiente. Lo he repetido una y otra vez: es nuestro momento. Efímero y precario, pero es nuestro. El escritor mexicano Alfonso Reyes, en su Discurso sobre la Lengua, escribió: “En algún momento, toda aldea es Atenas”. ¿Y si este es nuestro momento de ser Atenas? No tenemos todas las cartas. Lejos de eso, tenemos una oportunidad que no tiene poco de azar. Pero tampoco estamos perdidos.
Lo estaremos si, por dejadez, abulia, desesperanza o pesimismo, renunciamos a luchar por sacar a nuestra tierra de este páramo insalubre e inhóspito, en el que los niños sufren de anemia y los diabéticos no tienen acceso a la insulina. En el que la educación está en los últimos lugares de la región en las pruebas PISA. En el que abundan los violadores de niñas y las leyes que los protegen.
Pero también somos el país que descubrió el antro de la congresista Milagros Aguayo, cuya desmesura la llevó a exhibir a niñas violadas uniformadas, cargando a sus bebés. El “refugio” fue clausurado gracias a la reacción indignada de una parte de la ciudadanía. Asimismo, somos el país que, gracias a luchadores tenaces y valientes como Pedro Salinas y Paola Ugaz, logró que la Iglesia católica expulsara a la secta fanática del Sodalicio y, de paso, se pusiera del lado de la víctima que denunció al excardenal Cipriani, prohibiéndole incluso volver al Perú.
Recuerdo estos pocos ejemplos para que tengamos en cuenta que no estamos a merced de los corruptos, algunos incluso prófugos de la justicia como Cerrón, que intentan seguir oprimiéndonos. A pesar de todos sus intentos, no han logrado clausurar totalmente el Estado de derecho. Lo han debilitado considerablemente, como lo demuestran las leyes procrimen, pero, aunque maltrecho y debilitado, sigue en pie. Nos toca dar la batalla para que los autoritarios y corruptos no nos lo arrebaten del todo, como pretenden. Es una pelea desigual, pero no es imposible de ganar. Lo hemos hecho antes contra adversarios más formidables, como Sendero, Fujimori y Montesinos. Nos toca repetir la hazaña.





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