
Durante años, el modelo económico peruano fue presentado como una historia de éxito. En efecto, millones de peruanos lograron salir de la pobreza. Pero esa narrativa, repetida sin matices, omitió que ese crecimiento no se tradujo en bienestar duradero ni en una distribución más equitativa de la riqueza.
Conviene recordar el origen de ese modelo. Fue instaurado en la década de 1990, en el contexto de una dictadura, como respuesta al colapso económico de fines de los años ochenta marcada por una gravísima hiperinflación y una crisis fiscal devastadora. La liberalización de mercados y la disciplina macroeconómica fueron, además de decisiones técnicas, también políticas. Ello generó que dichas decisiones sean adoptadas en un escenario de concentración del poder que, de alguna manera, limitó también el debate público. Ese origen explica tanto sus fortalezas como sus omisiones a un modelo que puede mejorarse.
Hoy, esa otra cara resulta inocultable. Según el informe Riqueza y desigualdad en el Perú, elaborado con apoyo de Oxfam, una fracción ínfima —el 0.1%— concentra alrededor del 22% de los ingresos. El propio estudio advierte, además, que la desigualdad real podría ser mayor debido al subregistro de los sectores más ricos en las estadísticas oficiales.
El modelo de las últimas décadas apostó por la expansión del mercado, pero relegó la construcción de mecanismos de redistribución, protección social y formalización laboral. Así, la salida de la pobreza fue, para muchos, más frágil de lo que se quiso reconocer y la pandemia expuso esa fragilidad con crudeza.
El informe anota al Perú como el país con mayor desigualdad en el mundo en el 2022. Ante ello, persistir en la defensa acrítica del modelo equivale a ignorar la evidencia.
Además. vale la pena animar que el reconocimiento de algunos avances no implica negar las grandes deudas. En ese sentido, valorar la estabilidad macroeconómica como necesaria, no debería negar que es por sí sola insuficiente.
En medio de unos comicios complejos como los que viven los peruanos estos días también debería impulsar un debate alturado y con visión de Estado en cómo se debería emprender reformas que permitan equilibrar crecimiento con mayor equidad.
Negar esta discusión no la hará desaparecer. Solo profundizará una tensión social que ya está presente y, como observan los especialistas, cada vez de forma más dura.

Las víctimas merecen palabras a la altura de su sufrimiento y resultados a la altura de la ley.

Cada vez que el petróleo sube por un factor externo, como una guerra ajena, el peruano paga un sobrecosto que su propio gas podría evitar.

Incendios forestales arrasan diversas regiones y han cobrado la vida de una niña de 11 años.

La mujer que se convirtió en símbolo del derecho a la vivienda digna en España murió ayer sin poder regresar al hogar del que fue desalojada.

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